miércoles 26 de diciembre de 2007

Cuento de Navidad nº2.

Fue el reponedor del pasillo de las conservas el que le contó, mientras paletizaban paquetes de café natural en el almacén, que el gordo de Navidad ese año acabaría en 82.
- ¿Ycómo lo sabes tú? -Le preguntó mientras recogía con rapidez los paquetes desparramados por el suelo pensando en la excusa que daría al jefe de departamento si apareciera por la puerta. Y es que con la verdad, que todavía no se había hecho al nuevo torito (o carretilla elevadora como preferían llamarlo ahora) no bastaría con aquel mendrugo extremeño que respondía al ridículo nombre de Eclesiástico, Tico para todo el mundo sin excepción.
- Yo no lo sé. Eso dice uno de “bazar pesado” que conozco.
-¿De aquí? -Ya faltaba poco, menos mal que le estaba ayudando el de las conservas.
-Sí, está con las lavadoras y todo eso. Es uno de los vendedores. Lo habrás visto, está siempre por allí dando vueltas.
-¿Cuál de ellos? Porque yo he visto por lo menos a dos.
- El bajito no, el más alto.
- Ah, ya. ¿Y cómo sabe ése lo del gordo?
- Dice que se lo escuchó decir anoche a un vidente en el programa de Buenafuente.
- Menuda chorrada.
- Pues sí. Ahora, como salga, me jode. Yo llevo el 43.
- Y yo el 91.-Ya habían terminado; unas vueltas alrededor con el rollo de plástico para prensarlo y listo.
- Bueno pues yo sigo con lo mío, que todavía me quedan por poner los calamares y las verduras -decía mientras tiraba del traspalé con la mercancía encima.
- Gracias, tío.
- De nada.
- Por cierto, hoy antes de irte deja la cabecera de atún hasta arriba, que después Tico se pone hecho una fiera si la ve medio vacía, y la paga conmigo.
- Ese tío es gilipollas…¡lo que trae con las cabeceras!
- Es su obsesión.
- Pues la mía es la promotora nueva de los quesos, ¿la has visto?
- No.
- Pues vaya si está buena.
- ¿Sí?
- Y simpática.
-¡Coño!, pues habrá que echarle un ojo.
- Otra cosa le echaba yo. Bueno me voy -apretó el pulsador y salió a los pasillos luminosos atiborrados de comida, y a los villancicos que atronaban por megafonía ininterrumpidamente desde por la mañana.

Cuando salió el reponedor se acercó a la puerta automática y miró a través del arrugado plástico a la tienda que a esa hora del almuerzo presentaba los pasillos casi vacíos de clientes, si acaso algún solitario empujando un carrito, calibrando con cuidado, mirando etiquetas, lo que introducía en él. Dirigió la vista hacia la zona de los lácteos pero la promotora, de estar, estaría en el pasillo central con su bandeja de degustaciones y presumiblemente con falda negra, algunas incluso minifalda, y blusa blanca. En cualquier caso imposible de verla desde su posición.
Tico entró al almacén por la puerta del patio. Desde que había cambiado de zapatos, ahora con suela de goma, se había vuelto indetectable al oído.
-Este palé de café que hace aquí –soltó a bocajarro.
Se giró sobresaltado hacia donde venía la conocida voz.
-Eh, sí, lo estaba embalando para colgarlo ahora-. Tico, jefe del Departamento de Alimentación Seca, con gafas, que hacía descargar el cuerpo sobre la pierna derecha por sufrir en la izquierda de una leve cojera, que no se le conocía la risa excepto cuando, exibiendo una servil, acompañaba a algún directivo de la empresa o al gerente del centro, escrutó el almacén:
-¿Y aquel palé de suavizante qué hace junto a las galletas?
-Qué palé de suavizante…ese es el nuevo: ya le he dicho mil veces que los productos de droguería van en el pasillo de atrás, pues nada, lo pone donde le da la gana. Ahora, yo no pienso comerme sus marrones.
-Bueno pues cuando venga se lo explicas muy clarito por última vez, y le adviertes que como se lo tenga que decir yo será para ponerlo en la calle. ¿Cuándo entró?
- Antes de ayer.
-¿Y en dos días todavía no sabe donde está el pasillo de la droguería?
- Claro que lo sabe, lo que ocurre es lo de todos los años con los refuerzos de Navidad: saben que solo van a estar un mes y hacen lo que les da la gana. Y más éste, que sustituye al que entró el día uno y tiene contrato solo de dos semanas.
- Ese no es mi problema. Tendré que decirles a los de personal que hablen con la agencia: cada vez nos los mandan peores.
Después se giró, apretó el pulsador rojo de la puerta y salió a la tienda.
Él se subió en la carretilla, pinchó el palé de café y con cuidado para evitar las sacudidas lo colocó en su sitio.
Mientras trabajaba pensaba en lo que le había dicho el reponedor sobre la lotería (que se jugaría al día siguiente) y creyó acordarse de un número con la terminacion 82 expuesto en la administración del centro comercial. Sí, estaba seguro: lo vio la semana pasada, cuando compró el que tenía ahora. Ya lo creo que sí: era el 02082. ¿Cómo no acordarse si era el número que pensó comprar en un primer momento? Estaba decidido hasta que en el último instante recordó haber oído, puede que en el telediario o de su padre, que las mejores terminaciones eran las impares y los más bonitos los números altos, con pocos ceros y cuyas cifras no se repitieran, por lo que aquel dos mil ochenta y dos (por el que había sentido una corazonada) no cumplía ninguna de esas condiciones. Él sabía que eso eran tonterías, no era tan estúpido, pero de alguna manera pensó que tantas posibilidades había de que saliera el 02082 como el que estaba a su lado, el 56391, y que puestos a creer en algo tan absurdo como una corazonada mejor sería dejarse llevar por la opinión general, que en no pocos casos estaba fundamentada en la experiencia. Además, ya lo decía el refrán: “cuando el río suena, agua lleva”, refrán que tantas veces había comprobado ser cierto. De esa manera, al final, logró autonconvencerse y se decantó por el 56391. Y ahora, subido en el torito, bajando el palé de suavizante para llevarlo a su pasillo, empezaba a arrepentirse. ¿Y si salía? ¡Bah!, tonterías. Pero a continuación pensó, con inquietud creciente, en la extraña coincidencia entre su corazonada y el pronóstico del vidente. Joder, ¿y si salía?
Terminó de llevar el palé de suavizante a su sitio y se bajó del elevador. Se echó mano al bolsillo trasero del pantalón, sacó la cartera y comprobó que llevaba encima el billete de veinte euros que habia sacado esa mañana para comer. Miró el reloj: aún faltaban diez minutos para las dos, hora en la que debía fichar, ni un segundo antes, para el almuerzo. Saldría de igual modo. Con suerte, aún podría encontrar abierta la administración: si después le llamaban de personal reprendiéndole por esos diez minutos ya se justificaría con cualquier historia. Además, ¿y si le tocaba la lotería? ¿acaso iba a seguir trabajando allí? De ninguna manera. Pondría su propio negocio, eso lo tenía claro.
En ese momento, cuando ya se disponía a salir, se escuchó el chasquido eléctrico que anunciaba la apertura de la puerta. De la tienda entró una promotora, de 19 o quizá 20 años, morena, guapa y graciosa con su coleta de caballo y a la que el atuendo habitual, minifalda negra en su caso, medias negras y blusa blanca le sentaba bastante bien. Llevaba una bandeja con trocitos de queso, muy pocos ya, cortados en triángulos.
-Hola –pensó que tenía una voz muy agradable.
-Hola.
-Me gustaría preguntarte… es la primera vez que trabajo en esto y no sé a qué hora puedo irme a comer, ¿a qué hora suelen irse las demás?
-Ah, pues a veces se van a las dos, otras a la una y media, depende. Supongo que cuando les hayan dicho en su empresa.
-Claro, es que a mí no me han dicho nada, y yo tampoco he preguntado, la verdad.
-Pero ¿tú tienes hambre?
-Ya lo creo, desde hace un rato.
-Pues yo que tú no me lo pensaba y me iba a comer, de hecho yo voy a hacerlo ahora.
-Además, ya son las dos, no creo que me digan nada, ¿no?
-¡Qué te van a decir! Tendrás que comer como todo el mundo.
-Claro. Por cierto, ¿quieres queso? A mí no me gusta mucho, la verdad, aunque llevo toda la mañana diciendo que está riquísimo.
-Bueno, pues lo probaré –cogió un triángulo y lo mordió. El queso le pareció algo amargo.
-Pues sí que está regular.
-¿Verdad? Pues al que repone el atún le chifla, lleva toda la mañana rondándome el queso.
Él se rió.
-De verdad.
-Ya ya, si no lo niego, es que me hace gracia.
-¿Sí?, bueno…¿y donde puedo comer barato por aquí? Con los nervios de empezar hoy apenas me he traído dinero.
-¡Buf!, difícil. Pero mira, a mí, por ser empleado, me hacen descuento en el buffet que está cerca de la entrada. Si quieres pido por los dos y después hacemos cuentas. La mitad por lo menos te va a costar, y si te falta algo mañana me lo das.
-Ah, pues vale, ¿y esto donde lo dejo? –refiriéndose a la bandeja.
-Aquí mismo si quieres, encima de este palé –señalando al de legumbres en el que estaba apoyado.
Al fichar, el reloj le dijo que pasaba un minuto de las dos. Bueno, pensó, ya escaparía después a comprar el billete, de todas maneras ya estaría cerrado.
El reponedor de las conservas, ocupado con los calamares, creyó ver pasar pasillo abajo al auxiliar junto a la chica de los quesos. Se asomó a la cabecera de la derecha, que era de botes de cacao soluble marca de la casa, y los miró alejarse por el pasillo central.
-¡El hijoputa! –se le escapó.

El restaurante a esa hora estaba lleno. Eligió una mesa alejada del fondo, donde solían ponerse los empleados. Allí estaban Paco, el pescadero, Toñi, la frutera, Eduardo, el auxiliar de textil y varios más. Él los saludó con la mano mientras cogía el pan y los cubiertos y los echaba en la bandeja. “¿Hoy no te sientas con nosotros?”, decía Paco malicioso, “Se ha ligado una promotora y ya no quiere saber nada de los colegas”, continuaba Eduardo, “No sabéis hablar más que de lechugas y boquerones. Hoy voy a descansar”, lidiaba él. El cachondeíto y el cruce de pullas duró todo el rato que estuvo en el buffet llenando la bandeja. “¿Todo eso te vas a comer?”, le preguntó Ana cuando pasó por caja, “Pues sí”, “Ten cuidado, que como te vean…”
Cuando él volvía con la bandeja repleta de comida ella se dio cuenta de que la cajera la estaba mirando.
- Oye, ¿no te dirán nada por esto? –Le preguntó cuando se sentó.
- Da igual. Adolfo, el encargado del restaurante, está hoy en Marbella, en la inauguración de un nuevo centro.
- Ya, pero se lo pueden chivar después.
- Por una vez que lo hago…aquí todos lo hacen cuando les da la gana.
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
- Si entré con 20 y tengo 25, pues cinco años justos. Así que si me echan por esta gilipollez tendrán que indeminizarme, y después contratar y enseñar a otro, por lo que no creo…De todas maneras mañana me va a tocar el gordo, así que…
- Ah, ah. No creo –dijo ella con los carrillos llenos de filete.
- ¿Por qué?
- Por que me va a tocar a mí. Estoy segura, tengo una corazonada.
- Eso de las corazonadas son chorradas.
Ella no contestó. En ese momento tragaba. Se limitó a hurgar en su bolso. Él se fijó por primera vez en los anillos de estilo hippy en sus menudos dedos.
-Mira –dijo mostrándole el 02082-, éste va a ser el gordo. Lo compré ayer aquí mismo cuando vine con mi jefe a que me explicara lo que tenía que hacer: era el último que quedaba.
Él tomó el billete y lo remiró. Creyó que le subía la sangre al rostro. Ella seguía concentrada engulliendo la carne y las patatas fritas. Tenía mucha hambre.
-¿Y era el último dices?
-Sí, ¿por qué? ¿Te gusta?
-Pish…es un número raro: no tiene ni un solo número impar, que son los de la suerte, y tiene dos ceros, además es muy bajito, normalmente tocan altos…
-Sí, pero está en el bombo con los otros –replicó ella con lógica que desarmaba-, además con éste tuve una corazonada, y eso ya lo hace especial para mí.
-Pish…-repitió sin querer, confundido, y sin saber como ocultar el chasco que sentía. Ella pensó que era un poco raro aunque le seguía gustando igual, puede que más, de cuando lo vio el día anterior reponer la cabecera de atún con gesto de enfado, colocando las latas casi como si partiera almendras con ellas (lo que le hizo gracia), mientras su jefe le explicaba como tenía que cortar el queso para que salieran perfectos los triangulitos. “El queso, te reconozco, es una mierda”, le iba diciendo mientras ella miraba de reojo al auxiliar, “pero es nuestro cliente, el que paga mi sueldo y el tuyo, así que tú, ya sabes, mucha sonrisita y mucho decir qué rico está el queso. Y ándate con ojo porque el cateto suele darse una vuelta para ver como se lo promocionamos”. No sería hasta después, camino del parking donde tenía aparcada la scooter, que sintió la corazonada al vover la cabeza hacia el pequeño establecimiento de lotería y ver el número cogido con una pinza en el escaparate.
El estruendo de sillas chirriando contra el suelo la devolvió a la realidad: los empleados del fondo se levantaron arrastrándolas, bromeando bulliciosos.Cuando desfilaron delante de su mesa cada uno de ellos soltó una gansada, menos Toñi, la frutera, que se reía de buena gana con la cantidad de tonterías que escuchaba, sobre todo de Paco, el pescadero, el más guasón. “Sí, sí”, iba respondiendo él a la batería de dardos, “lo que tú digas… adiós blancaflor…adiós adiós…Pacote, se te está poniendo cara de besugo, tío, con tanto pescao…Toñi, no sé como te puedes juntar con estos majaras, se lo voy a contar a tu marido…” Pero Toñi, de obesidad maternal y bonachona, incontenible en su risa, hacía aspavientos con las manos como si dijera “pues anda que a mí”.
Ya se marchaban por el vestíbulo principal camino del supermercado con el eco de la risa estridente de Toñi asordando los villancicos.
- Al Paco ese lo tengo casi delante del stand y es un show verlo: con su gorro de papá noel no paraba de gritar esta mañana “La dorada, llévate la dorada para nochebuena, que estoy que la tiro, niña, y además no indigesta” -imitó ella riéndose-. Parece que estuviera en el mercado. Aquí, quieras que no, choca.
- Es que antes trabajaba precisamente en el mercado de Atarazanas. Tenía un puesto con su hermano, hasta que riñeron, partieron por la mitad, y él se vino aquí. De todas maneras hoy está achispado, sí, pero es porque cada vez que se mete para adentro echa un trago de anís. Tienen una botella de anís y otra de coñac además de mantecados, en el almacén de los frescos.
- Entonces es normal…
Después de rebuscar en su bolso, sacar un cigarrillo y encenderlo, ella preguntó:
- ¿Y tú que número llevas? –Salieron las palabras de su boca envueltas en el humo de la exalación.
A él ya se le había olvidado el chasco de la lotería.
- El 56391 –dijo sintiéndose un poco avergonzado sin saber muy bien por qué.
- Es un número muy bonito.
- Sí...bastante.

Cuatro meses después, saliendo del cine agarrados de la mano, él le preguntó si todavía guardaba el décimo de lotería.
Ella asintió, y añadió:
- Es curioso pero sigo sintiendo la misma corazonada con este décimo.
- Y yo –dijo él-. Quizá este año toque.
- Quizá –dijo ella. Y le apretó fuerte la mano, oprimiendo la cabeza contra su pecho, acurrucándose.

jueves 20 de diciembre de 2007

Cuento de Navidad

El cartel publicitario de una empresa de teléfonos móviles con los Reyes Magos sobre camellos hollando un desierto vespertino, envueltos en regios y cálidos armiños, había sido pegado el día anterior en la puerta de la tienda de ropa, enfrente suyo. Lo sabía con toda seguridad porque llevaba viendo ese escaparate, la puerta y los clientes que allí entraban y salían, por lo común contentos, desde hacía casi un año, cuando se vino de la calle Posadas a esta otra de calle Nueva por considerarla más transitada y recogida de los vientos, por no hablar de su buena porción de sol que cada día podía disfrutar en la cercana plaza de Félix Sáenz.
Llegó una mañana y simplemente se sentó en la grada de piedra antigua y arrugada, apoyando la espalda sobre la madera venerable moteada de tachones de una portada de doble hoja que nunca se abría mas que en momentos excepcionales, y que pertenecía a una iglesia de nombre largo y lleno de consonantes que nunca llegaría a recordar cabalmente. La entrada principal, sin embargo, a dos metros escasos de la otra, ya tenía limosnero desde hacía años en la persona de Alonso, hombre astuto y pedigüeño consumado, que lo miró hosco cuando lo vio llegar, aunque con cuidado de no descomponer el gesto de piedad que tan bien tenía ensayado para recibir las monedas de feligreses y viandantes.
No fue hasta la hora del cierre de la iglesia, hora pues en la que Alonso daba por terminada la jornada y hacía recuento de lo recaudado, cuando se aproximó, con la intención de dejar las cosas claras, a la atezada y atlética figura recostada:
-¿A qué vienes tú aquí? ¿Eh? Di. Ni se te ocurra quitarme el puesto que te rajo…Mañana no te quiero ver. Avisado quedas.
Antuán, que no era francés más que por el nombre –remanente de un pasado colonial- sino africano y negro como el caparazón de un escarabajo, le sostuvo la mirada sin contestar nada. Alonso, valentón aunque de fondo cobarde, se marchó con una sombra de preocupación que lo tuvo desvelado hasta la madrugada. Aquella noche, en la vetusta casa de su viejísima madre, húmeda y descascarillada, comió poco y bebió mucho.
A la mañana siguiente, cuando llegó con su silla plegable al hombro a ocupar su puesto en la entrada del templo se alegró de no ver al fornido negro echado como una sombra sobre la grada contigua, aunque poco le duraría el alivio: apenas una hora después aparecía silencioso Antuán para tomar su puesto. Alonso se mordió la lengua. Y así pasaron los meses en tirante vecindad.

Y llegó la navidad, y el frío le entraba a Antuán por los rotos del pantalón, y ya no llegaría al albergue por que eran más de las ocho, pero estaba tan bonita la calle con sus luces de colores y la muchedumbre alegre entrando y saliendo de los comercios o paseando con despreocupación… Y mientras observaba, entrecortadamente por el continuo cruce de transeúntes, el cartel de los Reyes Magos con la fijeza propia que provoca el exceso de morapio, le dio por ponerse triste pensando en su país, en que allí era pobre pero digno, en su familia, y en que aquí era un mendigo, un paria embrutecido al que nadie importaba. Bajó la mirada hacia la maraña de pies que pasaban y que le parecieron, medio borracho como estaba, enjambre vertiginoso, y reparó en la corona de papel, dorada, sucia y arrugada que un golpe de aire había puesto al alcance de su mano. Repentinamente sintió miedo de que otro golpe se la llevara, por lo que, doblándose hacia delante, la tomó, la miró con fijeza y se la puso sobre la cabeza. Después levantó la mirada y contempló de nuevo, intermitentemente, el cartel de los móviles.
-¡Mira papá, es Baltasar! ¡Baltasar! ¡El rey Baltasar! –Dijo una niña pequeña, demasiado pequeña para ser cruel, tirando de la manga de su padre.
Antuán la miró, y la expresión radiante de la niñita, tan brutal, le arrancó una lágrima que no supo si era de alegría o de pena o de las dos cosas a la vez.

lunes 17 de diciembre de 2007

El detective panóptico: Barrabasadas fantasmales de Fonseca el ateo.

Nos cruzamos las miradas. Le lamí el cuerpo con los ojos. Me paré en la abertura de la blusa beis. Por entre el hueco de los ojales se adivinaba un sujetador malva. Ella me miró las orejas, no sé porqué, y los pies. Suspiró como resignada y se abalanzó sobre mí y yo sobre ella. La cabina del ascensor se balanceó con el encontronazo de los cuerpos mientras seguía descendiendo. Le metí mano por debajo de la falda negra buscando sus bragas mientras ella me liberaba el botón de la bragueta. La subí entre mis brazos y se la incrusté a la señora fiscala que inmediatamente empezó a aullar y se corrió. Así, como les cuento. No duró más. Fue el polvo más rápido de mi vida…bueno, en mi caso ni siquiera polvo, a lo más aguachirle; sin embargo ella parecía tener el tiempo cronometrado; íbamos por el tercer piso cuando me apartó desabrida. Con premura y eficacia se arregló la ropa, el pelo y la pintura de los labios de cara al espejo del ascensor, a través del cual me echó una mirada fiera para que me subiera los pantalones y espabilara. Cuando llegamos a la planta baja ella salió muy digna con la cabeza alta, percutiendo sus tacones negros contra el mármol del palacio de justicia, su maletín, adelante atrás, pendulando junto al muslo derecho como un reloj de pared al toc toc de sus taconazos.
Yo salí tras ella con el atuendo a medio componer y la picha tiesa y dolorida, aprisionada, agraz, bajo los calzoncillos. El conserje me miró y se rió dando un codazo al vigilante de seguridad, barrigón y con cara de golfo, apostado junto al detector de metales que lo imitó en la chanza. Ambos se quedaron risueños mirando a la fiscala alejarse bajo los altos eucaliptos del parking hasta perderse calle abajo en dirección al centro.

A todo esto yo…bueno, yo nada. Quiero decir que no hubo polvo exprés con la fiscala ni con nadie. Me explico: minutos antes de estar sentado en el primer asiento de un módulo de cinco dispuestos espaciadamente a lo largo de un pasillo de la comisaría, esperando a que terminara el cónclave de polis que debía de dirimir como buscarme las vueltas (supuse), me había cruzado con Perico, un madero camorrista aficionado a los mentideros de las barras de bar y a las fulanas del club “Alborozo” que me avisó, señalando con la cabeza un televisor mudo que pendía sobre un soporte en una esquina: “Macho, como te toque esa fiscala te va a follar vivo”, en referencia a una mujer envuelta en una toga lúgubre, mal encarada pero de buen porte, que aparecía a retazos en una noticia sobre juicios.
Dicho y hecho.
No fue más que el momentáneo calentón de ver por un momento a la fiscala que acaso fuera comisionada por algún preboste para empapelarme y con la que yo, quizá por venganza, fantaseé con tirármela de mala manera. Pero, como se ve, había prevalecido la maldición de Perico y fue ella la que me trató como una colilla: ya ni en mis fantasías era capaz de salir airoso de aquel embrollo. Por que, efectivamente, como me avisara García en el hospital, mi presencia en aquella casa (la del pistolero ése que les relataba el otro día) y en aquel momento preciso era algo que tenía que saber explicar convincentemente, cosa que, como es natural, no me iba a resultar fácil.
Pero vayamos aún más atrás.

A la semana siguiente de ingresar en la planta de casos raros (el mío lo era de distermia) en el Hospital Carlos Haya me dieron el alta. Después de varios días comiendo la insípida comida hospitalaria, y sufriendo el trato mezquino de las enfermeras (que pensarían que se la jugaban con un peligroso criminal, sospechoso -suficiente para ser culpable- de haber intentado matar al Rey, el simpático Don Juan Carlos) parecían no poderme soportar. No me miraban por sistema cuando me auscultaban, controlaban el suero u observaban extrañadas la permanente baja temperatura, 33 grados, de mi cuerpo, ni me dirigían la palabra excepto cuando era necesario, es decir, excepto para dar órdenes tajantes: “vuélvase”, “levántese”, “respire hondo”, “échese”, “tápese”, “duérmase”… Casi les faltaba decir: “muérase”.
Al final me restablecí de mi extraña dolencia: la temperatura corporal recuperó su valor estándar; mis impulsos criminales, sentía yo, estaban en los niveles de cualquier virtuoso hijo de vecino, y dormía perfectamente de noche (aunque sufría de recurrentes pesadillas de gente muerta que me atosigaba), sintiéndome activo y despertado por el día (a pesar de las pesadillas del paréntesis anterior), también como el común de los ciudadanos.
Así, pues, me dieron el alta, sí…pero para ir a la comisaría.
Y allí estaba, por fin, esperando en aquel pasillo desnudo, solo excepto por un guardia apostado de pie al otro lado del módulo (de azul cromado con asiento de rejilla) de asientos funcionales en el que estaba sentado, con la nuca apoyada contra la pared fría mirando soñadoramente una mancha oscura que parecía de humedad en el ángulo recto de la pared con el techo por la que fui engullido panópticamente y violado por la fiscala en la manera y forma que ya he relatado.
Pues bien, cuando por fin entré en el despacho con los huevos doloridos me recibieron varios tipos trajeados que empezaron a hurgar en mi pasado con total impudicia, que si esto, lo otro o lo de más allá…no contestando yo más que a lo que me daba la gana. ¿Quiénes se habían creído que eran? Me amenazaron con acusarme formalmente de pertenencia a grupo terrorista y de intento de asesinato al Jefe del Estado. ¡Toma castaña! Me ofrecieron un abogado de oficio, un tipo que bostezaba todo el tiempo (es que la niña no me deja dormir: la madre trabaja en el turno de noche y es que no pego ojo -se justificaba-) y me enchironaron preventivamente a la espera de nuevos interrogatorios, que llegaron pronto aunque con cambio de escenario, para peor. Ahora ya no era un soleado despacho de polizonte con vistas a la calle con su máquina dispensadora de agua mineral, fría y del tiempo, su mesa, su material de oficina y su foto de familia enmarcada en sapeli. Ahora era un cuarto sin ventanas, con un espejo grande en una de las paredes (por el que observarían mis reacciones, los fisgones), una mesa y tres sillas. Un sitio desolador parecido a una sala de disecciones. Allí hurgarían en mi ser buscando pruebas irrefutables de mi comportamiento culpable.
El encargado de la tarea, un tipo joven, alto y atlético, con corte de pelo militar y acento norteño, venido quizá ex profeso desde los madriles, proseguía así su interrogatorio, tostón y repetitivo:

-Bien detective, ¿entonces nos va a contar de una vez que fue lo que pasó?- Preguntaba el pollo insistente.
El abogado casi desde el principio cayó grogui encogido en la silla con la cabeza apoyada sobre su clavícula izquierda. Suspiraba plácidamente. Le hice una señal al poli para que no lo despertara.
-Ya se lo he contado, ¿en qué parte se perdió? Mejor aún, ¿por qué no se lo preguntan al tipo ese con el que me jugué los cuartos? Creo que evité que apretara el gatillo ¿no? Todavía nadie me lo ha agradecido por cierto, y mucho menos Su Majestad.
- Ya veremos, no pierda la esperanza, a lo mejor todavía le clavan una medalla o mejor aún le hacen su alabardero personal, pero antes debe aclarar algunos hechos… además al otro tipo ni le conocemos la voz. Ni para pedir ir a cagar despega los labios. Por eso se lo pregunto a usted, que por contra y según dicen, gusta tanto de fardar. Por otro lado tampoco estamos muy seguros de lo que pasó…nada seguros… puede incluso que fuera él quién evitara el atentado, sí, quién le impidiera a USTED (pronunció con énfasis, su dedo índice apuntando hacia mi ancha nariz moteada de puntitos negros) apretar el gatillo.
-Ah, vaya, ahora me quieren cargar con el muerto, ¡joder!, todo esto cada vez se parece más a una película de Hitchcok…
- Me temo que esto no es una película, ni tampoco una de sus visiones oportunas, a la cual ya volveremos después. Esto es la realidad, y la realidad es que le encontraron intentando estrangular a alguien, que no sabemos aún quién es (puede que su cómplice) en el mismo piso y en la misma habitación en donde se halló un rifle con mira telescópica, montado sobre trípode, apuntando en dirección al Jefe del Estado y listo para ser disparado. ¿Se hace cargo de la situación, detective?
Mi abogado empezó a roncar débilmente.
-Umm…-me hacía cargo desde luego-, ya veo. Así pues, desde mi punto de vista, solo hay dos personas que saben la verdad, yo, el inocente, permítame proclamarlo, y el verdadero culpable, el cual se niega a hablar y que si lo hace podría encontrar provechoso seguir con la misma vaina que usted y entonces ¡apaga y vámonos!
Suspiró.
- En principio, en este tipo de situaciones, los silencios inducen a la sospecha pero… el no saber aún de quién se trata..-dijo mirándome de soslayo-... Podría ser un perturbado.
-Yo le noté acento caribeño, y sí, un poco perturbado sí que estaba...- dije con disimulo, “¡diablos!, yo sí que estaba perturbado”, pensé.
Se echó ligeramente hacia adelante, conteniéndose, y sus pupilas se empequeñecieron intensificando su mirada sobre mí. Instintivamente me puse en guardia.
-¿Cómo sabe que era acento caribeño? –dijo aparentando desinterés-, ¿ha estado allí alguna vez?
De nada valía mentir, se veía una legua que conocía mi periplo esmeraldino.
-Sí, no hace mucho estuve en Isla Esmeralda… trabajando.
-¿Trabajando en qué?
-Me contrataron para averiguar el verdadero estado de salud de la momia que tienen allá por dictador, enfermo por aquel tiempo. Mis clientes sospechaban que podría haber fallecido y temían que el régimen ocultara su muerte para evitar la crisis política.
-Ya. ¿Y recuerda quién lo contrató?
-Lo hizo uno en representación de otros, un grupo de exilados establecidos en la ciudad dedicados al negocio de la manduca y los mojitos, vamos de la restauración, quiero decir, pero en este momento no recuerdo su nombre. En los archivos de mi oficina están los datos.
-Sí -dijo abriendo la carpeta de tapas negras que había mantenido sobre el regazo sin abrir hasta ese momento-, en efecto: Jorge Montañés.
- Ese fue el fulano.
Hizo una pausa antes de anunciar:
-El señor Montañés está en paradero desconocido, aunque creemos que se trata de un agente del régimen de Esmeralda.
Estiré el cuello sorprendido.
-¿Qué? ¿Agente esmeraldino? Eso es absurdo.
- No veo por qué.
El abogado, con expresión afligida, empezó a musitar en sueños:
- Duerme, mi niña, duerme…mi niña bonita…cht cht cht- y chasqueaba la lengua y juntaba los labios como si mamase de una teta.
Lo miramos atónitos durante unos segundos. Luego retomé el tema.
-Pero… ¿por qué un lacayo del régimen iba a contratarme para recabar una información de la que tendría buena cuenta?
-Dígamelo usted.
-¡Y yo que sé! Esto me pasa por violar mi código deontológico, ¡coño!
-¿Qué código es ese?
- Tengo por norma no aceptar casos relacionados con la política-. Me estaba poniendo nervioso. Empezaba a entrever las fatales consecuencias de toda mi actuación esmeraldina, y no me gustaban las implicaciones que se pudieran derivar.
-¿De veras? De modo que no le gusta la política.
-No.
-Pues para ser apolítico…-y empezó a leer un folio impreso extraído de la carpeta-…”me declaro refugiado político del capitalismo criminal, que solicita humildemente ser aceptado en la Isla del Socialismo, renunciando voluntariamente a la nacionalidad española y a la misma España, explotadora de pueblos durante siglos, además de agradecerle a Nuestro Amado Líder…”
-¡Ah, por favor, eso era un camelo, hombre! –quise atajarle sin éxito.
-“…el que bajo su atenta y bondadosa guía, esta Isla, que puede pasar por insignificante, sea considerada en todo el mundo el ejemplo de lucha a seguir por los pueblos sometidos, y muy especialmente por aquellos bajo la férula del repugnante y nefando imperialismo yanqui: el paraíso de los capitalistas y el infierno de la clase trabajadora”-. Dejó la carpeta sobre la mesa. -Vaya, no está nada mal, ¿ha pensado en dedicarse a ello?
-Ya le he dicho que no me interesa. Eso –dije señalando al maldito cartapacio, molesto por la burda jugarreta policial- no fue más que una actuación que me permitiera infiltrarme y resolver el caso. Mi única preocupación era resolver el maldito caso para el que había sido contratado. Nada más.
-Claro –dijo retomando de nuevo la carpeta de marras-, por eso también se hizo fotos en buena camaradería con el dictador –decía mientras las hacía deslizar sobre la mesa lustrosa hacia mí: allí estaba con el abuelito dictador, sonriente yo, babeante él-, con militares de alta graduación -proseguía-…a ver, sí, en ésta sale muy convincente rompiendo su pasaporte… en esta otra…
Me revolví en la silla con desazón.
-Ya le he dicho que todo fue una mascarada.
El poli dejó pasar los segundos.
Entonces empecé a notar el zumbido de un insecto, como de mosca, alrededor de mi cabeza.
- Bien, de acuerdo…veamos… De Esmeralda pasó a Miami ¿no es cierto?
- Cuando obtuve lo que fui a buscar logré escapar ayudado por los disidentes, sí. –Recordé a Flora: su pelo al viento recortado contra la enorme ola que nos tragaba.
-¿Qué disidentes?
-Unos que vivían en la sierra.
-Allí no hay disidentes que vivan en sierras ni en montañas ni en ningún sitio. Los disidentes de Esmeralda sobreviven en cárceles o confinados en sus domicilios.
-Pues allí había disidentes políticos, una especie de guerrilla neoliberal…, sí sí, neoliberal, je je, parece ridículo, pero allí estaban, viviendo en la sierra. Yo estuve con ellos. Puede que sea un asunto desconocido fuera de la isla –dije con impaciencia.
-Sobre Esmeralda lo conocemos todo; no sé con quiénes trató pero no eran guerrilleros, y mucho menos neoliberales. Lo que sí sabíamos es que estuvo usted en Miami, como acaba de confirmar, y curiosamente casi el único dato que tenemos del otro tipo, de nombre… –leyó-… Fulgencio Hurtado, según un pasaporte –posiblemente falso- hallado en el piso, es que llegó a España en un vuelo procedente de Miami. Curioso. ¿Se conocieron allí? ¿Era el lugar de contacto? ¿Con quién más se reunió en Miami? ¿Quién era el jefe, alguien de los servicios secretos de Esmeralda? ¿Fue el atentado idea de ellos? Vamos conteste.
-Ah, hombre, por favor, no sea ridículo: en primer lugar yo al Fulgencio ese no lo había visto en mi vida, y segundo no tengo ni idea de quién está detrás.
La mosca continuaba incordiando yendo y viniendo. Empecé a batear el aire mientras el poli seguía hablando al mismo tiempo que, extrañado, miraba los aletazos de mi mano alrededor de mi cabeza.
-Le haré un resumen de lo que tenemos: tenemos a unos posibles agentes del régimen de Esmeralda poniéndose en contacto con usted; inmediatamente después cruza el charco; le sigue una conversión al socialismo, la suya, de lo más mediática y jugosa, una renuncia a su nacionalidad y a su país, al que califica poco menos que de genocida; y tenemos su vuelta a España vía Miami, de la cual procede asimismo el otro tipo, ése al que intentó cortar el resuello en una habitación desde la que según todos los indicios se pretendió atentar contra la vida del Jefe del Estado. Y no solo eso sino que…pero ¿qué hace con la mano, hombre? ¿Se quiere estar quieto de una puta vez? –dijo exasperado.
-¿Que qué hago?...nada, esto de meter moscas cojoneras en los interrogatorios qué es ¿una nueva manera de poner nerviosos a los sospechosos? ¡Qué coñazo!
-¿De qué habla? Yo no veo ninguna mosca.
Entonces oí la puerta abrirse a mis espaldas. Un polizonte cualquiera, calvo, con anillos de grasa por cintura, la parte trasera de la chaqueta arrugada de llevar horas sentado fisgoneando ante el ordenador, entró y le cuchicheó algo al oído. Después se fue por donde vino, con sus mofletes colorados y rostro lampiño, sin dedicarme una mirada.
- Discúlpeme un segundo- dijo el otro saliendo a su vez, demudado.
Aprovechando su ausencia, aunque sabía que tras el espejo seguirían observando, miré en derredor buscando al maldito insecto, pero no lo hallé. Entonces me sobresaltó su zumbido en mi oreja derecha, el aleo vertiginoso de sus alas penetrando. Para cuando mi dedo índice acudió fulgurante, llevado por un impulso pánico, ya era tarde: se quedó impotente (demasiado gordo) a la entrada del pabellón auditivo; probé inútilmente con el meñique, pero el bicho ya discurría por mis conductos internos provocándome una angustia inefable.
La vuelta del polizonte me sorprendió agitando la cabeza en bandazos hacia la derecha con la vana esperanza de que el maldito insecto saliera atraído por la fuerza de la gravedad. Invoqué a Newton para que así fuera pero fue inútil.
-¿Se encuentra bien? – preguntó mirando al espejo un instante, como si inquiriera a los fisgones tras él “¿qué le pasa a éste?”. Su voz expresaba desconcierto. Se sentó de nuevo delante de mí y junto al abogado que seguía rememorando, angustiado, las insomnes noches con su hijita: “duerme ya, chiquita, duérmete…”, rogaba casi sollozando).
-¿Le ocurre algo, quiere un vaso de agua? –preguntó solícito.
- No, de hecho…- la sentí por la nariz. Empecé a hurgármela con desesperación-…creo que… ¡ACHUSSS!- estornudé ostentosamente no pudiendo evitar que un proyectil redondeado de moco verdoso saliera de mi boca impactando contra la pernera derecha de su pantalón.
- Lo siento, yo…parece que tengo algo en…
- Está bien, está bien, no pasa nada…- decía resignado con cara de asco mientras sacaba un pañuelo blanco inmaculado y se limpiaba el esputo-. Lo que verdaderamente tiene importancia –ahora lo notaba en la garganta, al maldito bicho- es que al que usted señalaba como único culpable de toda esta historia se acaba de quitar la vida en su celda.
Fue justo entonces cuando sentí un pinchazo por la zona de nuez.
- ¡Eso no es verdad!- grité destemplado con voz inesperadamente aflautada y chillona. En realidad no sentí que fuera yo quién hablaba sino la jodida mosca que se había enseñoreado de mi aparato fonador.
- ¿Qué no es verdad? ¿Y por qué no iba a serlo? –preguntaba el polizonte desconcertado.
Yo empecé a carraspear con fuerza para intentar desasir a aquella cosa de mis cuerdas vocales. Lo conseguí. Ya con mi tono recuperado, le contesté:
- Perdone agente, perdone, no quería decir eso…yo es que… ¿y como ha sido?
Me miró unos segundos con el entrecejo fruncido, desconfiado, antes de contestar:
- Es probable que se haya ahogado en el váter…las circunstancias todavía están por dilucidar aunque parece que ha desclavado un anaquel de la pared y lo ha dispuesto de manera que…
-¡Jodido mentiroso de mierda, zoquete tullido neuronal!- volvió a decir la mosca con voz ridículamente atiplada que salía sin embargo de mi garganta- ¡nunca antes me había sentido tan vivo como ahora!
El poli se levantó de su asiento con evidente enfado como si le dieran con saña un torniscón en las posaderas, agotada la paciencia.
- Pero ¿qué dice? ¿Está loco? ¿Le parece acaso su situación poco seria como para estar haciendo de ventrílocuo gilipollas?
El abogado cabeceó en la silla, y recogiéndose la salivilla que se le descolgaba por la comisura de los labios, se irguió como movido por un resorte y exclamó, aturdido:
- ¡Es “intolable”! Está “intrimilando” a mi cliente…-balbuceaba.
-¡Cállese! –le ordenó el agente.
Yo, mientras, carraspeaba con más fuerza produciendo un estentóreo bramido de oso en celo, a resultas del cual un nuevo esputo, éste más pequeño, impactó contra los mocasines negros del poli, aunque él, afortunadamente, no fuera consciente de este nuevo ataque a su decoro personal.
La buena noticia, entre tanto barullo, era que con el gapillo parecía haber salido también el odioso bicho ya que me sentía la garganta libre de picores alienantes, bastante molestos. Aún así, temiendo nuevas incursiones del maldito cínife que pudieran llevarme de cabeza a la gayola, fingí estar muy indispuesto. El poli me creyó sin necesidad de muchas explicaciones y justo cuando dos uniformados me llevaban vi por el rabillo del ojo que se miraba los mocasines reparando en el moco verde, redondo y lustroso, en la punta de su zapato derecho. Todavía tuve tiempo de verle una mirada de rencor y asco dirigida a mi panóptica aunque humilde persona, antes de abandonar la sala de disecciones.

Pasó otro día con su noche y al fin y a la postre tuvieron que soltarme bien en contra del criterio de la “rompehuevos” de la fiscala, que, según se contaba en los pasillos de los juzgados (chismes que me transmitió mi ojeroso abogado) había transigido ante la evidencia de no tener ninguna prueba definitiva contra mí. No tenían nada más que una serie de pejigueras coincidencias. Por supuesto lo de los agentes esmeraldinos contratándome en vez de los patriotas restauradores fue un tiro a ciegas del poli por si sonaba la flauta (y vaya si sonó, pero soplada por la mosca), daba en el blanco y a resultas de ello lo ascendieran en su meteórica carrera. También influyó positivamente el informe que García hizo a mi favor, poniendo al corriente a sus colegas y a la fiscala de mis antecedentes y de mis heterodoxos métodos detectivescos. Al final me mandaron a casa con la orden tajante, eso sí, de no salir de la ciudad.

2.
Cuando llegué a mi piso, casi dos semanas después desde el día de la muerte de Agus, ya anochecido, lo primero que hice fue prepararme un lingotazo de güisqui de buena malta escocesa… creo que aún no lo he dicho pero si alguien pensaba que vivía en mi querido despacho del centro de la ciudad debo desengañarlo. Mi domicilio se encontraba en las afueras, en un barrio de nueva planta limitado al norte por un enorme pedrusco, al que podríamos denominar monte… no, no tan alto…cerro… mejor loma, sí, loma, límite natural por aquella vertiente a las ansias expansivas de toda ciudad que se precie de pujante e industriosa…a no ser que al parnaso de este rincón del Mediterráneo (si hubiera cosa de tal nombre en esta Arcadia de la maledicencia y las mierdas de perro) le diera por fundar un “Montparnasse” malacitano sobre su arrugada superficie…
Me encontraba, pues, en el hogar –hipotecado- repantigado en un sofá vibrador de respaldo abatible y reposapiés retráctil (regalo de un cliente agradecido por hacerle ver la verdad de su hasta entonces virtuosa –solo en su coleto- esposa) y pensando en que por fin desde aquel día aciago en que me vinieron a visitar García y Sánchez, es decir (ya va siendo hora también de decirlo), el inspector Abel García y el subinspector Diego Sánchez, podía descansar y olvidarme de todo lo que había ocurrido en tan poco lapso de tiempo: la muerte de Agus, los crímenes sin resolver durante la ola de frío, el, en fin, sueño ese tan extraño y oscuro, mi estado de ánimo alterado y criminógeno, y mi lucha, tan heroica como ingrata, con el frustrado regicida, el tal Fulgencio… pero ¿realmente podría olvidarme de todo? Aún no sabía cómo explicar lo ocurrido en la comisaría con aquel insecto al que, sin embargo, parece que nadie vio excepto yo…Bien, podría pensar el lector y yo coincidiría con él, los insectos son pequeños y pueden pasar fácilmente desapercibidos pero ¿y eso de que se me metiera por la oreja y hablara de manera tan insidiosa apoderándose de mis cuerdas vocales? ¡Qué locura! No, todavía no estaba recuperado del todo. Mi impresionable naturaleza panóptica seguía un tanto desquiciada. Es verdad que aunque ya no me deleitaba fantaseando con crímenes sangrientos no debía estar plenamente curado de mi enfermedad (a la que los médicos no supieron bautizar y que yo, lector aficionado al diccionario, le di en llamar, inventándolo, “criosis”, término que me pareció bien sonante y muy apropiado) ya que permanecía una sensación de frío como si se hubiese quedado una puerta o ventana de mi alma abierta por donde entraba, silbando, una ráfaga de aire helado.
Mierda, pensé, creo que me tomaré unas pequeñas vacaciones. Y bien pequeñas debían ser desde luego, continué pensando, si quería seguir pagando las facturas y durmiendo bajo techo. Y es que hay pocas cosas más amenazantes en la vida cotidiana que la inexorable puntualidad mensual de los bancos a la hora de exigirte que saldes la deuda contraída con ellos (casi para el resto de tu vida) con ese estilo, además, cordialmente seco, rayano con los modos mafiosos más elegantes antes de despendolarse (agotada la santa paciencia criminal) pistola en mano, y ponerlo todo perdido de sangre en una acción ejemplarizante que, por otro lado, ayuda a mantener el prestigio de la empresa, tan importante en los negocios, sobre todo si son ilícitos. Porque si eres un epígono de Al “caracortada” y no te pagan ¿a qué juez vas a recurrir para la defensa de tus intereses? “Sr. juez, este bribón desaprensivo me debe 10 000 eurazos de un asuntillo de drogas que teníamos en común”. No, el mundo del hampa es un universo subterráneo que corre paralelo a la noosfera legal. Tiene sus propias leyes, sus propios jueces –de la horca- y sus propias penas que, por resumir, suele ser una sola: la muerte. Cuando esto ocurre es cuando el inframundo emerge a la luz junto con el cadáver.
Así, nos estamos dejando los piños en masticar la ternera con patatas, intentando coger al vuelo –sobre el bullicio de los niños que se niegan a comer, los que tengan tal suerte- no ya la literalidad sino el sentido de lo que dice el agorero presentador, cuando en las noticias informan de que ha aparecido un finado en su coche con un tiro en la cabeza. ¿Y por qué? Ajuste de cuentas, arguyen cuando no saben qué decir. El inframundo ha emergido momentáneamente y somos conscientes de que mientras luchamos con el jodido estofado (“¡María!, ¿has dejado la ternera en leche para ablandarla, hija?…que parece que me estoy comiendo la suela del zapato, ¡coño!…su puta madre, la jodía vaca”) sigue discurriendo por los albañales, medrando, corrompiendo y muriendo si te pasas de listo.
Y ahora yo me he topado con ese inframundo, incluso en cierto sentido vivo con un pie dentro de él, tentándome…Una tarde me levanto enfermo, me dirijo a una casa con la que creo haber soñado y me encuentro con un asesino, un tipo del que apenas se sabe nada, alguien que llevaría mucho tiempo planeando en la oscuridad un modo de desestabilizar la vida de todo un país, y ahí que aparezco yo, cuán James Bond al servicio de Su Majestad Católica (¿o ya no?), evitando que le vuelen la cabeza y la corona al Rey de España. Joder, ¿y para qué? Para verme con un pie en la cárcel. Vaya mierda.

Para cuando llegué a tan desalentadora conclusión el güisqui se había acabado. Decidí servirme otro y soplármelo en la bañera mientras me tomaba un largo y relajante baño.
Así pues, me encerré en el aseo; taponé la bañera; accioné los mandos del agua abriéndolos al tope regulando la temperatura hasta dar con la óptima (más bien caliente para que aguantara cálida el mayor tiempo posible), me senté sobre la tapa del váter y esperé a que se llenara mientras bebía tranquilo mi segundo güisqui. No pasó mucho tiempo antes de que el vapor cálido y húmedo se elevara como miasma de la concavidad grisácea a la lúgubre luz amarillenta que emitían dos bombillas lacadas en gualda, una a cada ángulo superior del empañado espejo, y se pegara sobre el alicatado como si sudaran copiosamente.
Para cuando, achicharrándome, me sumergí despacio hasta el mentón ya todo estaba invadido por una fumarola gris y pegajosa. Aún tuve que incorporarme, sin embargo, para asir el vaso que había dejado sobre la tapa del cagadero, afortunadamente al alcance de la mano desde la bañera, que apoyé en la esquina derecha, junto a mi cabeza. Entonces, por fin, cerré los ojos con la intención de relajarme.
El hielo, de cuando en cuando, crujía en mi oído.
A veces, de la calle venía la trompetería ronca y desaforada de alguna moto de niñato con el escape picado; algún grito de quinqui llamando a alguien; algún dengue de quinceañera asediada por la torpe pasión adolescente de su “rollo”…una pequeña brisa refrescándome la cara… cada vez más fresca…por mi mente aturdida cruzó el pensamiento de que había dejado el ventanuco del baño abierto. Entreabrí los ojos con pereza. Pasó un momento antes de que lograra comprender, aun con los ojos como platos, qué estaba viendo realmente. Justo delante de mí, pendiendo sobre el agua a la altura de mi entrepierna, se desarrollaba una escena más propia de fenómenos meteorológicos producidos en las alturas que en mi angosto cuarto de baño. El vapor ocre de la estancia se arremolinaba en torno a un centro como una columna viva, rolando a la manera de un algodón de feria alrededor de su palo (que el niño asirá para devorarlo -el mentón pegajoso y rosáceo-). Pegué un brinco. Con el codo tiré el vaso de güisqui al suelo. Lo oí quebrarse. No me atrevía a levantarme. Estaba paralizado. Además si lo hiciera quedaría mi cara a un palmo de aquella cosa en torbellino y no quería verme en esa situación. Así que me quedé sentado en la bañera con la espalda en tensión presionando contra el respaldo sin nada mejor que hacer que observar, atenazado de miedo.
De la masa informe poco a poco se fue perfilando lo que parecía un rostro humano, cada vez más familiar. Para cuando supe sin error de quién se trataba no tuve tiempo más que para emitir un “oh” absurdo antes de que “eso” con rasgos de Fulgencio, el regicida, me pegara un soplamocos descomunal con un brazo de vapor condensado directamente en carámbano de hielo que hizo que, aparte de descuajarme un diente de su engaste mandibular, me diera un testarazo en la nuca contra la bañera que me suspendió los sentidos, la vista en blanco y un ensordecedor pitido en los oídos, durante unos instantes inciertos. Estaba, lo que se conoce en términos boxísticos, sonado.

Lo primero que percibí después de esa aturdida ida y venida fue la risotada bronca y bisbiseante de aquella cosa con visajes de Fulgencio. Tomé conciencia de que si seguía de espectador en aquella peli de serie B acabaría hecho papilla como Rocky en todos y cada uno de sus combates aunque, como él, yo también aspiraba, al final, salir victorioso y poder decir, casi sin dientes y con la lengua estropajosa “soy el bejor, soy el bejor”. Así, mientras Fulgencio se meaba de la risa yo doblé el brazo izquierdo por detrás de la cabeza buscando el tarro de champú con extractos de anís. Tanteé el tapón y comprobé que estaba bien cerrado, no fuera que en el impulso me quedara con el tapón en la mano y el tarro dándome, de nuevo, en la cocorota. A continuación lo arrojé con todas mis fuerzas contra mi descojonado antagonista. Le di en lo que parecía la cabeza, que atravesó fulgurante, para terminar el tarro reventado contra la pared. Entones toda la mole se deshizo en agua cenagosa y negra. Se derrumbó escalonadamente y me recordó a cuando, tumbado en una cama en Ámsterdam, asistí, entre brumas marihuanas, a la caída de las torres gemelas de Nueva York “Joder con los americanos, vaya película se han montado” recuerdo que pensé ignorante del relato de los hechos que iba haciendo el locutor guiri, aunque el guiri fuera yo. Allí el problema subsiguiente fue el polvo y el humo, aquí, en mi bañera empantanada, lo era un cieno negruzco y unos bichejos salidos de no sé donde, parecidos a cucarachas y escarabajos que me daban mordiscos por todo el cuerpo. Aquello me fustigó para hacer lo que venía deseando desde el inicio de la metamorfosis fulgenciana: salir de naja de aquella bañera maldita convertida en boca del infierno y en potaje de insectos inverosímiles, lo cual hice imprudentemente ya que olvidándome del vaso hecho añicos en el suelo me clavé sus restos en las plantas de los pies produciéndome un agudo dolor. Cerré la puerta del baño tras de mí y corrí al dormitorio. Me embutí en un chándal azul oscuro mientras no paraba de maldecir y barbullar todo mi repertorio de tacos y aún otros que iba inventando sobre la marcha. Metí en una bolsa de viaje algunos trapos y postergué los primeros auxilios de mis pies heridos para cuando llegara, andando como si pisara brasas (el cuerpo doblado de dolor a cada paso) a mi despacho en donde había decidido parapetarme contra tanto fenómeno extraño de los cojones.

Allí, en el sofá de mi querida oficina al que había arribado después de un sonambulesco viaje en taxi, me apliqué una cura de urgencia y me envolví los pies en unos vendajes anudados de cualquier manera: poco después pagaría cara mi incuria. Pero estaba tan nervioso pensando en la furia de Fulgencio, mirando a mi alrededor con miedo de verlo emerger de los rincones mas oscuros de mi despacho, que no estaba para eso ni para nada que no fuera regodearme en seguir pensando en lo que había ocurrido. Así, atar el cabo suelto de la mosca fue fácil. Si había sido capaz el fantasmón de materializarse del vapor de agua, poseer el cuerpo de una delicada mosca le tuvo que resultar pan comido. Al final, agotado de tejer y destejer insensateces, no lograría pegar ojo hasta que el crepúsculo traído por el chillido de las golondrinas asomó por la ventana. Solo en ese momento, sintiéndome protegido por el regio astro que se adivinaba tras los jirones azulados y malvas del horizonte, pude por fin entregarme a un sueño tranquilo y profundo, aunque breve…

3.
Sobre las once y media de la mañana, un bocinazo tremendo de camión seguido de un terrorífico rechinar de frenos me hizo despertar. Afortunadamente ningún viandante terminó despachurrado bajo las ruedas de un volquete que con motivo de unas obras una manzana más allá pasaban ahora con tanta frecuencia por la calle.
Dolorido de pies, y después de quitarme, en un procedimiento doloroso (que voy a omitir en consideración al lector) por haberse quedado adheridas las vendas a las llagas (trabándose con ellas en postillas, por lo que al quitar aquellas salían también éstas, siendo como si te desollaran vivo... pero no entraré en detalles), el "aparatoso" (según los futboleros) y chapucero vendaje, y cambiarlo por otro (esta vez empapado en yodo y agua oxigenada para evitar adherencias) me dirijo, decía, andando poco menos que como Chiquito, a desayunar al bar de Juanito, el cual, siempre serio y desganado (metiéndome el ojo en el recién hueco creado en mi dentadura por Fulgencio), tan parco en palabras como mezquino a la hora de remozar su cochambroso local, me cambia un billete de cinco en moneda contante y sonante para llamar desde el teléfono público situado en una esquina de la barra, junto al ventanuco de la cocina y la máquina dispensadora de pistachos, a Antonio, conocido en la televisión local donde tenía un programa de videncia en directo como “Toni Trimegistos”, mariquita estrafalario y sedicente augur de la ribera del Nilo.

-Digaaa –prorrumpe cursi al cuarto pitido arrastrando la a.
Di un sorbo al café antes de decir:
-Hola, ¿cómo anda pichurri? –Pichurri era un chucho faldero, pequeñajo y feo como el demonio, peludo y altivo con su cara chata al que había encontrado, no antes de ser contratado por Trimegistos y de seguir asombrosas pesquisas (que puede que algún día relate), medio muerto en el portal de una casa de putas.
- Uy, pero si es mi sagaz detective –dijo con retranca. Huelga decir que Toni estaba loca por mí-. ¿Qué se te ofrece machote?
- Verás, estoy en un aprieto… ¿Qué tal te llevas con los espíritus últimamente?
- Yo no trabajo con espíritus cariño, deberías saberlo. Lo mío es la adivinación egipcia –dijo molesto- pero cuéntame que te pasa… ¡ay pichurri estate quieto! –exclamó con voz alejada del teléfono.
- Verás, es que creo… ¿me escuchas?...
-Sí, dime, es este perro que desde lo encontraste yéndose de putas lo tengo todo el día enganchado a la pierna… ¡guarro! –le recriminaba de nuevo con voz lejana- ¡que eres un guarro! Bueno dime.
- Pues el tema es que creo que tengo a un espíritu encabronado dándome la tabarra y quisiera saber cómo librarme de él.
- La verdad, no me extraña nada, eres un mal bicho, pero yo no te puedo ayudar. Desde que una vez, durante un “polstergeist”, el espíritu de una maricona encelada con la que mantuve un idilio me quisiera hacer rodajas con el cuchillo jamonero, es que paso. Ya de viva apuntaba maneras pero de muerta ¡uy!… Pero sí te puedo recomendar a una amiga.
-Eso estaría bien.
-Se llama Irene aunque todos la llamamos Madame Chochó, ya verás por qué.
- Madame Chochó. Suena bien… ¿tienes su número?
Lo tenía. La llamé inmediatamente a la señora Chochó y quedamos en mi despacho al cabo de una hora para tratar del asunto.

4. La médium.

Tendría unos treinta-treinta y dos años, delgada, rostro anguloso (especialmente el mentón, prominente), ojos verdes, pelo teñido en rojizo-anaranjado, largo y ensortijado, minifalda de cuero (o sucedáneo), medias de listas horizontales verde-rojo, unas botas negras con tacón temerario por debajo de la rodilla y un abrigo marrón forrado de mechones de lana o algodón (o sucedáneo), que llevó abrochado toda la entrevista. Por la bocana del abrigo sobresalía el cuello de una blusa morada. Aquella mañana en efecto el otoño se había dejado sentir por fin.
Estaba sentada delante de mí con las piernas cruzadas mirándome fijamente con sus fogosos ojos verdes.
Era atractiva, muy atractiva y me había causado, a qué negarlo, una gran impresión.
-¿Y bien? -Dijo divertida, harta de que la mirara embobado sin decir nada-. ¿Es aquí donde tienes el problema con el descarnado?
Tenía una voz dura.
-No no, en mi piso… ¿hace mucho que conoces a Antonio? –pregunté. Suele pasarme cuando una mujer me gusta, que empiezo a ser preguntas como un descosido.
-¿A Toni? Sí, desde hace unos años…-dudó-…bueno, en realidad, desde que actuaba en un local travestido de vedette.
-¿Quién, Toni? ¡Qué bueno! Eso no lo sabía, ¿tú también trabajabas allí? –seguía impertinente.
-No, yo iba de acompañante. A algunos clientes les ponía ese tipo de espectáculos –contestó sin tapujos.
-Ah…- me pilló fuera de juego.
Suspiró, cansada. Yo me sentía cada vez más miserable.
-Pues sí, yo es que antes era puta, ¿no te lo ha dicho Toni? Me extrañaría…
-No.
-Me sorprende…con la lengua que tiene.
Me esforcé en aparentar el mismo interés que si hubiese dicho peluquera. En realidad menos, es decir, intenté no mostrar interés alguno, lo cual no hizo sino acentuar la incomodidad de la situación.
- Bueno, ¿y cómo fue que te hiciste médium?
Se enderezó en la silla. Se sacudió los dorados aladares con un movimiento de cabeza hacia atrás; con su mano izquierda encabalgó (dejando al descubierto una oreja perfecta de la que pendían tres cuentas purpúreas ensartadas en un filamento cobrizo) el pelo que le caía en tirabuzones por la derecha hacia el otro lado, en un gesto de gracia femenina que siempre me había parecido irresistible, como tantos otros que una mujer realiza cotidianamente decenas de veces, ya sea quitarse una chaqueta, arreglarse un zapato, retocarse el maquillaje, recogerse el pelo, soltarlo, o, como en este caso, trasvasarlo hacia un lado dejando al descubierto la mitad del rostro. Todos gestos cotidianos cargados de una gran sensualidad, al menos para mí.
Una vez compuesta la nueva estampa se dispuso, con el rostro iluminado, a explicarme con ardor su modus operandi.
-Bueno verás, en realidad yo siempre he sido médium pero no lo sabía, porque yo la mediumnidad la tengo en el chocho, ¿comprendes?...
-Ah –la interrumpí-, ¿de ahí viene entonces lo de Madame Chochó?
-Madame ¿qué? -había enrojecido- Yo soy Irene, sin más, ¿fue Toni quién te dijo eso? La madre que lo parió…-rió con enfado.
De nuevo había metido la pata.
-No importa, en realidad suena bien…sigue por favor –la insté.
-Sí, bueno, como te decía, yo la mediumnidad la tengo en el chocho por eso durante mucho tiempo pensé que lo mío era el puterío, porque ahí abajo siempre lo he sentido como muy sensible, ¿sabes?, desde chiquitina sentía ahí como una electricidad que... -se estremeció de escalofrió-, y además siempre que había algún fallecimiento yo al fiambre lo sentía ahí, en el coño, como queriendo entrar y claro, una cuando tiene poca experiencia pues no sabe distinguir las cosas… vamos, la vocación, quiero decir, hasta que un día, ya ejerciendo, se me murió encima un tío, ¡mi madre, qué susto me llevé! No era viejo ni nada, no creas, pero se ve que le dio un jamacuco en el corazón, e inmediatamente sentí que se me quería meter dentro.
-No me jodas.
-Como te cuento.
-¿Y qué pasó?
-Pues que tuve que ir adónde una amiga mía bruja para que me lo sacara. Fue por ella que me enteré de que mi chocho irradiaba una especie de energía primigenia que actuaba como imán para las almas perdidas. De alguna manera se sentían atraídos porque no aceptaban la realidad de su muerte y se me metían dentro en un intento desesperado de nacer de nuevo.
-No me jodas.
-Sí, ¡y no repitas más “no me jodas”, coño! A ver si vamos teniendo algo más de tacto.
-Perdón, lo decía sin segundas…
-¡Qué pesado! Bueno pues el tema, por si me quieres contratar, es que yo actúo con mi chocho, ¿vale? Me concentro y les enseño el camino…A la mayoría de esas almas desorientadas les basta con eso, no hace falta que les fuerce a venir ya que, como te he dicho, se sienten atraídos por la fuerza que irradia. Pero hay algunos contumaces a los que debo chupar para adentro, sorberlos, ¿entiendes?, como si fuese una aspiradora. Pero eso no afectaría a la tarifa del servicio, si fuera tu caso.
- Me alegra oírlo, ¿pero después que haces con ellos?
- Ahí está lo bonito de mi trabajo: los mantengo nueve días metidos en el coño, que se corresponderían simbólicamente con los nueve meses de gestación; pasado tal tiempo y mediante un elaborado ritual, que me ha costado años de experiencia perfeccionar, los paro, es decir, nacen alegóricamente de nuevo, los expulso a su nueva vida espiritual situada evolutivamente un peldaño por encima del que estaban antes.
- ¿Sólo uno?
-¿Qué quieres? ¡Mira éste! El resto es cosa de Dios, cariño. No hay que meterse en su jurisdicción. Los hay que lo hacen, pero esos no son auxiliares divinos sino usurpadores…allá ellos, practican la magia negra. Intentan esclavizar almas para sí, pero todo se volverá en su contra: es la ley del Universo: todo el mal que hagas te rebotará multiplicado por dos.
-Entiendo. Es un trabajo apasionante el tuyo… y admirable, pero debe ser molesto tener “eso” lleno de espíritus ¿no?
-Sí, su guerra dan. Pero te acabas acostumbrando.
-¿Y llevas muchos ahora?
-No, ahora solo llevo uno que lo pariré pasado mañana.
-O sea que para pasado mañana ya puedes trabajar, ¿o tienes que esperar hasta después del puerperio?
-¡No, criatura, pero qué puerperio ni qué leches!...mis partos son espirituales, ritualísticos. Ayudo a los despistados en la transición consciente al más allá. De la misma manera que nacemos para venir a esta vida así los paro yo, para que nazcan en la otra. Que es que no te enteras, ¡Jesús, qué mollera! Además, yo estoy en condiciones de trabajar ahora mismo si quieres. Date cuenta que he llegado a tener hasta ochocientos de una vez de cuando un trabajo que realicé en un hotel convertido en un auténtico pandemónium. Así que uno, imagínate si hay espacio.
-Imagino, imagino…Bueno, pues por mí no hay ningún problema. Veo que sabes lo que te haces y además dominas la mecánica… y la filosofía me convence… –-miro el reloj-…si quieres te puedo invitar a almorzar y después por la tarde, si te parece bien, puedes empezar.
Me mira sonriente. Parece halagada.
-Me parece perfecto. Pero ¿no quieres saber cuánto te va a costar?
-Si Toni te ha recomendado estoy seguro de que estaremos de acuerdo en el precio. En cualquier caso te puedo regatear mientras comemos ¿no?
-Yo no regateo nunca. Lo veo tan justo que sería incapaz de cobrar de más o de menos. Además no queda muy elegante hablar de dinero mientras se come.
Sonreí divertido por el concepto de elegancia que tenía Madame Chochó después de relatarme tan prosaicamente como pudo las potencialidades mediúmnicas de su peculiar “coño”.
-Estupendo. Pues a comer se ha dicho.
Decididamente estaba de buen humor. Hasta las heridas de los pies parecían haber recibido el bálsamo vital que emanaba de Irene, o quizá más concretamente de su chocho, permitiéndome andar con más o menos naturalidad. Desgraciadamente el hueco en la quijada que me produjera el vengativo Fulgencio seguía ahí, ejerciendo atracción en los ojos con los que hablaba, incluidos los de madam, a la cual había sorprendido algunos visajes divertidos, motivados sin duda, o no, en la mudanza en mi dentadura que añadía comicidad a mi expresión, especialmente cuando sonreía, que era frecuente.

La llevé a un restaurante chino, dos números más arriba del Lumpen Blues Bar. Quise invitarla a un mesón pero me dijo que antes de un trabajo prefería comida oriental.
Cuando pasamos por la puerta del Lumpen me asomé un segundo y saludé al camarero Manolo desde la entrada “¡Hola Manolo!”. Me miró estupefacto y me devolvió el saludo atolondrado sin saber muy bien de quién se trataba. Quizá unos segundos más tarde se palmearía la frente, bajaría la voz hasta el tono de las revelaciones e informaría a sus parroquianos de confianza que “ése era el tío de los hielos que os he contado que vino el otro día…”.
Irene, mientras tanto, miraba ceñuda “al edificio”, al otro lado de la acera.
-Siempre que paso por aquí me entran escalofríos –dijo cruzando los brazos sobre el pecho.
-Sí, a mí también –convine-. ¿Vamos? Es aquí al lado –no quería seguir allí. Me inspiraba sentimientos contrapuestos.
-Sí -dijo mirándome a la cara.
Yo esquivé sus ojos verdes.


Ella comió con excelente apetito una ensalada de soja, un arroz tres delicias y pollo. Yo lo mismo pero cambiando el pollo por un rollito de primavera.
Fue durante el arroz, y después de coincidir en que la ensalada estaba realmente buena, cuando se interesó más a fondo por el caso.
-Me contaste por teléfono que habías tenido problemas con el descarnado. Eso es normal, si no no me hubieras llamado, pero ¿qué tipo de problemas?
-¿Que qué tipo de problemas? Éste tipo de problemas –me levanté el labio superior para que viera la mella desde la encía. De alguna manera estaba deseando hacerlo, para hacerle ver que el llamativo roto en la dentadura era accidental y no desaliño. En cualquier caso no fue buena idea hacer tal ostentación pues en seguida noté que un trozo de jamón, guisante o lo que fuera lo tenía encajado en el hueco. Ella hizo una mueca de asco-. Sí, este aspecto de calabaza ruperta lo tengo desde anoche. Me estaba bañando cuando el espíritu, o descarnado como tú lo llamas, se formó del vapor y me arreó un guantazo que me dejó tonto. Por poco no me desnuco contra la bañera.
-Espera, espera, has dicho que se formó del vapor del agua ¿Cómo entonces te pudo hacer daño?
-Mi teoría, a tenor del frío que sentí, es que el brazo se le condensó directamente en hielo, ¿comprendes?
-Así así. Eso de condensar, ¿qué quieres decir?
-Pues que pasó directamente del estado gaseoso al sólido sin pararse en el líquido.
Se rió.
- Te digo que me lo expliques y me embrollas más. Pero creo que sé adonde quieres ir a parar. Es como los cubitos de hielo, ¿no? Pones agua en el congelador y se convierte en un “chinorro” helado así de gordo –hizo un círculo con sus dedos índice y pulgar, los otros tres dedos extendidos como si indicara OK.
-Exacto.
Bebió un sorbo de su copa de vino tinto.
-Así que es un espíritu violento.
-Yo diría que sí –la imité en el vino.
-¿Hay alguna razón? Creo que ha llegado el momento de que me lo cuentes. Si me lo voy a meter dentro necesito saber de quién se trata, aunque por experiencia sé que una vez ahí todos se amansan como bebés de pecho.
En el comedor, junto a un aparador de madera oscura surtido de todo lo necesario para componer las mesas, estaba de pie observando con descaro a los comensales un chino que había vuelto la vista hacia nosotros en cuanto escuchó lo de “chinorro”. De vez en cuando se le acercaba otro que trajinaba entre el salón y la cocina con platos, vasos, canastillas de pan y con quién cuchicheaba y reía con ojillos maliciosos. En más de una ocasión les cacé mirándome divertidos, especialmente cuando me levanté el belfo superior como si fuese un caballo del que infieren su salud por la dentadura, a todas luces pésima. Supongo que la mella estimulaba su proverbial jovialidad.
Pero yo le conté todo a Irene, lo cual me llevó hasta los cafés de sobremesa.
Al principio empecé remiso mi relato pero esa actitud suya tan fogosa a la hora de escuchar como de hablar (las mejillas arreboladas por el vino y la calefacción) fue derribando todas mis aprensiones. Cuando llegué al episodio de la mosca cojonera de voz chillona e histérica se desternillaba de la risa. Solo le hurté mis luchas interiores (experiencias íntimas derivadas de mi naturaleza panóptica y por lo tanto absolutamente subjetivas) por considerarlo demasiado personal y como más propio de diván de psicoanalista que de sobremesa con una espiritista vaginal a lo Madame Chochó…aunque quizá ella estuviera más cualificada para comprenderme que cualquier pimpollo universitario sin más experiencia de la vida que la que procedía de las novelas (y eso con suerte) o de sus libros compendiosos de casos clínicos.
Pero el hecho era que, además de considerarlas experiencias muy vulnerables a la fatuidad del juicio foráneo, pretendía no asustarla o, cuanto menos, no exacerbarla en sus supersticiones no fuera que me dejara colgado con Fulgencio y su vesania vindicativa, o me obligara a beber un litro de lejía y aguarrás para exorcizarme de mis demonios.
- ¡Vaya! –Dijo al cabo de mi relato-, así que salvaste al rey de aquel terrorista. Lo escuché por la tele pero dijeron que fue la policía quién evitó el atentado.
-Sí, bueno, mejor. No tengo ninguna gana de ser famoso. El caso es que me han retenido durante tres días en comisaría como sospechoso de conato de regicidio. Ayer mismo me soltaron… –bajando la voz y acercándome a ella teatralmente-, has de saber, querida Irene (el vino me la hacía muy querida), que lo mas seguro es que cualquiera de estos que están comiendo aquí podría ser agente del CNI encubierto…puede que el mismo chino detrás de ti –sugerí con evidente afán de venganza.
Irene se volvió y se encontró con la cara risueña del chino junto al aparador. Nos reímos por lo bajo. El chino siguió sonriendo impertérrito aunque creí ver un punto de odio en el fondo de sus ojos.
-Total –proseguí- que el tipo se suicidó en la cárcel y ahora anda encabronado.
-Ya veo, parece que es un espíritu con mucha fuerza. Puede que sea necesario primero hacer una sesión de ouija para irle trabajando el aspecto “psiquis”, irle concienciando de su nueva situación, ¿me entiendes?
-Perfectamente, y además creo que es una estupenda idea. El fantasmón ese tiene malas pulgas, te lo digo yo.
-Pues pasemos antes por casa para recoger algunos utensilios –dijo levantándose de la mesa-. Se me está ocurriendo que hay algunas oraciones de Kardec, especialmente las dedicadas a espíritus suicidados, criminales o que en vida fueron enemigos, que para tu caso pueden venir como anillo al dedo.
-Umm… - me mostré escéptico- no sé yo si con éste las oraciones servirán de algo…yo creo que vas a tener que aspirarlo por las bravas.
-Puede, pero antes hay que macerarlo un poco. Además, para la mayoría de los espíritus, el poder de la palabra, dicha con autoridad, es orden tajante.
-Si tú lo dices, ¡Oh bella sacerdotisa de los misterios!

Del restorán salimos risueños. Después de apoquinar al sardónico chino la comilona buscamos un taxi que nos llevara primero a su piso y después al mío para dar inicio al exorcismo que debía meter en cintura al alma sarcástica y burlona de Fulgencio.


5.
Cuando abrí la puerta del piso la quietud y el silencio lejos de tranquilizarme me produjo nerviosismo. Ella, detenida bajo el umbral, confirmó mis miedos.
- Está aquí, de eso no hay duda. Lo presiento.
Había una mosca revoloteando por el salón…buuuuu, zumbaba.
- ¡Allí está! – La mosca vino hacia nosotros-. ¡Se acerca! Cuidado que se te cuela y no te enteras –advertía yo un tanto histérico al tiempo que me subía las solapas del cuello del abrigo cubriendo las orejas y atenazaba mi nariz entre el índice y el pulgar, sin perder de vista sus amenazadores zigzagueos.
Ella no se inmutó. Dejó que revoloteara con indiferencia alrededor de su cabeza.
-Tranquilo. No es más que una mosca. Está por aquel lado –señaló el dormitorio-.
-Es mi dormitorio, ¿qué estará haciendo ahí? –dije gangosamente, aún con la nariz cogida en la pinza de mis dedos.
-Da igual, déjalo. Seguramente se sentirá atraído por tus haberes personales, suele pasar con los espíritus obsesionados.
-Sí, obsesionado con atizarme el muy cabrón –seguía achispado por el vino y la copa de licor de guindas de la sobremesa.
Ella se dirigió a la mesa camilla de la sala de estar y la despejó de todo lo que había sobre ella: libros, periódicos, un juego de ajedrez que reproducía el final de una partida entre los campeones Kasparov y Román (desbaratada bruscamente por Irene cuando lo arrojó al sofá), una mandarina que presentaba visos verdosos de descomposición... Cuando tuvo la mesa libre sacó del bolso un libraco que apoyó sobre ella y que abrió casi por el final, lo mismo que un tablero ouija desplegable.
-Aquí están las oraciones de Kardec de las que te hablaba antes que nos pueden servir…-decía mientras apartaba el libro a un lado de la circunferencia de la mesa-, y esto es la ouija - desplegándola delante de su pecho- que nos servirá para establecer un primer contacto con el descarnado.
-De pequeño yo también jugaba a esto en el colegio.
-Pues muy mal hecho –me reconvino-. La ouija no es ningún juego…-se interrumpió bruscamente girando su flamígera cabeza hacia la puerta del dormitorio-… sabe que estamos aquí. Siento su energía crecer con rapidez… ¡joder si está encabronado contigo, tío! ¡Rápido siéntate!

La noche ya se intuía en la esquiva tarde otoñal. Medio sol naranja, moribundo, caía tras el edificio de enfrente, y rachas de viento hacía crujir la cristalera.
Nos sentamos alrededor de la mesa y madame me ordenó que pusiera los dedos índices de ambas manos, sin presionar, junto a los suyos sobre un cursor en forma de triángulo con un ojo sin pestaña dibujado en su centro. El contacto con sus dedos me produjo una oleada de emoción teñida de deseo.
Pero Fulgencio ya estaba por allí. Hasta yo lo podía sentir, no en la entrepierna como Madame Chochó sino a todo lo largo del espinazo en forma de corriente helada.
Entonces Irene comenzó a declamar con la cabeza vuelta hacia el libro del tal Kardec. Desde mi posición a su izquierda podía leer un epígrafe resaltado en negrita “Para un suicida”:
“Sabemos, Dios mío, -decía con entonación afectadamente sacerdotal- la suerte reservada a los que violan vuestras leyes acortando voluntariamente sus días; pero también sabemos que vuestra misericordia es infinita; dignaos derramarla sobre el alma de… -se vuelve hacia mí con expresión interrogativa: “Fulgencio”, le susurro- Fulgencio ... ¡Que nuestras oraciones y nuestra conmiseración endulcen la amargura de los padecimientos que sufre por no haber querido tener el valor de esperar el fin de sus pruebas!”
De pronto el tablero ouija se escurrió de debajo de nuestros dedos yendo a impactar con violencia contra la pantalla negra, con nosotros reflejados en el fondo, del televisor, derribando al suelo el teléfono que sobre él estaba. Fue tan limpio y fulminante el deslizamiento que nos quedamos con los dedos aún en contacto con el cursor-ouija, esta vez sobre el tapete de plástico que cubría la mesa.
Como, por lo que fuere, debía tener yo la boca abierta contemplando la repentina y furiosa animación ciega de los objetos (telequinesia se llama el fenómeno, me informaría más tarde Irene) Fulgencio aprovechó mi aturdimiento para colárseme de nuevo dentro. Al instante sentí un pinchazo en la garganta. Desde allí clamó, estentóreo:
-¡¡YO NO SOY FULGENCIO, ESTÚPIDA ZORRA!!
Madame Chochó se volvió hacia mí aterrada. Por mi mente cruzó la especie: “¿y si piensa que soy yo quién lo ha dicho, como el poli en la comisaría, y cree que se ha dejado arrastrar a la casa de un loco peligroso?” Movido por ese prurito le señalé con mi dedo índice la garganta dándole a entender que era Fulgencio el causante de tal grosería, no yo.
En mi fuero interno agradecí su mirada comprensiva.
-¡ME LLAMO ANÍBAL FONSECA! –continuaba el fantasmón.
Yo, ya que sentía que mantenía el control de lo demás de mi cuerpo, excepto las cuerdas vocales, inmediatamente me llevé la mano al bolsillo interior de la chaqueta para sacar el miniblock con tapas de pato donald (no había otro modelo en el todo a 100 de los chinos de la esquina) y el boli para apuntar el nombre que acababa de salir de mi garganta. Al inspector García (y a mí por lo que me tocaba, que me tocaba de lleno) le gustaría saber la identidad del verdadero regicida. Sería el hilo del que tirar para aclarar tan intrincado asunto.
Madame Chochó se repuso rápidamente de la barrabasada grosera de Ful…digo Fonseca… y buscó otra vez en el libro de Kardec. Su dedo índice guió sus ojos por un nuevo epígrafe, también en negrita “Para un enemigo muerto”. Me guiñó un ojo. Yo puse cara de incrédulo.
-Léelo tú – me susurró.
Yo me aclaré la voz, o lo intenté pero no pude ya que algo, Ful…Fonseca, quiero decir, impidió que el aire que yo impulsaba desde mis pulmones llegase a aclarar gañote alguno. Es como si hábilmente desviase el torrente de mi aliento sin incidir contra las cuerdas vocales, saliendo la exhalación por la boca limpiamente. Por mucho que me llenara los pulmones de aire en profundas inspiraciones y que lo expulsara con fuerza, el chorro no arrancaba nota alguna del cordaje laríngeo: estaba completamente mudo. Me había salido ingeniero de caminos, Fonseca.
Irene, dándose cuenta de mi apurada situación, leyó en el libraco con voz aún más afectada que antes:
-“Señor, os habéis dignado llamar antes que a mí el alma de Fulgencio –yo le di una patada en la espinilla a la vez que negaba con la cabeza-… el alma de Fonseca –rectificó-... Yo le perdono el daño que me ha hecho y sus malas intenciones hacia mí; que de ello tenga arrepentimiento ahora que ya no tiene las ilusiones de este mundo. Que vuestra misericordia, Dios mío, se extienda sobre él y alejad de mí el pensamiento de alegrarme de su muerte. Si le hice mal, que me lo perdone, así como yo olvido el que él me haya hecho.”
Fonseca, entonces, prorrumpió en carcajadas desquiciadas e incontenibles. Después de un minuto o dos riéndose a mandíbula batiente, ésta, la mandíbula, empezó a dolerme, así como el estómago y el pecho: el muy cabrón risueño me estaba matando de la risa. Ya rodaba yo por el suelo descojonándome al mismo tiempo que rogaba con la mirada a Madame que hiciera algo con su chocho porque el jodido Fonseca acabaría conmigo: “jajaja…Señor, dice, jajaja, pero si Dios no existe estúpida nigromanta del culo, jajaja….oh, señor, señor… jajaja, en cuanto se lo cuente al presidente…jajaja, estos españoles huevones están locos” y así seguía Fonseca desternillándome. Me preocupé seriamente cuando noté que el aire no llegaba a mis pulmones. Tosía y reía sin parar. Entonces, congestionado, vi, nimbada en un aura por efecto de la vista que empezaba a nublárseme, como Madame se subía la minifalda, se bajaba los pantys, las bragas y dejaba al descubierto un chocho sonrosado y hermoso, pelón y jugoso que dirigió contra mí. Como estaba tirado en el suelo retorciéndome de la risa madame se adelantó y se colocó justo encima de mi cabeza. Fonseca, al fin, cesó de reír. Tanto él como yo nos quedamos estáticos bajo el chocho de Irene absolutamente ensimismados en su contemplación. En ese estado hipnótico, inermes ambos, madame, veía yo, empezó a realizar movimientos de contracción con sus labios sexuales, las ninfas brillantes (cualquiera diría que estaba cachonda), la cara interior de los muslos contraídos como si fuese a ciscar (Dios no lo quisiera). Más tarde me contaría Irene que estaba aspirando al espíritu díscolo del regicida en grado de tentativa. En un momento determinado sentí como el desprendimiento de un chupón en mis cuerdas vocales seguido de una ráfaga de aire saliendo de costado al través de la mella en la dentadura al ser el único hueco al exterior por tener yo el rostro contraído en un rictus de sonrisa congelada: era Fonseca, derrotado y vencido, sumiso, dejándose arrastrar a las profundidades matrices de la increíble Madame CHOCHÓ.
Cuando me levanté, ya recuperado, estaba arrebolada, los labios encendidos, la mirada anhelante, con los pantys multicolores y las bragas púrpuras por las rodillas.
-Y ahora detective, deberías dejarme preñada…-dijo con voz desfallecida de mujer cachonda, apretándome el paquete.
Yo también la deseaba con ardor, anhelando igualmente ser succionado por su numinoso chocho.
-Pero…-balbuceé en vano tocándole el culo- no se molestará…
-Para nada –decía acariciándome la barbilla con su dedo-. Ayuda al proceso. Le da verosimilitud.
Hablábamos en susurros.
-A ver si cuando nos encontremos en la otra vida Fonseca me va a llamar papá…
Se rió. Me soltó el botón del pantalón.
-Bueno, ¿y qué? ¿No te gustaría ser papá?
-Joder, sí, pero es que el niño nos ha salido criminal. Además, del regicidio al parricidio no hay más que un paso…
Ella me sacó la picha y empezó a acariciarla. Yo le quité el abrigo y le desabotonaba la blusa.
-Vamos papi, ayúdame a mandar a Fonseca al otro mundo de una vez por todas… ¡estoy de un cachondo!, vamos papi, vamos…
Entonces le quité el sujetador y dos hermosas tetas nublaron el mundo en aquella hora crepuscular. La eché sobre el sofá y mientras le comía los pezones se la metí. Fue a la tercera acometida, que tenía previsto que fuera poderosa (recordando lecciones taoístas del maestro Woo), cuando sentí algo que nunca antes había experimentado pero que siempre supuse doloroso cuando lo veía en alguna que otra película morbosa, a saber, un mordisco en el glande, juraría que con dientes y todo, que me hizo soltar un alarido de dolor dramático.
La maldición me salió de lo más profundo. Pocas veces había gritado con tanto sentimiento y verdad:
-¡HIJOPUTA HIJOPUTA HIJOPUTA! –Decía con la picha amoratada e hinchada- Fonseca cabrón, cuando la espiche yo te vas a enterar, mamón, ay ay ay, cabrón…
Irene, después de unos instantes de desconcierto (pero ¿qué te pasa, qué fue, qué te ocurre?), me toma compungida y me lleva al baño “Lo siento mucho, es la primera vez que me pasa, normalmente el sexo después de una sesión, cuando lo hago ¿eh?, que no siempre, no vayas a pensar, lo toman la mar de bien, no sé por qué esta vez, parecía un ataque de celos…qué extraño” iba diciendo mientras me ponía el miembro bajo el grifo del agua fría.
Después, para compensar lo que consideró un error suyo de previsión y por mor de un prurito de profesionalidad encomiable (y de que, a qué negarlo, estaba más caliente que el palo de un churrero, como vulgarmente se dice), me hizo un masaje en la zona afectada como nunca antes me lo habían hecho. No entraré en detalles…, perdonen que no siga…solo añadir que quizá sea el inicio de una bonita historia de amor…oh, Irene Irene…

lunes 27 de agosto de 2007

Poema

Hijo mío,
Que a mi lado creces,
Quisiera ser frondoso
Para cobijarte de sombra fresca,
Recio como olmo viejo,
Duro como hierro
Para extenderme entre el viento
Pesado
Y tu tallo tierno.

Hijo mío,
Que hacia mí te inclinas
Cuando en las noches
De silencio
La luna te observa severa,
Quisiera ser blando por dentro
Para restañar tus miedos
Con el sudor añejo de mi resina.

Hijo mío
que a mi lado creces,
tiempo vendrá en que solitario
mengue
y bajo tu sombra, sin embargo,
muera.

martes 3 de julio de 2007

Criosis II

I. Matar al Borbón.

1.
El último sol de la tarde, como traído por la suave brisa, llegaba cálido a mi cuerpo tumbado sobre la arena de la playa.
Las nubes pasaban a retazos algodonados a través de la estrecha rendija de mis párpados: una fina línea acuosa apenas perceptible.
Me sentía relajado si bien al mismo tiempo aplastado por un mar que aunque en calma presionaba en los oídos con su gran masa de agua danzando sobre las profundas cuencas oceánicas.
Ella estaba de canto con su busto maravilloso apenas contenido por el bikini blanco, punteándome las costillas con sus pezones duros. Su mano, delicada, huesuda y tibia, acariciaba mi pecho jugueteando con el pelo rizado. Era una buena hembra, la mejor que había tenido nunca pero pronto habría de dejarla, a ella y a todo lo demás para embarcarme a Europa. El Jefe (nos habíamos acostumbrado a llamar así al antiguo compañero) me había encomendado una misión que comprendía sería la última. Todavía resonaban en mi memoria sus palabras enfáticas: “¡Matar al Borbón!” Sí, matar al Borbón y luego desaparecer. Decían que me proporcionarían un retiro de oro en alguna isla, bien escondidito para no llamar la atención, pero yo sabía que una vez hecho el trabajo, el compañero, el mismo con el que compartiría confidencias, copas… me descerrajaría un tiro en la cabeza y me tiraría al mar con zapatos nuevos de forja. Ahí, bien escondidito, para no llamar la atención. En realidad el propio jefe lo había dejado caer mientras me servía el mejor ron añejo que se guardaba en el palacio presidencial, que era por descontado el mejor que el país producía:
“-Ah, mi improsulto Fonseca, la vida es una mierda, sí, la mía también, y la tuya, no te engañes. Nuestras vidas no valen nada, así tomadas individualmente, nada..quién sabe si mañana mismo ya no estemos aquí… pero la Nación y la Revolución lo son todo; representan la idea de justicia más grande que ha sido capaz de generar la humanidad, y nuestra tarea, sublime y suprema en su cara, difícil e ingrata en su cruz, es la de hacer que la idea encarne, se manifieste, sea una realidad palpable que afecte a las generaciones venideras, liberándolas por siempre del sometimiento y la esclavitud. Piénsalo, amigo, la liberación de la humanidad en un futuro más justo y mejor, ¿no te parece?, claro que sí; pero para ello se necesita del sacrificio de hombres decididos, conscientes de que mejor que morir como un viejito de un ataque al corazón o atropellado por un jaranero incapaz de distinguir una luz verde de una roja es hacerlo por una idea, por un propósito noble…eso en el caso de que algo saliera mal, que no será… está todo perfectamente planeado y contarás desde el principio con gente de allí (ya sabes) que te proporcionarán toda la información necesaria, la cobertura y el arma. Todo lo hemos acordado a través de los exiliados que aquí viven. Será el mes que viene, está previsto que su… majestad, ¡ja, su majestad!..bueno, inaugure un museo en una ciudad del sur del país que ahora no recuerdo, los detalles te los dará después el coronel Ochoa…¿Que qué diantres tiene que ver el Borbón con todo esto?, te preguntarás; ay, amigo Fonseca, me temo que mucho aunque no en apariencia, porque su influencia no es directa como antaño lo fuera la de sus criminales ascendientes, sino oscura como una sombra. Su importancia, Fonseca, está en el símbolo, en la fuerza arquetípica que como un parapeto actúa conteniendo las energías liberadoras de nuestros espíritus, nuestras almas, nuestras mentes, aprisionándolas; ¡debemos destruir tan nefasta influencia, hacer saltar los diques inconscientes de nuestra querida América: debemos matar al Borbón, Fonseca, matarlo de una vez y para siempre, arrancarlo de nuestros corazones y nuestras almas, redimir nuestro servilismo interiorizado, Fonseca...!!”
Por supuesto yo, Aníbal Fonseca, estaba de acuerdo con todo lo que había dicho el Presidente, cuyas palabras desde aquel día menudearon en mi conciencia con terquedad, maravillándome con la sabiduría de aquel hombre que el destino nos había traído para guiarnos, siempre inspirado, hacia la libertad auténtica y la justicia. Eran palabras profundas que revelaban un hondo conocimiento de la psique humana, conocimiento puesto al servicio de la Revolución, por la cual juré un día dar mi vida si fuese preciso. Ahora tendría la oportunidad de cumplir mi juramento. Ya estaba todo decidido y a punto: mañana partiría, y aún no se lo había dicho a Elvira. Tendría que hacerlo esta noche durante la cena.
Las nubes seguían su viaje hacia el este, puede que cargándose de humedad para descargar la tormenta sobre la vieja metrópoli...

2.
-Mañana viajo a España -le dije. Un niño, dos mesas a nuestra derecha (más bien a la mía) se negaba a comer por mucho que su madre se prodigaba en cariños y en esperanzas de golosinas si accedía a comerse todo el pescado.
-¿A España?, no sabía nada-. Llevaba un bonito vestido de seda color crema en donde rosas pálidas parecían flotar abiertas, como lotos sobre su cuerpo atrayente.
-Sí, mañana por la mañana. Me lo han comunicado esta tarde mismo -mentí-. Ya sabes como son estas cosas.
El café humeante y la copita de ron de después de la cena me hicieron sentir satisfecho.
-¿Y para qué te mandan allá?- La pregunta reflejaba en la voz lo que se traslucía en su rostro: mezcla de inquietud y fastidio. Su pelo negro caía sobre los hombros tersos y bruñidos, caribeños, hasta los pechos morenos y prietos en el escote, el cual subía por las clavículas marcadas dejando un hendidura palpitante y estrecha en el centro del esternón hasta encontrarse bajo la nuca, en donde se anudaban abrazando el cuello.
-Cosas de trabajo, ya sabes que no puedo hablar de ello.
-¡Como! No sería la primera vez, ¿o es que acaso he dejado de ser la compañera de Partido para serlo tan solo de cama?
-Sabes que no, pero esta vez no te puedo contar nada, si hay alguien que lo entiende eres tú, la revolucionaria más guapa e inteligente de todo el país.
La verdad era que la amaba. La amaba, y ese sentimiento que había estado ahí siempre de manera difusa, arrinconado a la sombra de la realidad política en la que vivía entregado en cuerpo y alma, se revolvía ahora con una ferocidad que me prendía dolorosamente en las tripas. Ahora que todo se iba a acabar para nosotros, para mí, una ola de sentimentalismo que en otra época lo habría desechado como impropio, me inundaba sin que tuviera el más mínimo deseo de llevarlo a dique seco.
-¿Te envía el presidente?– Se acercó el vaso a los labios húmedos (crepitó el hielo) y bebió mientras seguía escrutándome con sus ojos verdes de animal selvático.
-¿Quién si no, mi amor?
La madre del crío, ante la porfiada negativa de éste a comer, pasó de las promesas a la amenaza franca, lo que provocó que el mocoso rompiera a llorar con estridencia.
Ella acercó la cabeza (¡qué ganas tenía de llegar a casa!) y con su mano fina de dedos largos y elegantes tomando la mía dijo bajando la voz:
-Escucha cariño, hace tiempo que me ha dado por pensar que el presidente ha cambiado, no es el mismo de cuando luchábamos llevando la revolución a las calles, ¿te acuerdas?, -“¡como no me voy a acordar!”, pensé-, está más fatuo, presuntuoso, está perdiendo el contacto con la realidad, lo noto como ido… sí, es cierto, que las cosas no están saliendo del todo como pensábamos, los problemas son muchos, pero no sé…-yo iba negando con la cabeza-, sí mi amor, el poder lo ha trastocado, siempre dicen que a ellos no les pasará pero al final acaba pasando, y temo que la Revolución se empantane…y luego está lo de Esmeralda y el chusco asunto con el español ese… ¡el impostor de mierda!…no sé, lo veo nervioso y obsesionado, y temo por ti, que se le ocurra alguna idea, ¡ay, no sé mi amor!, rara, desatinada…
La madre del crío, en vista del estropicio desatado por el niño, echando tímidas miradas al comedor, se sintió avergonzada e intentó calmarlo prometiéndole de nuevo regalos y golosinas.
Yo nunca tuve hijos. Ya no los tendría…en fin. Tras unos segundos me volví hacia ella:
-Es cierto que anda extraño últimamente pero es mucha la responsabilidad que tiene, que tenemos todos, no olvides que una vez elegimos sacrificarnos por el pueblo, que debíamos dar ejemplo, ser los primeros en desbrozar las veredas por las que las masas transitarían, ¡la vanguardia! nos llaman aún. Sí, no anda bien de humor y el carácter a veces le sale como el vinagre, pero sigue igual de inspirado, con el mismo empuje de cuando éramos jóvenes, sigue siendo el líder necesario…y ha tenido una idea genial, profunda, que puede suponer una galvanización en las conciencias de todos los pueblos de América, algo que azote nuestros yugos atávicos…-suspiré; si seguía hablando al final terminaría contándole lo que de ninguna manera debía saber, al menos no por ahora- en fin, sigamos confiando en él, ¿no crees?
-Sí, pero no comprendo nada de lo que me dices, quiero decir que no veo la relación de eso con lo que pudieras hacer en España-. Se echó hacia atrás, triste.
Me incliné hacia ella cogiéndole la mano de la que tintinearon pulseras indígenas (ella aseguraba que del pueblo al que debía la mitad de su sangre) rodeando sus muñecas.
-Anda, vamos a casa.
Nos levantamos.
El niño me miró acercarme. Era moreno, con ojos muy oscuros y brillantes a causa de los pucheros. Del bolsillo de mi pantalón saqué un llavero nuevo con la bandera del Partido y de la Nación fusionadas por la mitad. El crío lo miró atónito sin expresar ninguna emoción en particular. Yo lamenté no haber tenido algo más apropiado. De pronto me sentí abatido. Le hice una mueca de resignación; le sonreí y seguí la estela que iba dejando el precioso trasero de Elvira camino de la puerta.
Salimos a la calle y nos topamos con una luna imperfectamente redonda, pálida y fría como la cara de un ahogado. Estaba suspendida en el oscuro cielo sobre un mar inquieto y rugoso bajo su luz, que era traída por las ondulaciones hasta casi la misma orilla de la playa en que las olas las hacían trizas plateadas. No fueron conscientes de sus reacciones similares pero allí se quedaron con el ánimo suspendido viendo aquella luna helada y fantasmal que él observará desde otra latitud, a muchos kilómetros de distancia. De alguna forma yo intuía la naturaleza de su misión. No solo había sabido leer en los gestos, miradas, reacciones, y frases a medio terminar de él, sino que además añadía a ello el conocimiento de los entresijos del gobierno y sus operaciones secretas, de los anhelos y evolución personal (para peor, a mi juicio) del presidente.
Una ráfaga de brisa fresca y salobre venida de las lejanías oceánicas que contemplaba me sacó de aquella especie de ensoñación:
-Por lo menos cuando estés allá siempre podremos mirar la luna, que será la misma…
Me dijo pensativa. En aquel momento, delante de la puerta del restaurante, importunando a los que entraban y salían, creo que ella supo que no volveríamos a vernos, que nuestra historia sencillamente había terminado. Pegó su cadera a la mía, me cogió la mano y la guió alrededor de su cintura, prieta y suave bajo el sedoso vestido, y caminamos a mi apartamento, dos cuadras tierra adentro, en silencio, aunque ansiosos por llegar.

3.
Era muy consciente de que sería la última vez que desabrocharía los nudos de aquel vestido que caería deslizándose suave por su piel, la última vez que sentiría morir ante aquel busto majestuoso de pronto descubierto contenido por un sujetador blanco de puntillas, la última que anheloso se lo quitaría, casi lo arrancaría, para acariciar con mi boca sus pezones duros como chupetes de bebé, esconder mi boca en el hueco de su cuello, entre la fragancia de su pelo mientras mi mano con suavidad le acariciara su sexo, ¡qué delicia!, nada hay más hermoso que el cuerpo de una mujer embravecida y retorciéndose entre tus brazos, gimiendo con los ojos cerrados y el pelo revuelto, sojuzgándola, sometiéndola y al mismo tiempo amándola infinitamente…hasta la muerte final, y la tranquilidad. Entonces el remanente de la pasión hará que vuelvan las caricias suaves acompasando a los pensamientos pertinaces sobre lo que vendría, los exámenes de conciencia, los balances de mi vida, a veces positivos, a veces negativos, y la búsqueda de razones en los momentos, cada vez más frecuentes, de flaqueza con que realizar con éxito la misión encomendada. Así, casi no pude pegar ojo en toda la noche.
Cuando al fin llegó la hora me levanté y fui directo al baño. Como estaba desnudo la misión “ducha” resultó rápida y placentera. Me afeité con cuidado de no descuadrar la perilla que me había visto obligado a dejarme para hacerme coincidir con la foto de mi nuevo pasaporte, expedido a un tal Fulgencio Hurtado, un vagabundo que murió hace tres años sin parientes conocidos, y que moriría de nuevo en esta breve encarnación en la que él ponía el nombre y yo la carne…
El parecido con mi persona, aun sin perilla, era extraordinario y provocó las alabanzas del Presidente por los buenos augurios que según él, aquello significaba. Incluso hacía bromas sobre si en realidad no se trataba de mi hermano gemelo. No que yo supiera, desde luego. En realidad fui hijo único. Mi padre murió teniendo yo tres años durante una escaramuza con las tropas gubernamentales, con las gubernamentales de aquel tiempo. Nací en un chamizo en la selva, en el seno de lo que se conocía, no sin cierta presunción, el Campamento Base de la Revolución. De mi padre solo me quedó una foto en la que aparecía con barba larga e hirsuta, sombrero de paja, sonrisa franca, pelo en pecho sobresaliendo de la parte superior de la camisa desabotonada, sucia de lamparones de sudor, especialmente bajo los sobacos, y portando orgulloso un fusil procedente de los camaradas del lejano oriente. Todo un perfecto ejemplar de varonil revolucionario típico. Como el padre del Presidente, otro barbudo abatido poco después en otro encontronazo con las tropas del general Gutiérrez, luego dictador en nómina de los yanquis. Al final fuimos nosotros, los hijos flacos, sucios y piojosos, los que hicimos realidad sus sueños de toma de poder e instauración de la República Revolucionaria.
El agua seguía cayendo al lavabo, me había quedado paralizado con la mirada fija en el espejo no viéndome a mí sino a los fantasmas del pasado como si fuese un espejo mágico. Ahora era mi madre, guerrillera de armas tomar, muerta pocos años después que mi padre por una extraña enfermedad que contrajo en la selva…la selva… asfixiante, salvaje; el campamento, las hogueras, la llegada de los soldados, el infierno de parte de mi niñez y adolescencia en el reformatorio de la capital, los castigos…Entonces volví a verme reflejado fielmente en el cuadrado del espejo: el rostro ojeroso que me escrutaba me pareció ridículo con la mitad de la cara embadurnada de espuma de afeitar. Pasé la cuchilla apretando más de lo aconsejable hasta que brotó horizontal y abrupta, una raya de sangre que empapó la espuma enrojeciéndola. Procedente del dormitorio vino un suspiro. El chorro del grifo me recordó las excursiones a la “cascada del polaco”. A él le gustaba ir hasta allí para hacerme partícipe de su infancia en aquellos parajes, de cómo se bañaba desnudo con los otros hijos de los guerrilleros, de cómo a pesar de todas las privaciones y miserias recordaba aquella parte de su vida con añoranza. Tampoco fueron pocas las veces en que allí, recostados a la orilla de la cascada, habíamos planeado, por fin, tener hijos. Planes siempre aplazados una vez lejos de aquel paraje edénico que tenía la virtud de volverlo sentimental y cercano. Ahora se marchaba, como otras veces, aunque sabía que ésta no era una de esas otras veces, ¿volvería a verlo? Ya salía del baño. Ya se vestía. Cogía la maleta, se paraba en mitad de la habitación mirando hacia la cama en la que permanezco con la mirada fija en el movimiento de las cortinas delante de la ventana abierta. No dice nada, y se marcha. Me aseguro de llevar el pasaporte en el bolsillo interior de la chaqueta, abro la puerta y me marcho.

II. Las tribulaciones del detective panóptico.

1.
No fue fácil pero algo, quizá mi naturaleza panóptica acudiendo una vez más en mi ayuda, tiró de mí e hizo que emergiera de aquella negritud insondable en la que me hallaba.

Con dificultad entreabrí los ojos apenas. Me sentía como una auténtica mierda: el cuerpo machacado y flojo como el de un zombi, la cabezota como si una barra de hierro candente me la atravesara de sien a sien… y ese calor asfixiante y esa luz que se filtraba por las rendijas de la persiana tan absolutamente insoportables…
La primera idea que logré vislumbrar para remediar tan lamentable estado fue, como sospecharán, echar un trago a la botella del mono loco. Con mucho esfuerzo y torpeza cambié la polaridad de mi cuerpo sobre el sofá, de norte a sur, para abrir la puerta del mueblecito gris, ahora al alcance de la mano, rezando a Baco, a Dionisos y a los innumerables dioses de la iglesia católica porque la borracha de la señora de la limpieza hubiese dejado aunque fuera un culito de dulce aguardiente. Brillaron mis ojos ante la visión de la botella medio llena (no medio vacía)… ah, claro, la dipsómana estaba de vacaciones, ¡Dios bendiga el merecido descanso de la clase trabajadora!… entonces me quedé paralizado cuando a la memoria me vino la imagen del aristocrático curriqui con su mono azul impoluto -¿impoluto?¿de donde habré sacado semejante palabra?-, de pie en el tenebroso zaguán de aquella extraña pesadilla con perrazos, o lo que fueran, persiguiéndome por escaleras que subían y subían y sin embargo parecían bajar cada vez más profundamente, de fiestas con personajes siniestros, de mujeres jóvenes con tersos cuellos…cuellos que yo…que yo…degollaba con auténtica fruición y frenesí… ¡Me cago en la puta, vaya sueño, joder! Agus, ¿y Agus? ¿Estaba vivo el muy cabrito? ¿También había sido un sueño su asesinato? Decidí que ya tendría tiempo de averiguarlo después; lo primero era recuperar el “tono” físico y mental, por lo que me eché al gañote el néctar de anís cerrando los ojos, como cuando estás besando a una chica… glub, glub,…fueron dos besos largos y profundos; ya no pude más; el primero me pilló desprevenido y logró pasar, el segundo, sin embargo, salió disparado impactando el chicletazo contra la lámpara de escritorio encima de la mesa. La violenta sensación fue como si el jodido Kundalini me abrasara literalmente las carnes de mi esófago y de la remendada, por dos veces, bota del estómago. Me doblé hacia adelante dolorido como nunca antes en mi vida sintiendo la sierpe de fuego haciendo estragos en mi barriga. Me cagué de nuevo en la puta, la pobre, y corrí a la pequeña nevera que tenía en el angosto aseo, junto al váter -cuestión de espacio, ¿qué quieren? ¡No querrán que la ponga en el despacho!-, bueno pues fui al baño en busca de hielo que de una manera instintiva sabía que me aliviaría, como así fue. El frío intenso de los cubitos me reconfortó. Cerré los ojos y los paladeé con deleite; recordé la hermosa -¿hermosa?, joder…- ola de frío, al colega que hizo de cicerone para mí por aquellos lúgubres páramos, la maravillosa fiesta…sí… ¡aaah pero no!, no, porque el recuerdo del gozo sentido traía aparejado un resquemor, unos retortijones de conciencia por algo, alguna acción mía supongo (¿los cuellos degollados?), de la que no tenía una idea clara pero que me laceraba la moral…¡ya lo creo! Ahora comprendía que había sido esa “indigestión” lo que me había hecho despertar de la pesadilla, en la cual, confieso, me sentía muy a gusto por otro lado…Un lío.
Vacié todos los hielos de la retícula sobre una cubitera y volví a repantigarme en el sofá. Estaba decidido a indagar sobre el asunto y nada mejor, por como el frío me estimulaba el recuerdo, que zampar hielos como el que zampa pasteles a ver si pescaba alguna imagen cabal.
Cerré los ojos. El cubito se pegaba en mi lengua pero no me molestaba, al contrario.
No sé si serviría de algo aquella escena de diván en orden a esclarecer el asunto que me reconcomía, pero lo cierto era que cada vez me sentía mejor. Así, para mi alivio, los martillazos aporreándome la mollera cesaron, y en su lugar habitó el silencio, que allanó el camino para que las imágenes y los recuerdos acudieran a mi imaginación. Me llevé otro cubito a la boca y entonces, como suelen ocurrir estas cosas, me vi de pronto en el centro de un corro formado por seres… extraños, de esos de pesadilla, deformes y demás… pues allí estaba yo: portaba un cuchillo que alguien me había dado, era grande, enorme, me vi acercarme a una camarera, abordarla y henderla el vientre con el cuchillo que entraba y salía, y arañaba y desgarraba de una manera brutal, aunque metódica, sus carnes tersas… pero un momento después ya no era esa chica sino otra cuya imagen se superponía a la anterior, todo mezclado, y había una gran cantidad de sangre y restos como en un matadero, ¡mas ay, Buen Dios, que eso no era lo peor!, que lo peor era que yo, en el sueño, e incluso ahora mientras lo recordaba, disfrutaba con ello, no de manera tibia o difusa, no no no, sino total y completa, tanto, que para mi horror notaba como el pene se me endurecía presionando contra la bragueta del pantalón. Tuve un impulso de masturbarme inspirándome en tales ensoñaciones; la mano ya iba hacia la cremallera con intención de bajarla. Tuve que hacer un gran esfuerzo de voluntad, poner todo mi espíritu en tensión para evitarlo: a mi alma le parecía obsceno y repugnante que mi cuerpo buscara su placer en esas condiciones. Nada que objetar cuando me cruzaba con una periquita ante la cual el periquito se engallaba palpitante. Pero no así. Tiré la cubitera al suelo y me levanté de un salto alarmado:
-He matado y he gozado con ello. ¡He matado y he gozado con ello!
Dije en voz alta. Maldita sea, he matado, soy un puto asesino, una basura criminal, un vil y despreciable matón, un psicópata tarado…¡y encima se me pone dura!, ¡soy un depravado, joder! Bruscamente fui a la ventana tras el sillón giratorio, y tiré con fuerza hacia abajo del cordón de la persiana. Un chorro de luz mañanero me cegó como ciega el flash de una cámara de fotos, pero me obligué, a pesar de lo enfermo que me estaba sintiendo y de la vuelta del martilleo sobre las sienes, a permanecer en pie ante la ventana abierta y ante el sofocante sol. Pero no pude aguantar por mucho tiempo aquella tortura, por lo que me aparté de ella y me eché sobre el sofá dolorido y debilitado de nuevo. Bueno, ya va siendo hora de hacer esa llamada. Cogí el teléfono del escritorio evitando el cuadro de luz que se había formado en el suelo, en mitad de la estancia. Esto es ridículo, parezco un vampiro. Llamé desde el sofá a la comisaría de policía y pregunté por el inspector García. Tras los saludos de rigor fui derecho al grano:
-Oiga inspector, me temo que estoy pasando un bache últimamente y ando confundido con respecto a un asunto que…
-¿Sí?
-Bueno pues verá, el caso es que no estoy seguro de algunas cosas.
-¿Por ejemplo?
-¿Vino usted a mi despacho con Sánchez hace poco para hacerme algunas preguntas sobre Agus?
-Claro, hombre, antes de ayer, ¿es que no se acuerda? Oiga detective, ¡vaya cogorzas las suyas!
- Sí, me temo que me he pasado un poco. Antes de ayer… Entonces Agus… está muerto.
- Me temo que sí, degollado como le informé.
Así que era cierto.
-Oiga ¿está bien? No es fácil asimilar la muerte de…-empezó comprensivo.
-Sí, no es fácil. Pero recuerdo que me dijo que no fue un caso aislado, sino que lo conectaban con una serie de asesinatos que se venían produciendo coincidiendo con la ola de frío…porque lo de la ola de frío también es cierto ¿verdad?
- Desde luego, por fin pasó,... y sí, es verdad que hubo coincidencia entre ambas olas, la de frío y la de crímenes, de hecho ha sido volver el buen tiempo y cesar los asesinatos, curioso, ¿no le parece?
-Sí, bastante. Entonces, ¿todavía no han encontrado al asesino o asesinos?
-Aún no los hemos encontrado…y puede que no lo hagamos nunca. Ni tenemos pistas ni los testigos apenas aportan nada de interés: solo un hecho parece relevante por constituir una coincidencia: varios, como usted nos dijo que le contó Agus, refieren con miedo a algo parecido a sombras…o cuánto menos a individuos con rostros desfigurados, indefinidos. En definitiva ninguna descripción válida. Lo único que indicaría es que son varios los asesinos. Solo eso.
-Está bien, no le molesto más. Si recuerdo algo más de la conversación con Agus le llamaré.
-Hágalo. Adiós.
Entonces la muerte de Agus y la ola de frío no había sido un sueño. Eso había ocurrido. ¿Y lo del encapuchado con el perro, el edificio, la persecución por las escaleras, la fiesta…? ¿Eso también era cierto? Si lo era eso quería decir que las posibilidades de que yo, detective panóptico, cumplidor de las leyes, aunque no siempre de las buenas costumbres, fuera un jodido asesino psicópata aumentaban fatalmente.
Necesitaba saberlo.
Puedo ser culpable de haber soñado que disfrutaba matando pero eso no quiere decir que lo haya hecho de verdad.
Este pensamiento me alivió. Sin embargo no las tenía todas conmigo, un temor permanecía en el trasfondo. Había tenido pesadillas anteriormente y nunca me habían afectado como ésta. Además, ¿cómo es que no recuerdo nada a partir del momento en que entré en aquella casa, si es que lo hice? ¿Cómo volví a mi despacho? Quizá sencillamente es que no llegué a salir. Recordaba con claridad, eso sí, que tras la marcha de los polizontes me tomé pensativo un anisete junto a la ventana…quizá no había sido uno sino varios y que cayera dormido en el sofá posteriormente…pero claro, dos días enteros dormido por unos cuantos anisetes parecía excesivo. Algo no cuadraba. Y luego ese terrible malestar, exagerado para una resaca (y sabía de lo que hablaba), y la inusitada medicina de los hielos. Muy extraño. No, algo no cuadraba. Y encima estaba ese sentimiento de contrición que no paraba de roerme. Debía averiguar lo que había pasado. Tenía que saber si era cierto. Tenía que saberlo.
Me adecenté un poco el arrugado atuendo y salí a la calle no sin antes coger un cubito de hielo y llevármelo en la boca para soportar mejor lo que sabía iba a ser cualquier cosa menos un paseo agradable.

2.
Por el abandono del portero de su renqueante butaca inferí que debía ser mediodía. Se habría marchado a almorzar. Podría haberle preguntado si me vio salir aquella mañana. De hecho recordaba haberle dejado el encargo habitual de cuando me ausentaba, Podría usted…etc. ¡Ba!, seguramente ni se acordaba.
Me detuve bajo el marco del portal mirando la calle sin decidirme a salir como el que ve pasar la corriente de un río sin atreverse a cruzarlo. Mi río era aquella calle inundada de blancura ardiente. Respiré hondo y saqué mi cuerpo fuera del sombrío y seguro zaguán del edificio. Tomé el camino de la izquierda y anduve furtivo pegado a la pared intentando no salirme de la estrecha franja de sombra que procuraba la cornisa del edificio. Sin embargo no fue fácil esquivar los cuerpos que venían de frente, ellos también pretendían transitar por el caminito de sombra, pero yo me obstinaba, al fin y al cabo me sentía enfermo y los enfermos siempre tenemos preferencia. Lo malo era que no todo el mundo lo comprendía y había especialmente tres grupos de personas que se creían en el derecho de pasar siempre bajo palio: los ancianos, los niños pequeños y las mujeres. Pero yo me obstinaba. “Poca vergüenza”, “ya no hay educación ni respeto”, “habrase visto, que casi me tira la niña al suelo el chalao perdío éste…”, escuchaba a mi alrededor con frecuencia. Lo dramático también era que no pocas veces respondía indecorosamente, refocilándome en ello, mientras masticaba mi hielo. Algunos debían notar algo inquietante en mi rostro en ese momento pues callaban de inmediato y seguían su camino sin volver la vista atrás…aunque la mayoría de las veces lograba contenerme farfullando excusas patéticas. En aquel estado en que me hallaba la educación y el civismo me parecían, en efecto, patéticos y signos de debilidad (de hecho me la producía física y mentalmente), mientras que contestaciones groseras y amenazantes tenían el efecto de un tónico sobre mi persona a todos los niveles.
El caso era que no sabía muy bien hacia donde dirigirme. Recordaba vagamente el portal amplio con su olor a desinfectante y su marmóreo y alto portero escrutándome con la mirada, la fachada clásica del edificio con los titanes fingiendo que soportaban todo el peso sobre sus espaldas, y poco más. Lo que estaba claro es que muy lejos del despacho no debía estar pues no pasó mucho tiempo antes de toparme con el niñato de la capucha y el perro ensogado.
En la esquina torcí a la izquierda, siempre a la izquierda, ¿Cuántas esquinas mi cuerpo, compulsivamente levógiro, había enfilado ya? Ofuscado caminaba echado hacia adelante, cargado de hombros, pensando que debía parecer un jodido drogata hasta que llegué de nuevo a la sobria entrada del edificio en donde se alojaba mi cubil. Allí, en la jamba derecha, se podía leer mi placa deslucida: Primera Planta, Detective Panóptico. Todo tipo de trabajos de investigación. Advertencia: no pase sin llamar. Cuatro. Habían sido cuatro esquinas las enfiladas. Me cago en la pu…en la leche… había dado una vuelta completa a la manzana. Lo que se dice un giro de 360 grados. Joder, piensa, ¿qué camino tomaste cuando saliste, izquierda o derecha? No lograba acordarme. Reflexioné unos instantes. Esta vez me decanté por la derecha teniendo en cuenta, eso sí, que una vez llegara a la esquina debía hacer el esfuerzo de salirme de la estrecha franja de sombra, bajar a la carretera ardiente, cruzarla con rapidez y refugiarme bajo la cornisa del siguiente edificio si no quería terminar girando en círculo como un idiota. Así lo hice, penosamente, con los huesos doloridos y los nervios todos neurálgicos o neurasténicos o yo qué sé, pero lo hice. Seguí reptando por la pared hasta que vi, siempre con la mirada clavada en el suelo, que la sombra proyectada sobre el pavimento se ensanchaba de repente durante un buen trecho. Levanté la mirada y si esto fuera una peli de miedo entonces sería el momento de la irrupción de un acorde discordante y repentino, de esos que producen repullos en los espectadores: ¡¡ta tam!! Allí estaba el careto de uno de los forzudos titanes mirándome con ojos vacíos, inexpresivos a pesar de soportar tanto peso. Observé el portal, la otra estatua a la izquierda; conté los pisos, tres (en apariencia); miré las escaleras del vestíbulo que subían abruptas hasta un pasillo que más allá de medio metro quedaba tragado por la oscuridad. Tuve un escalofrío. Introduje la cabeza y miré a la izquierda, allí estaba la garita acristalada, vacía. ¿Y ahora qué? ¿Subo o no subo? ¿Quieres saber si todo fue un sueño o no? En realidad la pregunta era: ¿estás preparado para la verdad? ¿y si eres un puto asesino psicopático? Estaba demasiado cansado incluso para responder. No creía que pudiera subir ni siquiera las escaleras del vestíbulo. Necesitaba beber algo fresco. Al otro lado de la calle el rótulo de un bar captó enseguida mi atención: Lumpen Blues Bar. Me sonaba, ¿dónde lo había escuchado antes? Daba igual, lo que importaba era que había un bar y estaba abierto.

3.
Gracias al cielo, o al infierno, el garito disponía de aire acondicionado. La frescura recorriendo mi cuerpo fue como un bálsamo que distendiera todos mis nervios y tendones. Puede que pasaran dos minutos antes de que me decidiera a desclavarme del zaguán, con los ojos cerrados aspirando el aire fresco, de máquina, para dirigirme a la barra.
-Buenas tardes- dije apoyando los codos y sentándome en un taburete alto y giratorio-. Me gustaría tomar un vaso largo lleno de un buen montón de cubitos de hielo hasta arriba y con un culito de wisqui nada más, ¿me comprende?
-Je…así que un tubo lleno de hielos con una gota de wisqui.
-Exacto, breve y conciso.
-Jeje, eso está hecho, ahora, que conste que se lo cobraré como un pelotazo normal.
-Cóbrese lo que le salga de los cojones, ¡coño!... - Haciendo un esfuerzo de autocontrol me obligué a excusarme por tan violenta reacción.- Perdone, pero este calor me…
-Está bien no se preocupe, esto de pasar del frío al calor tan repentinamente no debe ser sano…y encima con todas las sirenas sonando, jeje, es de locos.
Era cierto. Desde que salí de mi despacho había estado escuchando las sirenas de policía todo el tiempo, aunque apenas le presté atención.
-Y eso ¿a qué es debido?
El camarero, bajito, calvo por arriba y cincuentón, me trajo el wisqui “on the rocks”.
-Que le aproveche, jeje… pues verá, hoy se inaugura el museo del pintor ese tan famoso, ahí, a la espalda del edificio de enfrente –señaló al “edificio”- y supongo que irá el alcalde, el de la junta, y no sé quién más…¿le gusta eh? jeje…- dijo señalando mi vaso con la cabeza. Y es que yo sin poderme resistir había cogido dos hielos del tubo y los estaba haciendo bailar en la boca con gran gusto por mi parte.
-Sí. Le parecerá extraño pero le aseguro que para mis dolencias… ¡mano de santo! Por cierto, y el edificio de enfrente ¿supongo que lleva ahí toda la vida, eh?
-Por lo menos desde que yo tengo memoria.
-Es curioso, yo trabajo apenas una manzana abajo y no lo recordaba…ni este bar.
-Bueno, el bar lleva poco tiempo abierto, antes era un cine porno, pero se incendió…jeje…
-Sí, me acuerdo.
-Pero el edificio de enfrente…sí, lleva ahí muchos años, no hay más que verlo.
Entonces intervino desde el otro lado de la barra un auténtico curriqui con su pantalón de faena grasiento y con aspecto de estar completamente mamado:
-Pertenecería a algún ricachón de esos de la burguesía del diesinueve -dijo con suficiencia aunque con dicción insegura y gangosa-. Puede que al mismísimo marqués de Larios, eh San Pablo, ¿tú que dices?
“San Pablo” era otro grasiento curriqui sentado a su vera y tan mamado
como él.
-Lo que tú digas San Pedro.
-Claro que sí, Manolo ponme otro pelotazo que invita San Pablo aquí presente…y al amigo si quiere otro lingotazo de hielo se lo pones…jejeje, ¡qué cosas! ¡hielo!, jojojo…
Sentí un gran desprecio por aquel ser estúpido. En circunstancias normales me habría reído con él tomándolo incluso por simpático. En aquellos momentos, sin embargo, tuve la ocurrencia de destriparlo. Me introduje otro hielo en la boca mientras me entregaba a mis sádicas ensoñaciones, apenas contenidas por mi anverso “bueno”. Eso me recordó de nuevo el trance en el que se encontraba mi alma, y la “misión” que me encomendé al salir de mi despacho.
-Tengo que entrar a ese edificio -pensé en voz alta. –Tengo que comprobar…
-¿Qué quiere? ¿ver al rey desde un balcón, jejeje, y tirarle flores? –intervino de nuevo “San Pedro” -, disen que también irá a la inauguración.
-¿El rey?
-Sí, Su…Majestad –dijo irónico al tiempo que intentaba una torpe reverencia.
Majestad, Su Majestad…
La palabra tuvo un inmediato efecto sobre mí. En mi lucha interna resultó ser como una palabra inspirada y cargada de significado, con connotaciones de mantra divino, una puerta simbólica que me conectaba directamente con aquello que convenía a mi alma, una idea pura y de perfección. Sentí un arrebato platónico. Majestad. Aquello me dio fuerzas para emprender por fin la tarea autoimpuesta.
Saldé mi deuda con el camarero Manolo y me despedí de los menestrales “San Pedro” y “San Pablo” .

4.
Entré al edificio con decisión. La garita seguía vacía. Subí los escalones del zaguán y avancé por el oscuro pasillo, menos oscuro de lo que parecía visto desde la calle. Las escaleras que subían a los pisos arrancaban, como ya sabía, del lado derecho. Las tomé y subí al piso primero. Todo era tal como lo recordaba. Era evidente que ya había estado allí antes. Seguí hasta el segundo piso y entonces reconocí las filigranas geométricas y florales de las puertas cerradas. Éste fue el piso, estaba casi seguro. Sin embargo, en mis recuerdos no paraba de subir y subir. Saqué la cabeza por el hueco de las escaleras y miré hacia arriba. Me tranquilizó ver el techo cerca. Aún así proseguí hasta la tercera planta. Las puertas eran distintas y la ascensión, ya no cabía duda, terminaba allí. No, de ser, sería el segundo. Bajé de nuevo y me situé frente a la puerta en la que creía que había acontecido la fiesta. Respiré y llamé con los nudillos, no había timbre. Nadie contestó. Yo seguía chupando un hielo, un hielo frío, helado como los pasadizos que recorrí aquella noche maravillosa, aquella noche de gozos sin fin, de orgía, de poder y sangre, sí…entonces llamé de nuevo con más decisión. Nadie acudía y el deseo se me desbocó, quería entrar, tenía que entrar, estaba vendido, ¿qué importaba ya todo? Ya era uno de ellos: HABÍA MATADO Y GOZADO…
-¡Eh, colega, amigo, compañero, ábreme, soy yo, estuve aquí el otro día, ábreme…!
Y la puerta se abrió.

-Deja de hacer ruido estúpido y entra –le dije a alguien con aspecto de estar ido al tiempo que tiraba de él hacia el interior y cerraba la puerta.- ¿Quién eres tú, Aitor, Pachi, Zumaza no sé qué? Mierda de nombres, qué queréis ahora, ya lo tenía en el punto de mira, ¡cretino!
-Yo…venía porque…quería saber…- el tipo observó la estancia, pasmado, se fijó especialmente en el rifle montado junto a la ventana. Se acercó a ella y miró al rey saludar al populacho. En ese momento supe con terror que aquel tarado hijoputa no tenía nada que ver con aquello. Entonces saqué mi pistola y le apunté.
-No te muevas cabrón, no te muevas o te dejo frito, ¿me entiendes?
-Tú…¿ibas a matar a Su Majestad? ¿A Su Majestad? Oh no, mi rey, mi Dios…no, no –el loco parecía haber entrado en trance. Escupiendo al suelo algo parecido a un hielo semiderretido se me acercaba repitiendo que no podía tolerar que mataran a Dios, a Su Majestad…
-No te muevas o te mato, ¡cállate! Malditos españoles tarados, no te acerques más…-sin embargo no podía disparar, la detonación atraería a toda la policía hasta aquí. Cuando lo tuve cerca intenté hacerle una llave para romperle el cuello pero fallé y nos enzarzamos en una pelea cuerpo a cuerpo.
-¡No puedes matar a su Majestad Luminosa, no permitiré que acabes con el Supremo Bien…¡Asesino, jodido psicópata hijo de puta!- Le cogí del cuello y empecé a apretar, entonces me volvió el gusto por matar. Sí, muere psicópata, jajaja…
En ese momento se produjo un gran estruendo. Volví la cabeza hacia la puerta, brutalmente desencajada de su marco, y vi a García, pistola en mano, entrar como un jabato seguido de un puñado de sus hombres, incluido el gordo Sánchez. Recibí un empujón. Caí hacia mi costado derecho y me golpeé con algo duro en la cabeza que me hizo perder el conocimiento.

5.
Me desperté en la cama de un hospital. Una enfermera cincuentona y gorda salió disparada nada más verme abrir los ojos. Al momento entró el inspector García y su inseparable Sánchez.
Me sentía confuso y desorientado. Poco a poco fui tomando conciencia de mi situación y de las circunstancias que habían desembocado en ella. El inspector García, al pie de la cama, tuvo la delicadeza de darme un par de minutos antes de preguntar:
-¿Qué? ¿Cómo estás héroe?
-Hecho una mierda…¿fuiste tú el que me rompió la crisma?- le pregunté a Sánchez.
-No amiguito, yo te hubiese roto el alma.
-Esa me temo que ya la tengo hecha cisco.
-Te golpeaste contra un mueble…¿una mesa, no? –preguntó el inspector mirando a Sánchez que asintió con la cabeza. -Bueno detective, muy loable lo que ha hecho, pero hay algunas cuestiones…
-Un momento, hay una cosa que quisiera saber, ¿cómo sabía donde estaba, eh? ¿De donde salió el séptimo de caballería?
-Tuve una corazonada después de recibir su llamada…me pareció extraña, y le hice seguir. Cuando me informaron de que entraba en un edificio -después de deambular por ahí como un lunático amenazando a niños y a ancianos- cercano al museo que el rey acababa de inaugurar, tuve un presentimiento muy feo. Pensé que usted se había vuelto loco…pero no, en vez de intentar algo contra él le salvó de un atentado, del cual le confieso que no teníamos la menor idea…todo eso está muy bien y puede que le haga famoso pero…¿qué hacía usted allí? ¿cómo sabía lo que iba a ocurrir?
-No lo sabía, sencillamente tuve un sueño…
-¡Ah, venga ya! ¿Un sueño?, ¡por favor!- dijo Sánchez incrédulo.
-¿Quiere decir que tuvo un sueño premonitorio, es eso lo que quiere decir?- preguntó García.
-No exactamente premonitorio, lo único que le puedo decir es que fue un sueño lo que me llevó hasta aquella casa… y ahora déjenme descansar de una vez, ¿no ven que estoy enfermo?
-Está bien, pero le advierto que será investigado por las más altas instancias policiales.
-Investiguen, investiguen, y si hallan algo interesante sobre mí háganmelo saber, por favor.
-Descuide… vamos, dejémosle.
Camino de la puerta se despidió:
- Hasta pronto y felicidades de nuevo por la hazaña, detective.
-Sí, no está mal para un republicano ¿eh? jejeje…
-Cuidado con lo que dice, podría ser usado en su contra.
-Ah, váyase al diablo… por cierto, es mi amigo, si quiere se lo presento.
- Mejor descanse.
-Sí, mejor.
Al abrir la puerta de la habitación para marcharse vi a un poli uniformado haciendo guardia…la de interrogatorios que me espera cuando salga de aquí, ¡diablos!
¡Ba!, intentaría dormir…

Un sueño. Había sido un sueño. Dejémoslo en eso, era lo más razonable. Sin embargo estaba tocado. Su ala me había rozado ennegreciendo una esquina de mi corazón, puede que para siempre. Tendría que convivir con ello, porque fuera sueño o no había matado y había gozado, y esa experiencia era lo único que importaba en mi condición de detective panóptico.

lunes 14 de mayo de 2007

El Detective Panóptico. Criosis (relato multimedia en tres posts)

Fue durante la ola de frío que abatía la ciudad cuando su cuerpo apareció flotando en el río que dividía el casco viejo en dos zigzagueantes mitades.
El primero en verlo fue un juerguista aturdido aún por el estruendo de la discoteca zumbándole en los oídos y con el resabio amargo del último gin tónic pegado al paladar. Aseguró que el cadáver era arrastrado suavemente por la corriente, bocarriba, adaptándose su cuerpo a las ondulaciones del agua camino del mar.
El siguiente testigo, una mujer que iniciaba su ronda cotidiana de limpieza de portales, tuvo que interrumpir el chacoloteo de sus pasos sobre el piso de metal del puente (que llaman de los alemanes) cuando un extraño “bulto” llamó su atención. Se deslizaba sobre las aguas con la cara hundida en las profundidades, que en ese río no eran tantas, y los brazos extendidos como un crucificado sumiso al devenir de la corriente. Afirmaría más tarde a los agentes que le recordó a cuando su Antonio, en la playa (“angelito mío, no está bien ¿saben?”), se pasaba horas con la cabeza hundida bajo el agua, con sus gafas de buzo y su tubo de respiración, ensimismado contemplándose los pies sobre el lecho marino.
Pero para ambos testigos de su cuerpo sin vida Agus era fundamentalmente la cara de un muerto. Un muerto desvalido. Les resultaría imposible atribuirle a las facciones armoniosas y masculinas de Agus una risa fuerte y saludable, y unos ojos brillantes e inteligentes. Para ellos sería indeleblemente un muerto; un cuerpo sin pasado vital.
Pero no para mí.
Volví a escuchar su turbia risa de fumador de Ducados cuando hacia las once de la mañana el inspector García y su inseperable Sánchez (que no daban abasto con la ola de crímenes y desapariciones de mujeres jóvenes de los últimos días), me informaron del hallazgo de su cuerpo dando tumbos contra las rocas del espigón en la bocana del puerto.
Agus antes de detective privado lo había sido público, es decir, inspector de la policía de la ciudad de Málaga, y yo sabía que él y García seguían siendo amigos, o lo habían sido hasta hoy mismo.
Fue el inspector quien, con voz sorda, empezó el interrogatorio rutinario. Afuera, el ruido bronco de la lluvia y el viento barría las calles.
-Hemos comprobado el registro de llamadas del teléfono de Agus y hay una saliente a este despacho de hace cuatro días –dijo sentado delante de mí con aspecto cansado y ojeroso.
-Justo después de que se nos echara encima esta maldita ola de frío –remachó con fastidio el gordo Sánchez, sentado a su lado, con voz gangosa y una gota de moco transparente descolgándosele por la nariz.
Arrugó los carnosos pliegues de la cara cuando no pude evitar sonreir malévolo ante su dicción de pato de dibujos animados y su aire ofuscado y gotoso. El gordo Sánchez, por la vesania de su mirada, hubiera deseado tenerme en un oscuro calabozo, sin leyes de por medio, para hacerme borrar mi estúpida sonrisa. O puede que solo quisiera retorcerme el cuello como hacía, según solía contar, a los pollos de su pueblo en los días de fiesta. Era un hecho que no le caía bien.
Encendí la pequeña e íntima luz de escritorio que tenía sobre la mesa en parte porque a pesar de ser las once de la mañana la ciudad estaba sumida en una penumbra gris y sucia, y en parte para hacer un gesto de distracción que disminuyera la intensidad de la mirada del subinspector.
-Sí, me llamó. Quería verme para hablar conmigo. -Hice una pausa de las que llaman dramática. García, conociéndome, esperó paciente el resto del relato. Sánchez se impacientó ante quién consideraba un insufrible cretino.
-Cuándo se vieron y de qué hablaron, si es que lo hicieron. –Ladró.
Le sonreí afectuoso.
-Vino ayer. Nos encontramos aquí y se sentó justo donde está usted, subinspector. Dijo que creía que le seguían; que cuando me llamó tres días antes era solo una vaga sospecha pero que desde entonces hasta ayer ya no tenía dudas.
-¿Le dijo quién era? –dijo García.
-No, solo contó que le parecía que eran varios, que nunca llegó a verles las caras…que eran como sombras. En fin, un poco raro.
- ¿Estaba preocupado?
-No, bueno ya sabe como era Agus, inspector, hubiera reído mientras le extirpaban el bazo. Sin embargo, creí notar un fondo de miedo tras su aparente despreocupación. Estaba convencido de que era acechado por alguien.
-¿Le contó en qué estaba trabajando últimamente y si pudiera tener relación con los seguimientos?
-No.
-¿Entonces para qué vino a verle, solo para hablar? –preguntó con desabrimiento Sánchez.
-Oiga inspector, debería haberle puesto un bozal al chucho esta mañana. Está que muerde.
Sánchez alargó los brazos por encima de la mesa para acariciarme el cuello. García se las bajó con su mano izquierda. Yo ya me había levantado de mi viejo sillón giratorio. No me hubiese importado pasar un día de picnic en los cómodos calabozos de la comisaría.
-Eh, ya vale. Conteste detective, ¿qué quería Agus de usted?
-Quería que yo espiara a los que le seguían. Averiguar quiénes eran y dónde vivían o para quién trabajaban. Acepté y quedamos en que hoy a mediodía, cuando él saliese, actuaría de sombra de sus sombras.
-¿Dónde pensaba ir hoy Agus a mediodía?
-Al dentista.
El inspector García suspiró al tiempo que se levantaba de la silla. De pronto pareció impaciente por marcharse. Sánchez seguía enfurruñado con el puño cerrado sobre un klinex que maquinalmente se había estado llevando a la nariz enrojecida.
García habló.
- Debería poner calefacción. Esto parece una nevera, ¡Mierda de frío!
Como si estuviera ensayado Sánchez estornudó ruidosamente:
-¡Joder!
-Estoy sin blanca.
-¿Pero cómo es eso? Dicen que no hace mucho trabajó para unos isleños del caribe y que le pagaron bien. Parece que fue un caso sonado.
-Pues ya ve, es mi sino. Pero le puedo ofrecer una copita de anisete si quiere. Para la siberia que padecemos estos días no hay nada mejor para confortar el espíritu.
-Dirá el cuerpo.
-Ambas cosas; desgraciadamente están conectados.
García entorna los ojos.
- Agus siempre decía de usted que estaba un poco loco.
-Él también lo estaba, y no un poco. Por cierto ¿de qué murió?
-Desangrado. Recibió un brutal corte en el cuello que le segó la arteria.
-¿Cree que tiene relación con los crímenes de estos días?
-Todo indica que así es.
-Mal asunto. -Levanté la copa-. Salud.
-Salud.
Sánchez estornudó.

2.
Una vez se hubieron marchado decidí ahogar en el fuego aguardentoso del anís los millones de bichitos infecciosos que había dejado en mi despacho el gordo Sánchez y que yo, en esos momentos, estaba incorporando a mi organismo. Así pues me escancié otra copita que fui tomando a sorbos quedos mientras pensaba en el infausto Agus. ¿Qué estaba pasando en la ciudad con todas esas chicas desaparecidas y esos crímenes? El aire helado contestó desquiciado por cada rendija de la descolorida ventana. La calle estaba del color de la ceniza y los caminantes iban encorvados en sus abrigos, la cabeza gacha, ofreciendo los cuellos a algún degollador, divino o humano. Entonces mi imaginación se tiñó de rojo. Fantaseé con la imagen de Agus y su gañote abierto, desangrándose; en la mirada, el terror; sus manos, impotentes para atrapar del cuello la vida que se escapa a chorros. “Me cago en la leche, quién demonios…”
Acabada la copa obedecí al impulso de salir a la calle. Puede que necesitara caminar un rato para digerir la violenta muerte de alguien a quién habías visto apenas el día anterior pero que no volverás a ver jamás.
El viejo portero, melancólico y lívido en su butaca, escuchaba la radio enrollado en una frazada de grandes cuadros rojos y azules.
-Voy a salir. ¿Si viene alguien preguntando podría indicarle que no volveré hasta después de comer?
-brrrrgrrr…
Lo tomé como un sí.
En la calle había parado de lloviznar pero por contra el viento se hizo más frío y cortante. Los coches aparecían con una nube blanca permanente pegada a los tubos de escape, excrecencias producidas por el combustible que quemaban incesantes los motores rugientes que ensordecían el ambiente. Pero aquel ruido, mezclado con las bocinas impacientes de los vehículos, me pareció estimulante en medio de aquel frío glacial que todo lo suspendía. Me zambullí en la riada humana que discurría rápida y me dejé llevar por ella con ánimo decaído y pensativo.
Meditaba acerca de la fragilidad humana y todo eso cuando un empellón me sacudió con violencia. Era un muchacho, creo, pues vestía unas enormes gafas oscuras y una sudadera con capucha que le ocultaba la cabeza. Había hecho chocar su hombro (estaba seguro de la intencionalidad del acto) con el mío. Se volvió y dirigió su cabeza de mosca hacia mí al tiempo que sonreía con dientes de rata. Entonces me percaté del perro grande que llevaba a su lado atado extrañamente con una gruesa soga de ahorcado. Por sus ladridos furiosos inferí que no le caí bien... como al gordo Sánchez. Unos metros atrás, y por encima de su negro hocico vociferante bordeado de dientes espumosos, algo captó mi atención. Fue solo un momento, pero creí ver a alguien que se ocultaba tras la jamba adornada de un portal de una casa antigua. No sabría decir si era hombre o mujer, o si llevaba gafas o no las llevaba… en realidad no sabría decir nada porque nada vi. Solo una silueta oscura de contorno humano moviéndose rápida como una ráfaga . Una especie de… sombra…
El del perro se volvió y se encaminó al mismo edificio con el animal ensogado junto a su muslo derecho.
Fiel a mi estilo no lo pensé dos veces y fui tras la espalda de monje siniestro que ya era engullida por el marco de la portada de la casa. Lo último que vi antes de que desapareciera en el interior fueron las ancas del animal y su rabo largo y peludo balanceándose con gracejo.
La casa era uno de esos antiguos palacetes tan queridos a la burguesía industrial del XIX, de tres plantas, enorme portada enmarcada en dintel y jambas con esculturas adosadas de titanes soportando el peso de todo el edificio sobre sus espaldas, o eso pretendía el artista que pensáramos.
Nada más entrar, a la izquierda, al pie de las escaleras del zaguán apestosas a humedad y desinfectante, se hallaba una garita acristalada en la que una figura hierática de pie en toda su delgadez de calvo espigado, montaba guardia. El sonido reverberado de unos pasos gruesos y otros más quedos y afilados hizo que empezara a subir las escaleras sin esperar permiso del tipo de la garita cuya mirada sin embargo sentí fría como la pez sobre la nuca. Las escaleras que subían a los pisos, después de un corto vestíbulo, arrancaban del lado derecho y ascendían flanqueadas a la izquierda por una balaustrada alta de madera carcomida y herrajes de motivos arabescos. Empecé la ascensión con brío, subiendo de dos en dos los escalones. En el segundo piso cambié de piñón y continué la marcha a la manera convencional, de uno en uno. Pasado un rato me detuve agarrado a la baranda, asfixiado y sorprendido de que todavía no hubiese alcanzado el último piso. Recordé los tres balcones que viera desde la acera y sin embargo me parecía que ya llevaba más de seis pisos subidos. El aire me pareció más espeso, y el frío más intenso. Arriba, el sonido del encapuchado y su perro seguía llenando el espacio en penumbra. Cada vez más en penumbra, lo cual no dejaba de ser extraño. Hasta ese día siempre había asociado altura con luz. “¿Pero qué coño está pasando aquí?” Hume (no sé porqué me vino a la conciencia) no lo hubiese expresado así, pero al fin y al cabo yo era detective (aunque panóptico), no filósofo. En vista de mi mermada forma física decidí recurrir a mis artes de persuasión para convencer al chico:
-¡Eh, tú, niñato! Para ya joder. Baja aquí que quiero hablar contigo. No tengas miedo. Venga hombre, que te doy diez euritos para que te compres algo de costo.
Se hizo el silencio.
-Baja coño, solo quiero hablar contigo.- La voz sonó sorda. Una voz que moría apenas exhalada. ¿Y el eco de antes?
En realidad no tenía idea cabal de qué decirle una vez lo tuviera delante. ¿Le espetaría a quemarropa “has matado a Agus, gusano”? Quizá lo hiciera si la inspiracion del momento me lo dictara. Pero a tenor del silencio absoluto, espeso como manteca negra, parecía que no iba a tener la oportunidad de hablar con la mosca encapuchada.
-¡Eh, muchacho, ¿sigues ahí?!- por un instante un nubecilla de aliento cálido flotó en el aire.
-¿Hola!?
Entonces el chillido agudo de las uñas arañando el mármol se hizo frenético de pronto. Un miedo fulgurante me empaló las tripas. Sin embargo no fue la cagaditis, tampoco el bullicio de garras metálicas aproximándose amenazadoras, sino la constatación auditiva de que el perrazo venía de “abajo” y no de arriba lo que me mantenía paralizado. La incertidumbre se tornó angustiosa porque ¿y si era una ilusión acústica? ¿Acaso la lógica (que sería mi perdición, siempre lo supe) no obligaba inexorablemente a pensar que el sonido DEBÍA proceder de arriba y no de abajo? ¿Y si fatalmente aconsejado por mis sentidos en vez de alejarme del animal lo que hago es echarme en sus cortantes brazos? ¿Y si…? ¡Mierda, mierda de ‘ysis’, me va a despedazar, a triturar, a devorar…! A la mierda la lógica.
Una vez la lógica en el fango, subí y subí con premura, pero no lograba alejar a las cuchillas chirriantes que se cernían sobre mí. El ritmo era bueno pero insuficiente. Las piernas me iban a estallar, los pulmones los sentía doloridos. Mantenía la boca abierta intentando tragar el máximo de aire posible, pero o este era escaso o mi respiración desacompasada, o las dos cosas a la vez. Llegó un momento en que la oscuridad era total; el frío, crudo y ofensivo; el aire, espeso. Me detuve al borde del colapso agarrado a la baranda. Intenté discernir ruidos más allá de mis estertores adoptando como pude una postura de defensa, que presumí grotesca en la oscuridad, preparándome para el encontronazo inevitable, pero nada oí. Entonces me senté inclinándome sobre el hombro derecho esperando encontrar el apoyo de la pared, aunque de nada ya estuviera seguro.

3.
Estaba mareado y con ganas de vomitar los churros de aquella mañana y el chorizo frito de la noche anterior. Creía que tenía los ojos abiertos pero la oscuridad era tal que muy bien pudieran estar cerrados. Levanté la mano y me toqué la punta de la nariz (no la sentí de puro helada), después la separé un poco y la situé a la altura de donde me figuré que debían estar los ojos. No la veía. Me toqué los párpados y comprobé que estaban abiertos. Quizás me había quedado ciego. No me hubiese extrañado si así fuese.
Lo siguiente que me llamó la atención, una vez que la sangre dejó de aporrear el badajo del tímpano, fue el silencio. Era un silencio opresivo, acorazado, como si estuviera bajo tierra. Estaba aturdido y en una confusión completa, ¿y el perro, o lo que fuera que me seguía? Estuviera donde estuviese no lo echaba en falta, pero el alivio no servía para dar una explicación racional a todo lo que estaba ocurriendo: el ancapuchado, la sombra, la huida hacia arriba, la persecucuón del perro subiendo hacia mí y no bajando (quizá no fuese el mismo animal), el frío…. Entonces la oscuridad se desgarró justo delante como una tela cortada por un cuchillo de luz muy preciso.
-Pero ¿qué hace ahí? Se va a helar, querido –dijo una sombra al trasluz -. Pase, pase, ya verá qué bien se está dentro. Es usted afortunado.
La luz salía tenue pero suficiente para distinguir el descansillo en donde estaba sentado (más pequeño y estrecho que los de los primeros pisos) y las puertas, tres más, labradas con intrincados motivos florales y geométricos, que a él daban. El tipo dio un paso adelante y pude observar su complexión fuerte, su altura considerable, sus pómulos prominentes y sonrosadas mejillas, además de su pelo rojo caído por los hombros. No obstante su porte distinguido vestía un mono de trabajo azul impoluto que desentonaba ostentosamente.
-¿Quién coño es usted?
-Un colega, ¿no lo llaman así ahora? ¿quiere usted ser mi colega? –preguntó el aristocrático curriqui.
-No, lo siento, creo que no es usted de mi gremio. Lo que quiero es salir de aquí.- Dije un tanto desconsideradmente.
- Yo no hablaría muy alto. Están a punto de despertarse los vecinos después de un largo estío –señaló con la cabeza las puertas cerradas-, que en esta ciudad son eternos, y, créame, no le conviene encontrarse con ellos…tienen muy mal despertar. En realidad todos lo tenemos, pero algunos llevamos ya levantados unos días, y eso atempera. Por ello es usted afortunado…o no, depende de sus decisiones. Bien, si no acepta mi invitación tendré que cerrar.
El currante pelirrojo me pareció un extravagante, pero prefería estar con un tarado antes que en aquella fría oscuridad con un perrazo, o dos, por ahí subiendo y bajando escaleras ávido de carne panóptica. La insinuación al mal despertar de los vecinos también resultó determinante.
Me incorporé con dificultad, aún mareado por el desafuero del tute dado a mi cuerpo sin precalentamiento adecuado, y pasé delante del sonriente y alto pelirrojo al interior del piso.

4.
El ambiente era cálido aunque no sofocante, por lo que no vi necesario desprenderme del abrigo. Además prefería no ponerme demasiado cómodo por si tenía que salir huyendo de allí. Un pasillo largo y estrecho alumbrado por una débil luz cenital, paredes forradas de tapices en color rojo oscuro con cuadros y espejos a todo lo largo de la mismas, y muebles antiguos pero suntuosos fue lo que fui registrando hasta el final del vestíbulo en donde el piso se abría, después de empujar una puerta, a un salón de grandes proporciones lleno de gente y ruido. Sin duda estaban celebrando una fiesta.
-Bienvenido al Lumpen Blues Bar –dijo ceremonioso mi anfitrión- . Así lo hemos llamado en esta ocasión. Siempre que despertamos, y después de algunas travesuras para sentirnos de nuevo vivos, damos una fiesta. Cada vez son mejores. ¡Ah, amigo! Los tiempos nos son más propicios con cada despertar. Hoy día la gente quiere divertirse, despreocuparse y vivir para el placer más que nunca antes. Pero aún les quedan muchas barreras por saltar. ¡Si experimentaran el placer puro sin ningún prejuicio que lo estorbe!
La estancia era rectangular pero, a pesar de sus aparentes dimensiones definidas (de aproximadamente ocho por quince a veinte metros), daba la impresión de contener más mobiliario y personas de las que podrían caber, de un contenido desbordante para el continente, como si el espacio que acotaban las paredes fuese un espejismo en un desierto sombrío y profundo.
En efecto había personas, muchas personas, entre las que destacaban mujeres jóvenes desnudas o semidesnudas, hombres altos y siniestros que las cernían (algunos con monos azules) y algo que tenía que haberme producido mayor impacto del que me produjo: cuerpos descabezados sentados en sillones con todo el entramado de huesos, nervios y tejidos rebosando del cuello como cables de robots averiados. También había animales, desde aves revoloteando de lámpara en lámpara de luces débiles como fuegos fatuos, hasta perros grandes echados sobre el suelo observando indolentes, aunque atentos; mobiliario de diferentes épocas y diferentes países, y un escenario junto a la fantasmal pared de la derecha en donde alguien con capucha, quién sabe si el mismo que vi en la calle, se disponía a cantar acompañándose de una guitarra. Estaba sentado en un sillón negro, y la luz ocre que le venía de su izquierda daba contra los pliegues de la capucha ocultándole parcialmente el rostro. Con las primeras notas la algarabía cesó casi de una vez:

Criosis.




Hubo muchos aplausos que resonaron como procedentes de miles de espectadores. De hecho hubiera jurado que una multitud de sombras se extendía más allá de las paredes si no fuera porque aparecían sin embargo del lado de "acá"... En cualquier caso era evidente que la canción provocó un gran efecto entre los concurrentes. Algunos seguían coreando lo de “¡Podría, matarte...!” con los rostros transfigurados por la emoción.
-¡Qué profundo!
Sin poder sufrir más al cínico pelirrojo me aparté de él y deambulé por entre los corros, los sillones y las mesas. Por más que andaba nunca llegaba a la pared del fondo, y sin embargo la tenía delante, a pocos metros. Alguien me puso una copa en la mano que bebí de un trago. Mi paladar detectó un wisqui de buena calidad. Cada una de mis células agradeció el efecto. Sin saber cómo me sorprendí asiendo otra copa. Es verdad que había camareras repartiendo bebidas pero me resultaba imposible establecer el momento exacto en que había sido servido por alguna de ellas. Las caras con que me cruzaba eran grandes y viscosas, y me sonreían.
-Hermosa fiesta, ¿no le parece? Tome, úselo.
Era un cuchillo. Alguien de rasgos imprecisos me lo puso en la mano. Tenía la hoja ancha y una longitud suficiente… Unos ojos grandes se aproximaron y me señalaron exactos el cuello terso y desnudo de una de las camareras. Una boca húmeda se frunció en una mueca de la que brotó una carcajada. Yo me sentía flotar en una extraña sensación de irrealidad creciente…

5.
Abrí los ojos pero un brutal puñetazo de luz me los cerró.
Medio inconsciente me levanté del sofá y bajé la persiana de mi despacho. Después seguí durmiendo profundamente, soñando con bellos paisajes invernales, oscuros pasadizos y cuellos blancos…

miércoles 24 de enero de 2007

Una recopilación y dos inéditos.

I.CUMPLE TU DESTINO.

No busques en espejos ajenos
Lo que en el tuyo no encuentres
No escuches el eco de otras voces
Cuando la tuya sea un bisbiseo yerto
De la memoria,

Cumple tu destino, si lo tienes, si no,
trabaja, come y muérete.

Hiende nuevos horizontes
Desgarrados por el crepúsculo
De unos dientes de leche,
Que aplastan el sol chorreando luz
Por las comisuras boqueando ávidas

Cumple tu destino, si lo tienes, si no,
Trabaja, come y muérete…

Danza con el chamán de la vida
Alrededor del fuego del amor
Aprende los conjuros y las súplicas
Mete a Dios en tu bolsillo
¿Cómo sin el águila sobre tu cabeza
vas a viajar?

Cumple tu destino, si lo tienes, si no,
Trabaja, come y muérete

Cantan las cabezas cortadas
en sus bandejas de plata:
escupen, vomitan
a los estúpidos reyes
de risas desencajadas
su verdad, que los diluye en odio
como azucarillos devorados
por moscas.

Cumple tu destino, si lo tienes, si no,
Trabaja, come y muérete.


II. DE PLUMÍFEROS Y BLOGUEROS.

No diré nombres de ninguna clase
No quiero a un tal bípedo mamífero
De profesión libelista plumífero
Molestar: ¿quién será el de la frase?

Mas, si es voluntad hacer trasvase
De mi palabra del dios aurífero,
Que en las cumbres reina alífero,
Aceptaré resignado el ucase.

Pero no me pida enmudecer,
En ñoños colores vestirme progre,
Que en proporción he de responder

Tan buenamente como poder logre
Al perverso con afán de joder
Aunque mi alma en ello malogre.

III. SONETO.

Ahonda en tus vanos pliegues, fiel Saco,
escarba en lo hondo de tus instintos,
charquea en tu coleto variopinto,
¡famulus!, y trolea cuán verraco.

Sé, como los peritos de Santano,
siempre leal a mis instituciones,
venera al alba mis paladiones
y a la noche excrete tósigo tu ano.

Sí, fiel Saco, da caña al liberal,
contra el periodista arremete,
dale con tu pluma de pedregal

al Pedo Jota ese, infesto grumete,
quebrarme quiere la reata gregal,
por ello, Troll Saco: ¡¡recuerda Brunete!!

(que la guerra civil aún la hemos de ganar).

IV. SONETO DE LOS PROGRETARRAS.

Cuando de las entrañas enrroscado
Asciende el odio, fuego retorcido
En sierpe de muerte, enloquecido,
Por necios insensatos incubado,

Cuando aunado con el progre dado
Su pensamiento estúpido, ido,
Excitando de sangre su libido,
El reptil, satisfecho así alimentado,

Se yergue borracho de arrogancia
Ahíto de desprecio a los gorrinos
Dispuesto a que paguen su petulancia

De no considerarlos asesinos
A esos pobres que viven en la infancia
A esas huestes de Zapo, los cretinos.

V. LETRILLA DE DON JOSÉ DE LA MANCHA.

Ya por las tierras de España
campea ahíto en revancha
Don José de la Mancha.

Con su imponente brazo,
sobre el rocín la alta estampa
ya en su frente la trampa,
le arrea tal mandoblazo
a Pepín Blanc, el pelmazo,
que al “inteletual” “corruto”
le tienta el “exabruto”
contra Pepe el “artimaña”.
Ya por las tierras de España
campea ahíto en revancha
Don José de la Mancha.

En estas que Zapatero,
gaznápiro General
de la tropa tumoral,
lelo está como platero
(tan suave y blando...¡cuatrero!)
como su visir Simancas
ya con las sienes blancas
con tanta artera campaña.
Ya por las tierras de España
campea ahíto en revancha
Don José de la Mancha.

Don José Campeador,
el Veterano sociata,
los dulces de la piñata
no le daban amargor,
-decía el embaucador-
mas el quemado manchego
trocando el digo en diego,
ahoga a Alberto en champaña.
Ya por las tierras de España
campea ahíto en revancha
Don José de la Mancha.

VI. LETRILLA DEL LIBERAL REPUTADO.

Al alba empiezo el día,
tras el pedo de desliz,
ante el icono de Smith.

Y es que soy liberal,
¡y liberal reputado!,
no cualquier endomingado
de esos de sucio albañal,
¡No!, mínimo, mariscal.
Y aunque soy de gallardo porte
mis mientes no hallan el norte,
¿y a mí qué?... como decía
al alba empiezo el día,
tras el pedo de desliz,
ante el icono de Smith.

¡Oh Adam! brillante lucero,
(y David -no el malaguita-,
Ricardo), fiat del dinero
que haces rendir nuestra guita
con prestancia de jesuita,
¡Profeta de las riquezas,
conjurador de pobrezas,
yo te rindo pleitesía!
Al alba empiezo el día,
tras el pedo de desliz,
ante el icono de Smith.

Ya me voy, amigos queridos,
la saca llena de cobre
la envidia soy del pobre,
mas no os sintáis heridos
que si de Smith sois instruidos,
veréis doblar la hacienda,
y con ella la jodienda.
Me voy con besuquería.
Al alba empiezo el día,
tras el pedo de desliz,
ante el icono de Smith.

VII. LETRILLA POR LA PÁ.

Por la pá va esta letrilla
Y, con vuelo de cordel,
la paloma de cimbel.

Zeta Pé desde su alcoba
-agachado tras el vano,
su mohín de casquivano-
agita, cuco el andoba
ocultando la joroba,
el cimillo del palomo
mientras arrulla, ¡eccehomo!,
Otegui, “la albondiguilla”.
Por la pá va esta letrilla,
Y, con vuelo de cordel,
la paloma de cimbel.

Rampante va el señuelo
pintado en fashions colores
-delirio de los actores-,
elevándose en el cielo
va arrojando el caramelo
(pingües dones sustanciosos
que dan ministros rumbosos)
como lluvia en Sevilla.
Por la pá va esta letrilla
Y, con vuelo de cordel,
la paloma de cimbel.

No fue el seis sino el trece
La llegada de los magos
(ETA: “Zapo ¿y nuestros pagos?”),
de los reyes del despiece,
del reparto el empiece,
de la pá, queremos pá,
¡quedaos con la libertá!
los fachas, ¡qué gentecilla!
Por la pá va esta letrilla
Y, con vuelo de cordel,
la paloma de cimbel.

VIII.

Caminando a la espalda de las estatuas
Sobre la delgada línea de sombra
Que desaparece bajo los pliegues de tu decencia...
Nos paraliza el aullido de un animal solitario
como el sibilante eructo de una bomba inteligente
arrojada por algún necio
que apretará con su pene el botón rojo fuego sangre
que ha de provocar el estallido del big bang en tu cabeza

Pero consuélate cuando del gris de tus cenizas crezca una delicada flor cimbreada
Al albur del viento.

Desde la media luna un tipo barbudo te observa con odio
No le gustas: ni tu cara, ni tu ropa, ni tu perro, ni tu suegra
Te desprecia cuando te arrodillas y abres con tus labios
Los pétalos de la sonrrosada flor de tu mujer,
Frunce la boca con repugnancia cuando la oye gemir,
Maldiciendo cuando ella se inclina sobre ti….
Aunque sin dejar de mirar... reza y mira y reza y mira...
Y pide a Dios que le permita ser su ángel de la muerte.

Pero consuélate cuando del gris de tus cenizas crezca una delicada flor cimbreada
Al albur del viento.

En algún lugar alguien está pensando en matarte
En algún lugar alguien sueña con hacerte arrodillar
En algún lugar algún profeta recibirá una iluminación
Una idea por la que tendrás que morir
Porque él sabrá cuál es tu papel:
Serás el humus en el que plante su visión,
Semilla que regarás con tu sangre,
Decretará que eres un engranaje prescindible de la marcha de la Historia

Pero consuélate cuando del gris de tus cenizas crezca una delicada flor cimbreada
Al albur del viento

En la Isla de Cuba la pintura de la cara del viejo payaso
Se derrite bajo el sol. La isla de Cuba huele a podrido
Por la lenta descomposición de Leviatán, que hierve
Bajo el fútil chaleco antibalas atravesado como papel
Que fuera inflamado por la chispa de lo Imprevisible,
La única revolución que no se contrarrevoluciona
Por ser constante y llevar consigo su negación.
Mas el sueño de Leviatán es arrastrarte en su caída

Pero cosuélate cuando de toda esta podredumbre crezca una delicada flor cimbreada
Al albur del viento.

domingo 10 de diciembre de 2006

El panóptico poético.

Sobre exactos mares pasan eones
De minutos eternos derretidos,
Al marfil del tuétano adheridos,
Royendo su savia como dragones

desacelerando de los protones
sus rotaciones a ley sometidos
en estas existencias sin sentidos,
sin puertos libres ni abiertos portones.

¡Brillan en los anillos de Saturno
por las noches luciérnagas que explotan!
Muere desangrado el cielo nocturno

en hemorragia de estrellas que flotan
quietas, sobre la piel de negro eburno
del dios, la afilada hoja, taciturno.


Tríptico del amor.

I
Como lluvias sobre un erial, supuran
mis viejas llagas, mi corazón yerto,
se agrietan las escaras, abierto,
que tus palabras, lejanas, roturan.

Ternura de unos labios que murmuran,
de una flor que crece en el desierto,
raíces en agua de verdor injerto
oasis oculto de aves que auguran

el paraíso infantil recobrado,
los sueños en paz plenos y profundos
en el cielo de mi cráneo estrellado,

de meteoros cruzando errabundos
los plexos sacros del gozo callado,
hueso tierno, edén de amores fecundos.


II
La eclosión reventando los cielos,
el gozo húmedo, exultante, carnal,
lubrica el cerebro ebrio en bacanal,
derritiendo de la cumbre los hielos.

Sol hiriente como cien escalpelos,
tu mirada, envuelta en bruma vernal,
la presiento, arriba, del dios saturnal
dos ardientes y fragantes carpelos.

En mazapán tu carne transformada,
entre mis dedos la linfa de miel
de tus venas abiertas, derramada,

arrasa, agrias, las breñas de la piel,
agosta, infectos, los charcos de hiel,
colma mis cauces tu alma crisolada.


III
Pasan las nubes blancas
por la tela azul
de plomo. Enfoscadas
el tul de las estrellas,
las luminosas sendas
de las constelaciones
-arcanos de tu ser-
de ensueños forjadas.
Las blancas nubes pasan
por la azul tela:
bóveda de acero que
-lúgubre sepultura
de hormigón armado-,
sofoca las reacciones,
y el libre movimiento
de mis grises protones.

¡Desgarrar quiero el azul poderoso
con mis uñas y dientes,
abrir esta tumba de luz insoportable,
fundirme en las palpitantes estrellas,
perderme en los laberintos siderales,
en el cosmos de tus ojos, en tus mares!


Jardines olvidados,
enterrados en yedra.
La fuente está quieta.
Sobre sus aguas muertas
pasan las nubes blancas,
las aves negras....

lunes 2 de octubre de 2006

El trepanador.

El áspid avanza por el suelo de baldosas parduscas insinuándome la embriagadora sensación de sinuosidad deslizante y sensual, como una larga y húmeda lengua recorriendo los contornos de la espalda y el cuello. Mis ojos siguen ávidos los elegantes movimientos del ofidio levitante que flota en el aire junto a Osiris que pesa mi corazón en su balanza con gesto adusto. Mi corazón late convulsamente en el platillo de oro que se hunde....
El áspid se yergue ante mí, sentado en el suelo con las piernas cruzadas, me mira con ojos helados de esmeralda, contonea levemente la cabeza aplanada y emite un sonido sibilante, largo, penetrante con su bífido cordón baboso.
La droga aturde mi cerebro; soy solo cabeza hirviente como las arenas del desierto, no tengo cuerpo ni extremidades. Nada siento. Todos los dioses de Egipto giran a mi alrededor y el vuelo de sus finas túnicas enfría el trasudor que baña mi piel como un delicado tejido de agua del eterno Nilo adosado a mi cara....(El médico de la Casa de la Vida rasga la cortina de la estancia del Templo con dedos que se introducen en la sala iluminada tenuemente: una racha de aire frío penetra y la cabeza rapada emerge de las tinieblas. Le siguen su ayudante que porta la caja de ébano con los utensilios, y el hemostático....)Ahora alguien me coje por detrás y me tumba en el suelo. Me colocan la cabeza en una prensa en la cual queda inmovilizada de una manera tan completa que la angustia crece en mi interior como una mareta de mil rumores...pero los dioses siguen girando a mi alrededor. Algunos me son propicios, otros me clavan sus miradas torvas en los ojos...(el cráneo del joven faraón ha sido rasurado convenientemente antes de la operación; en un lugar dél está la señal que indica el punto donde habrá que punzar para realizar la trepanación y llegar al tumor que enturbia de dolores los días y las noches del joven dios. Los instrumentos son purificados en el fuego sagrado por el ayudante; el hemostático permanece a la espera con la cabeza del enfermo delirante entre sus manos. Cuando todo está dispuesto el médico de la Casa de la Vida comienza su delicada tarea)....Horus me mira fiero, me horada las sienes con su pico ganchudo, introduciéndolo en mi cabeza, mientras toda la caterva de demonios de Seth me laceran las carnes y el espíritu y veo el fuego emerger de sus bocas y me abrasan y el dolor es intenso, y los dioses me...(El médico ya ha hendido su cuchillo de sílex más abajo de la piel húmeda, la efusión de sangre al discurrir el escalpelo por la carne es copiosa, el hemostático reacciona. Cuando la hemorragia cesa el ayudante pone en las manos del maestro el martillo y el punzón)....abandonan, veo las aguas del Nilo putrefactas y salir de ellas una miasma que infecta cuanto toca,....(y con sumo cuidado y control de su fuerza golpea ligeramente sobre la fisura del cráneo repetidas veces hasta destapar la pieza de hueso que ha recortado previamente con el escalpelo de sílex)...el mundo se derrumba, la ciudad de Tebas se mueve como si sus cimientos estuvieran sobre un tremedal cenagoso, truenos oigo que amenazan la robustez de las Pirámides, y los dioses mueren....(entonces se ofrecieron a los oficiantes las circunvoluciones de un color hermosamente gris del cerebro del Faraón, y a un lado la masa sanguinolenta de carne que como una sanguijuela está adherida a él, turbando su divino descanso. El trepanador sonrió con satisfacción al ver el tumor, habían horadado por el sitio adecuado, y con no menos pulso que antes se dispuso a rebanarlo por capas hasta que ya no quedase nada)...entonces de pronto una gran luz blanca se hizo en el mundo que lo inundó todo, y los dioses se disolvían en el polvo, Horus se derretía mientras Osiris era tragado por las arenas del desierto e Isis desaparecía en el Nilo perdiéndose en el piélago infinito, y una gran paz embargó mi espíritu y vi que la luz era buena, que el amor que de ella emanaba era la verdad y que no existía más dios que el amor y la luz siendo todos los demás mentiras que ensombrecen los corazones de los hombres....(El ayudante dio al trepanador las gasas purificadas en el agua hirviente con las que limpió la zona adyacente de cerebro vivo y palpitante. Después repuso la pieza de hueso, que era de forma irregular aunque parecido a un óvalo, y la suturó al cráneo tras lo cual dio por acabada la tarea).
A la mañana siguiente, repuesto por completo aunque con la cabeza aletargada aún por las drogas que le sirvieron de anestésico, el joven Faraón reúne a todos sus sacerdotes y les comunica que solo hay un dios al que adorar cuya manifestación es el el disco solar, fuente de luz. Este dios es un dios de paz y de sabiduría, que no necesita de los sacrificios cruentos ni de las libaciones, ni de la imagen siquiera porque es un dios invisible hecho visible en el mundo mismo, un dios misterioso al que hay que escrutar.
Así comenzó la herejía de Atón en la milenaria tierra de Egipto entre los murmullos de incomprensión que entre el pueblo se levantó como una tormenta de arena que perturbara el descanso de las tumbas del Valle de los Reyes.

miércoles 27 de septiembre de 2006

Paréntesis.

Yo (que todas las tardes en el parque de los ánades veía cogidas de las manos a las señoritas contemplando entre los arrebolados pinos de nímbeas copas sangrientas los patos que con paso excesivo y absolutamente ridículos revoloteban por las cuencas vacías de los forasteros en mi cerebro de mi interioridad, venidos de extraños e ignotos lugares para contemplar, in situ, los traseros y exultantes pectorales de las señoritas agarradas de la mano, besándose, magreándose ante los viandantes del parque, extrañados como si contemplaran un cerdo desangrándose abierto en canal, para luego meter las cabezas en sus palpitantes vientres y devorar, devorar, devorar para luego vomitar, esputar entre cinismo cruel de distintos pelajes extraordinarios en los mentideros de los zoológicos de las matronas y los manolos borrachos de chulería barriobajera y sopapo rápido en plena jeta a sus sacrosantas esposas antes de marcharse silbando carretera bajo camino del picadero para vaquear un rato a alguna chati exótica que supiera bombear bien el élam, toda esa vía láctea saliendo a borbotones por los albañales de la cloacas infectas de los estados y los gobierno, nido de conspiraciones corteses, reunión de lobos echados sobre el mapa de la Nación diseñando la estrategia de caza a seguir al través de los umbríos bosques, sombríos, ennegrecidos bosques brunos, hasta encontrar el calvero en el mismo centro de él, que lo mismo pudiera ser un lateral en escorzo, para espiar entre el frondoso ramaje el baile de las furcias furias desnudas, con sus chochos al viento, oreando la cueva, el oquedal, el humedal, el tremedal en donde es tan fácil perderse, en donde se ansía perderse tragado por un agujero negro que empieza en la punta de la picha encabritada, una leve mancha oscura en la punta del glande, para extenderse, inficionándolo todo, deglutiendo a machamartillo, baqueándome, tragándome en una una fría, helada y negra pez, como el fondo de un Océano en libre movimiento de las olas y las infinitas causalidades combinadas en el cubilete de Dios, dados que son caminos, jugadas que son destinos, perdido continuo en el resplandeciente y nimbeo infierno coralino donde nada es real porque es inasible, inaprensible, una puta malla, la puta maya, que te ha de arrancar los ojos para no ver, barrenar los oidos con algarabía para no oír, comer tu lengua para no pronunciar el Logos, el Fiat creador.....Es preciso, sí, es preciso coger la almádena y machacar, romper las piedras, los muros, las murallas, sí con mi almádena siempre al hombro y el corazón galopante, orgulloso, aristocrático, en el centro del pecho y mi hígado, mi columna vertebral que vertebra mi alma con el último rincón de un cuerpo todo electrizado, sensitivo en grado sumo, percibiendo, percibiendo, olisqueando, aventando el aire como el animal hecho hocico, toda el alma en la punta del hocico como un duende que viaja a través de grandes distancias y percata el chocho exorreico en el mar de la muerte, feraz en muerte infinita, y toda su vida consiste en eso en aventar para vivir y vivir para morir.....) tengo sueño. Me voy a la cama.

sábado 16 de septiembre de 2006

Cuento Oral Africano: Hambre y Saciedad

En el seco, cruel y devastador desiero de salvaje austeridad, extremoso en los días de sus noches, una madre de mirada gacha y perdida en el polvo ocre, desfalleciente, desesperanzada, acoge a un niño, su hijo, en sus brazos, haciendo de ellos y de su cuerpo encorvado, una protección, una muralla, un cortafuegos al viento incendiado que rezuma de la tierra elevándose del polvo derretido, o un cortafríos a la ventisca helada de las noches de descanso escaso y pensamientos más negros que su negra piel de ébano.
El niño tiene hambre. Ella lo sabe. Tiene hambre como todos los niños de vientres abultados de vacío, de injusticias y de vergüenza que llenan el campamento improvisado con sus lloros y lamentos, con las bocas abiertas, arracimadas en las comisuras moscas como un tumor viviente y ávido, lamiendo, voraces, con sus largas y filiformes lenguas pilosas la humedad salada que resbala por las mejillas brunas, o la escasa saliva blanca que se se filtra a través de los blancos y diminutos dientes.
Mientras tanto, sus padres, el que lo tenga y no haya terminado aún de pasto de los numerosos carroñeros, terrestres o aéreos, que merodean por aquellas soledades, están librando una de esas guerras civiles que se suceden sin solución de continuidad, que van heredándose de padres a hijos, de generación en generación como una maldición bíblica, como algo de lo que se ha perdido el sentido por trivial, si alguna vez lo tuvo, el porqué, la razón. En el mundo hay guerras, siempre las ha habido, y eso es todo.
Además, ¿qué le importa a ella como acabará, si no acabó ya, el padre del niño que mece en sus brazos? ¿Acaso lo conoce ella? Cualquiera de aquellos soldados que una noche de hace cinco años, una noche como fueron otras muchas, con pesadas armas en las manos entraron como bestias de corazones rebosantes de crueldad y frío en las chozas, haciendo salir a todas las mujeres para violarlas alternativamente y matando, por puro capricho, a algunos hombres que no habían hecho otra cosa más que resignarse en silencio.
De todas aquellas orgías de maldad tuvo varios embarazos y otros tantos alumbramientos de los cuales sólo aquel retoño que abrazaba contra su pecho de ubres secas era único tallo tierno (aún con vida) de toda una suerte de desgraciados ramales que dio su fecundo vientre.
Todo el campamento era una misma historia, su historia. Todo el campamento estaba lleno de madres con hijos hambrientos en sus senos exhaustos, hijos del abuso, del odio, de la crueldad y el dolor. Casi ninguno del amor. Eran hijos de todos los hombres del país, zona, lugar, pedazo de tierra o lo que fuere, hijos de una tribu o de otra, de una etnia o su complementearia, de una facción o su contraria, daba igual, todos hijos bastardos salidos de las arenas inclementes del desierto.

-Mamá, ¿de donde viene el hambre?- preguntó un día aquella talla pequeña y negra, como un ídolo, salida de sus entrañas.
La madre lo miró con indiferencia sin saber y sin tener ganas de contestar.
-¿Por qué tengo hambre? -insistió el niño.
La madre levantó la mirada y vio al milano cazador trazar círculos recortado en el azul poderoso, y al buitre planeador de largas alas dentadas en su paciente espera, y recordó la tarde en que la sombra de otro, reptando oscuro por la tierra, alteró los pulsos infantiles de los niños (sí, alguna vez ella fue niña, recuerda) que bajo la sombra del árbol en donde solían escuchar las enseñanzas de las Escrituras del Sagrado Libro, oyó el cuento de Hambre y Saciedad que con benevolencia les contaba el maestro que iba de aldea en aldea aventando en lo posible las semillas del conocimiento, por si alguna llegara a fructificar como oasis en el desierto.
El recuerdo del maestro la animó a hablar:
-Pues verás -empezó la madre-, un día que Hambre y Saciedad, que eran muy amigos en aquella época llegando a ser casi inseparables, no como ahora, iban paseando por un valle en donde crecían árboles cargados de frutas, vieron como un genio se paraba frente a una piedra grande que estaba, justamente, a la sombra de uno de estos árboles. Entonces el genio se detuvo y gritó, fuerte, unas palabras mágicas que hicieron que la piedra se moviese....brrruuu..... sí, y es que en aquella época en que Hambre y Saciedad iban juntos por la tierra, las piedras se movían y muchas más cosas fabulosas y buenas ocurrían. Bueno, pues entonces como te decía rodó la piedra dejando paso a un estrecho y oscuro túnel en donde penetró el extraño duende, tras lo cual la piedra, ella sola como antes, volvió a su lugar como si nada hubiese pasado.
Los amigos, como comprenderás, se quedaron maravillados y sorprendidos, y decidieron esperar a que saliese el duende para entrar ellos en la cueva, ya que sentían gran curiosidad por lo que aquel pudiera ocultar allí; ¡seguro que grandes tesoros!, y es que era normal que los duendes escondieran cofres llenos de oro y joyas en las entrañas de las cuevas.
Al cabo de un rato oyeron de nuevo el sonido pedregoso de la piedra surcando la tierra, y vieron al duende salir de la oscuridad a la luz, y alejarse presuroso, porque los duendes siempre llevan prisa, no sin antes comprobar que el enorme canto volviese a su lugar, como así ocurrió. Entonces cuando vieron que se perdía de vista, pronunciaron las palabras mágicas Hambre y Saciedad, y entraron a su vez y..... ¿sabes que encontraron allí? Pues mucha comida, ¡sí!, muchísima, de todas clases y de todos los lugares del país. Así pues comieron carnes sabrosas de todo tipo de animales así como de aves, y frutas, y también cereales y leche y miel y todo lo que puedas imaginar.....Pero ocurrió que mientras Saciedad se hartó pronto del festín, sintiendo su estómago lleno y pesado, Hambre, por mucho que comía, no se satisfacía nunca, por lo que el primero empezó a sentir temor a que volviera el duende y los sorprendiera allí. ¿Y entonces qué? ¡Quién lo sabe! Nadie, aunque rumores corrían sobre la crueldad que demostraban los duendes contra los ladrones de sus riquezas. "Vamos Hambre, marchémonos ya, el duende debe estar al llegar, vamos te digo", le acuciaba su amigo. Pero Hambre no podía parar de comer, ¡a saber cuando se presentaría otra oportunidad como aquella de comer tantos y tan ricos manjares, ni hablar! Pero se hizo de noche y a Saciedad le dio miedo de verdad por la vuelta del duende que creía estaba al caer. Así pues, después de intentar por enésima vez convencer a su amigo de que se marcharan no consiguiendo más que el mismo aplazamiento sin fin, decidió irse él solo.
Y....¡en efecto! Al poco de salir corriendo de allí, ¿sabes quién llegó?....¡El duende! Sí, y se enfadó mucho al ver al intruso, a Hambre, e intentó matarlo con su cuchillo. Pero Hambre, cuando estaba a punto de ser rebanado su cuello como un pollo, esquivó al puñal y echó a correr hacia la entrada de la cueva de la que salió afuera perseguido por el duende. Y así estuvieron corriendo durante muchos días, Hambre delante, cada vez más cansado, y el duende detrás que ya le daba alcance. Entonces cuando ya Hambre casi podía sentir el aliento del duende sobre su espalda, éste vio como un hombre bostezaba y arrojándose desesperado, ya casi alcanzado por el duende, se introdujo en la boca del hombre viniendo a vivir desde entonces en los estómagos de las personas para siempre.
Y, por eso, hijo, tienes hambre.
El niño estaba maravillado por la historia que su madre le había contado. No se le ocurría nada que decir. Sintió a Hambre en su estómago y comprendió que no quisiera salir de allí nunca por miedo a que lo matara el duende.
La tristeza, después de la breve excitación que el cuento, como a todos los niños, le había producido, retornó a su expresión, espejo de su alma, hasta que, en un momento de infantil y oscura intuición, formuló la pregunta clave que había asaltado su mente como un relámpago que restallara fugaz en la noche:
-¿Y Saciedad, donde está?- Preguntó casi con ansia.
-¿Saciedad? Saciedad se marcho al Norte y ya no volvió.

Entonces el niño deseó ir al Norte y buscar a Saciedad. Y ya no tuvo otro deseo.

jueves 31 de agosto de 2006

Elvis Presley, Suspicious Minds (París-Texas, Wim Mertens).


Una mañana subí en un carguero que atravesaba océanos de trigo, mares de cerveza, camino del norte, lejos de aquí. En el bolsillo tan sólo el tintineo de mis ilusiones amodorrando mi mente con el rítmico trán trán de las cadenas y las ruedas sobre los railes ardientes, caminos de hierro, sendas que me llevaban a ti... Trán-trán, trán-trán.... En mis ojos el brillo del que espera todo, el brillo del que busca ávido el resplandor de un diamante. El brillo del buscador de tesoros. El brillo que sentiste bajo un sol entre algodones níveos cuando te encontré en una calle ancha como una pradera. Una joya brotando de entre la selva de altos, rectos edificios. Te encontré y te amé...quizás demasiado...caímos en una trampa....
Te creí mía y vi con los ojos de la sospecha cada partícula de ti que no era mía, te quise tanto que deseé ahogar la respiración en tus pulmones e inhalaras con los míos....caímos en una trampa...te quise tanto, tan ciega y desesperadamente, que te hubiese matado para que vivieras, siempre, en mí...caímos en una trampa...caímos en una trampa....ahora ya es tarde.

He cruzado desiertos, secando el alcohol llameante, que me helaba la mirada...buscándome, buscándote...pero ya es tarde.
Caímos en una trampa.....baby.

miércoles 30 de agosto de 2006

Versión de Fine Young Cannibals.

Y esta es la maravillosa versión que los distinguidos jóvenes caníbales realizaron en 1985.

Fine Young Cannibals - Suspicious Minds

jueves 17 de agosto de 2006

Mi muerte.

Algunos emborronan hasta quinientas páginas para relatar su vida. No se preocupen, yo no necesito escribir tantas para contarles mi muerte.

Mi vida me pertenece, es mía, de la misma manera que mi muerte. Ésto constituye de por sí un axioma, ¿o no? Porque ¿qué voz tronante del cielo, qué dios frenará mi mano si la dirijo contra mí mismo? Ningún dios, ninguna voz, y si no me creen hagan la prueba, pero un consejo: no apuesten por la suerte de Isaac: perderán, aquí la fe no les servirá. En cualquier noche de desesperación, que como seres humanos experimentarán, prueben a levantar un cuchillo homicida con su punta mirando hacia el interior, hacia sus vientres, a ver que pasa. Nada. No pasará nada. Nada ni nadie en el Universo se preocupará por usted, ninguna fuerza divina lo embargará de calor, reconfortándolo por dentro como el fuego de una chimenea que fuera encendido en la morada de su alma, sencillamente porque a ningún dios le importa que usted muera o viva. Si quiere calor en su alma tendrá que procurárselo por su cuenta en el fuego de la fe. Aquí sí les servirá. Pero no a los espíritus inquisitivos, científicos, no: es pura psicología, pura autosugestión, poderosa y eficaz (la fe realmente puede mover montañas), pero acientífica. Este desamparo existencial a muchos ateos les produce una angustia tan insoportable que corren como locos a entregar sus almas a los estados panópticos salvadores y a sus hipostáticos dirigentes.
Sin embargo, algunos, ante la imposibilidad de luchar contra el axioma que nos ocupa en el terreno de la razón, intentan coartar esa libertad desde la superstición. Al no poder explicar porqué Dios nos abandona en los momentos cruciales (tal es así que hasta al que denominan Su Hijo se quejó amargamente del Padre, cuando clavado en la cruz como un cerdo en el matadero, gritó: "¡Padre, ¿por qué me has abandonado!"), echan mano de maldiciones supraterrenas, de condenaciones y sufrimientos sin fin por los siglos de los siglos si nos atrevemos a tomar las riendas de nuestras vidas y, por lo tanto, de nuestras muertes. Pero ¿tiene algún sentido ésto? Partiendo del hecho de la anacronía de las religiones tradicionales con respecto a los tiempos actuales (resulta sangrante comprobar cómo el espíritu antiguo es imposible de ligar con el moderno, cortándose la mayonesa siempre) intentaremos no obstante dar alguna explicación. Se nos dice que nuestra vida no nos pertenece sino que es de Dios, para al mismo tiempo afirmar tajantemente que el hombre posee libre albedrío (supongo que para que Satanás no deje de tener su clientela en el Infierno ya que sólo un hombre que peca contumaz y conscientemente puede ir de cabeza al Averno, puesto que si no fuera así, entonces, ¿con qué derecho Satanás reclamaría nuestras almas protervas? Con ninguno), bien, pero si tenemos libre albedrio entonces nuestras vidas nos pertenecen, no son de Dios, son nuestras. Ahora bien, un sacerdote avispado replicaría rápidamente, "pero nuestras vidas es un préstamo que Dios nos hace. El dueño es él, en cuanto Creador. Nosotros somos sólo arrendatarios, no propietarios". Ante esto, lo que espera el sacerdote avispado que yo conteste sería: "entonces la vida de mi hijo, que ha salido de mí, me pertenecería de igual modo, ¿también él vive una vida de alquiler, una vida cuyo propietario soy yo?" Aquí el sacerdote exhibiría la mejor de sus sonrisas bonachonas, y contestaría: "no, porque usted no ha Creado, en mayúsculas, a su hijo. Usted se ha limitado a poner en marcha un engranaje, un mecanismo que ni ha diseñado ni construido ni aun comprende como funciona, simplemente ha pulsado el botón, y el mecanismo se ha puesto en marcha. Pero ese mecanismo, esa obra está construido por, y pertenece a, Dios. La vida Le pertenece". Menudo sacerdote, ¿eh? Es un tipo de talento, no hay duda. Pero yo no le hubiese atacado por ahí sino por este otro lado: "desde mi punto de vista, en el mismo momento en que Dios nos abandona en esta vida sin asumir ningún tipo de responsabilidad sobre nosotros, ya nos parta un rayo o muramos entre dolores más allá de cualquier límite, desde ese momento yo me hago acreedor absoluto de mi vida, me convierto en el amo y señor, el único que debe luchar por ella si quiere preservarla. Porque en el mismo instante que he luchado por poseerla, entonces ya, una vez mía, puedo perderla cuando quiera". Ante estas consideraciones lógicas, que tienen que ver incluso con el derecho, no sé lo que contestaría mi sacerdote sagaz. Puede que abandonara la senda de la razón en la que tiene todo que perder para adentrarse en la del misterio, la superstición y el amedrantamiento. Quizá así me contestara: "sólo Dios te arrebatará la vida cuando llegue el momento, abstente de cualquier iniciativa propia en este sentido si no quieres sufrir las consecuencias de la maldición eterna". Y yo pregunto: ¿con qué derecho alguien o algo que demuestra tan poco interés en mi vida después pretende decidir sobre mi muerte? Es como aquel padre que abandona el hogar familiar y que, volviendo al cabo de muchos años, pretendiera dictar normas y leyes a unos niños que ya son adultos y que no le reconocen la más mínima autoridad sobre ellos.
No, mi vida y mi muerte me pertenecen. Lo que haya después sólo Dios lo sabe, que, de existir, estoy seguro no es un ser supersticioso ni un loco absurdo sino todo lo contrario: el Ser más lógico del Universo en cuanto que conoce todos los secretos, misterios para nosotros mientras sigamos sin poder comprender más que la realidad imperfecta y fragmentaria debido a nuestras limitaciones intelectuales, lo cual hará que sigamos amando el Enigma hasta el último suspiro.
Por ello, el tabú al suicidio hay que interpretarlo como una más de las manifestaciones ancestrales de la religión natural (que nos llega ahora en forma de cristianismo) que emana de la propia naturaleza, una naturaleza cuyo férreo instinto de supervivencia nos marca prohibiciones en lo más profundo de nuestro ser con el objeto de preservar la vida. De la misma forma que estableció la atracción natural entre los sexos haciendo que el macho anhelara a la hembra y la hembra al macho para la propagación de la especie, así también estableció el instinto de la lucha por la propia vida hasta límites absurdos. Más tarde este instinto se institucionalizaría en dogma. Sólo por esta razón afirmo que toda la civilización grecorromana es superior a la judeocristiana. La primera es una superación del estado natural, la segunda es una línea de continuidad desde los tiempos primitivos del Edén hasta nuestros días. La primera es fruto de la razón humana, la segunda del instinto dogmatizado. La primera es la constructora de Babel, la segunda su destructora.
Pero yo no deseo seguir viviendo. No deseo seguir luchando. Quiero darle al instinto una patada en el trasero y despreciar miles de años de un comportamiento grabado a fuego en nuestros genes. Mi conciencia ha vencido al impulso atávico ciego, y mi voluntad también. Soy más fuerte y ahora lo voy a demostrar.

Después de este preliminar filosófico, que he creído indispensable como afirmación de mi voluntad y lucidez, voy a pasar a continuación a relataros mi muerte propiamente dicha, esto es, a abordar los aspectos técnicos de ella, lo que no me llevará más que unas pocas líneas, tras las cuales todo habrá terminado:

Estoy sentado en una silla de comedor con respaldo blanco. Delante de mí tengo el ordenador portátil en el que escribo y seguiré escribiendo hasta que el veneno me paralice por completo la mano o el pensamiento. A mi derecha, junto al ordenador, un vaso de vidrio transparente de unos veinte o veinticinco centilitros, lleno de agua en tres de sus cuartas partes. Muy cerca de él, quizá a la anchura de mi dedo índice, la cápsula que me ha de matar. Blanca. Ovalada. De un centímetro de largo, puede que algo más, pero no mucho. La mesa está justo debajo de la ventana, abierta de par en par. Estoy sentado frente a ella. La persiana subida y enrrollada toda en su cajón. El encuadre de un metro diez de largo por setenta centímetros de ancho es todo de mar. Ahora que miro no hay más que mar. Sólo mar. Ningún barco sobre la última línea del horizonte. Mejor así. Sólo quiero mar azul verdoso o verde azulado en mi retina cuando ésta se ciegue.
Tomo la píldora por sus vértices entre mis dedos índice y pulgar en forma de tenazas. La llevo a la boca y la dejo allí. Juego con ella con mi lengua: la pongo debajo, después encima...tiene textura áspera y sabe a plástico. Cojo el vaso con la mano derecha mientras os sigo escribiendo con la izquierda. Estoy tranquilo, el pulso es firme y no tengo miedo. Bebo agua. La píldora se introduce en mi cuerpo. La siento descender por el esófago. Tengo la extraña sensación de que se ha atascado. Bebo más agua. La apuro toda. La sensación persiste, pero estoy seguro de que la píldora ya está en el estómago. Espero. Ahora, en el horizonte azul y cristalino de mil reflejos irisados cruza un barco, es largo, con su cabina de mando sobre un alto castillo de popa: parece un carguero, o un petrolero. Recuerdo que de pequeño veía los barcos desde la playa y los imaginaba despeñarse por un precipicio cuando llegaban a la última línea, allí donde se unían el cielo y el mar. No sabía adonde se despeñaban, sólo sabía que caían al vacío cuando llegaban al borde, como arrastrados por una catarata enorme, inconcebible, inconmensurable en mi mente infantil, aterradora....ya ha empezado...siento ahogos....mi respiracion se agita...me falta aire.. el corazón se havuelto loco....mareos... miedo...aire... me falta...va mças rápido de lo que pensabe... espasmos cadcavezmeesma difícil escribr npo puedoirespitae...lavistamenubl,a...noconntrlo osd eespasmos....lavbgbiisftta,l mmme nublkA,,n o pu

sábado 12 de agosto de 2006

El Panóptico Poético.

1. Poema del detective panóptico a Flora.

Te vi en donde las calles no tenían nombre para nosotros,
Extranjeros siempre,
Rodeados de sonidos vacíos,
Tan cerca de la gente, hombro con hombro,
En los autobuses, en las calles...¡pero tan lejos!
Sé lo que es eso.
Exiliados viviendo en ciudades extrañas,
Tú con los ojos salvajes de felicidad,
Inundados de Mar Caribe,
Los míos también, pero de otro mar.
Tu corazón lloraba de alegría, viendo
En el niño al hombre que te mataron,
Oyendo en el pechito el latir... de la sangre,
Sangre que quedó fuera....quieta....lejos... reseca
En las paredes de un vil cuartel
De dientes fríos y acerados,
Un cuartel como las fauces de una Bestia
Que destroza y aniquila.
Una Bestia de muchas cabezas,
De muchos cuarteles...

Bailabas con la música
En la Calle Principal,
Abrazada a la vez al niño y al hombre....
-------
En fin, que no pude decirle nada. Estoy seguro de su alegría de volverme a ver, vivo gracias a ella, al gringuito loco, como me llamaba, pero cuando fui a acercarme pesqué una mirada de Flora de insondable tristeza al hijo, una mirada que reflejaba un trance crucial en su alma que la música de los irlandeses del tejado le había desatado como se desata un nudo, y que yo no quería importunar. En ese momento estaba con él.
Me marché antes de que terminara la canción, deseando verla en una Esmeralda libre y próspera como había profetizado el hombre más miope y leído del mundo. Saludos desde el panóptico.

2. Lo que tiene que decir el poeta bolchevique.

Poeta bolchevique: Lo que tengo que decir en primer lugar es: ¡Viva la Revolución! Ahí va eso. Todo lo que cuenta el detective es mentira. Resulta siniestro y morboso, este detective.
David malaguita: El detective ha contado las cosas tal y como las vivió, no como tú, que hablas desde el prejuicio y la servidumbre ideológicas sin enterarte de nada.
P.b. : bueno, dejaré la polémica política contigo para mejor ocasión, aunque sí diré que, si bien te agradezco que me dejes publicar en tu blog, me pareces un jodido aspirante a burguesito sin darte cuenta de que eso serás toda tu vida: un jodido aspirante....jejeje...¡menudo bobo! ¡Si conocieran al malaguita en persona, no darían crédito de lo bobo que es!
D.m. :¡Lo que tengo que aguantar en mi propio blog! Bueno, ¿vas a publicar ya de una puta vez o te corto la luz, comunata de mierda?
P.b. : Bueno, bueno, ya voy. Lo que tengo que decir con respecto a la poesía es lo siguiente:
los poetas son todos unos puercos burguesitos [la aspiración de malaguita, jejeje (D.m.: ¡gilipollas!)], de sensibilidad atrofiada por los algodones y magnificada por la excesiva seguridad de sus mansiones inexpugnables y de los altos muros protectores de sus cuentas corrientes. ¿Por qué les resulta tan monstruoso el dolor y la miseria ajenas? Porque no los padecen ni los quieren padecer, por miedo cerval, porque sólo el pensamiento de ello les hace temblar y sentir mal de terror, pretendiendo conjurarlo transformándolo en obras de arte. Por ello necesitan embellecer la podredumbre y la muerte, la crueldad y la miseria, el crimen y el latrocinio: aburguesándolo, sacándole lustre al dolor humano como sus doncellas sudaméricanas se lo sacan a la plata del comedor, hasta desfigurarlo y corromperlo con su lenguaje elitista. Y es que se da la paradoja de que si uno de estos enfermitos poetas se explaya líricamente en relación con la muerte de un pobre semianalfabeto, hacen un poemita para que no lo entiendan los familiares del fiambre, no, sino para ser exibido desvergonzadamente en galas de amigos refinados que sopesarán cada una de las palabras y metáforas, cada una de sus imágenes y epítetos, hurgando en definitiva en el cadáver podrido del pobre semianalfabeto para sacar de él un placer estético. Sí. Exclamarán: "¡Oh! Está escrito maravillosamente, con un clímax dramático conseguido de forma magistral. Ha logrado que me conmueva." ¿No les parece repugnante? A mí desde luego sí; se me asemejan a hienas con trajes de frac que han perdido el aullido penetrante pero no su atávico comportamiento de devorar postrados la carroña que los cazadores (los poetas burgueses) les proporcionan. Por eso odio esa poesía aburguesada, que sublima los gritos del dolor humanos en un jarrón chino que lucir en el vestíbulo, ese dolor que azota la ñoñez de sus almas.
Este de aquí es mi poema. Poema hecho para el obrero que está en el andamio, para el camarero de pies aplastados, para el conductor que traza estelas por el mapa....para el trabajador en definitiva. Ellos saben de lo que hablo, seguro que me entienden y no como a esos poetas amilbarados que presuntamente les dedican obras, hechas tan solo para su lucimiento personal. No sólo se apoderan de nuestro trabajo para darnos las migajas de lo que producimos, sino que además pretenden darse tono de filántropos (ahora tan de moda en estos tiempos "democráticos") y de ser excelentes personas a nuestra costa.

Poema del bolchevique.

Luz blanca de sol.
Verano.
Atraviesa como espada divina
los cuerpos sudorosos de los obreros,
secando el agua de la sangre,
(limo podrido)
sofocándolos.
Pero el patrón reune las células
que le mata al obrero la larga jornada,
cada una de las astillas de sus huesos
desportillados,
cada molécula de oxígeno ahogada
en los gases de desecho de la digestión que produce
dinero:
(las máquinas las máquinas!)
cada disco de la columna machacado,
cada fibra de los músculos seccionada : CADA GRAMO DE VIDA.
Y los cuenta con la calculadora:
Cada célula cada astilla cada molécula cada disco cada fibra:
CADA GRAMO,
Los reúne sobre el tapete de cuero negro,
Y los cuenta con avidez.
Una y otra vez.
Después manda que los lleven,
cada célula cada astilla cada molécula cada disco cada fibra,
DE VIDA,
Al banco.
Y se marcha
satisfecho
a casa.

En fin esto es todo, espero que os haya gustado. Saludos desde el panóptico.
(Gracias malaguita-capullo por dejarme un hueco en tu blog).

miércoles 9 de agosto de 2006

El detective panóptico: misión en Isla Esmeralda.

El sol de las once de la mañana de un día de verano puede ser bastante molesto. Nada que ver con el de invierno en el que uno gusta bañarse en él arrastrando la silla giratoria hasta la mancha de luz del suelo, y quedarse ahí quieto recibiéndolo en pleno rostro. Pero ahora, en el resolano del despacho y la cascarria de ventilador apenas bufando su aire viciado, estar en mi querido cuchitril del centro de la ciudad se volvía un gesto heroico. Aún esperaba el gran caso, el caso que me haría ganar una fortuna y mover los bártulos hacia alguna zona más agraciada y a un despacho mejor equipado. Pero por ahora, y para aguantar el calor, me había descamisado, mudado mis pantalones largos por un bañador de delfinitos amarillos haciendo piruetas, tomado un anisete con hielo y abierto la puerta del despacho para crear una corriente de aire que ayudara al sudor a refrigerar mi cuerpo sofocado.
De esta guisa me encontró el cliente que golpeó tímido con los nudillos en la puerta abierta, avergonzado de haber interrumpido algo, o dudando de si la dirección que le habían dado era la correcta.
-Pase, pase -le animé- ¿qué desea?
-¿Es usted el detective? -Preguntó con dudas mientras miraba la plaquita informativa de bronce pegada contra la puerta a la altura de los pelos de su cabeza, al mismo tiempo que estudiaba mi facha playera.
-Sí, sí, por favor pase -se sentó-. Perdone que le reciba así pero es que con este calor...uf...¡es imposible! Ah, oiga, y si mientras hablamos se quiere poner fresco, por mí no se corte, puede usted quitarse la camisa y quedarse en calzoncillos si quiere, es toda la comodidad que le puedo ofrecer: mi liberalidad y falta de prejuicios....y un vasito de dulce anisete con hielo, claro...
-No, no gracias, estoy bien así.
El tipo era educado, de color cobrizo y el pelo negro corto ensortijado. Vestía camisa blanca y pantalón ancho gris de tela. Cuarenta y cinco años. Alto, delgado y un acento isleño que me hizo soñar con mujeres en biquini refrescándose en la orilla de cualquier playa de arenas blancas, altas palmeras y aguas turquesas.
-Bien, usted dirá.
-Pues verá, el tema que vengo a proponerle es un tema...delicado y no exento de riesgos, le aviso.
-No se preocupe por ello, ningún tema de los que me dedico está exento de riesgos.
-Sí, pero éste es especial.
-¿Qué tiene de especial su "tema"?
-Bueno mire, yo represento a un grupo de amigos originarios de Isla Esmeralda pero exiliados aquí, en este país, a causa del régimen tirano que los militarotes han impuesto, y.... ante las noticias confusas que llegan sobre la enfermedad del tirano..... ¿se habrá enterado, no?
-Algo he oído - dije con desconfianza ante el cariz político que adquiría el "tema".
-Bien, pues ante esas noticias, nosotros realmente no sabemos que está ocurriendo allá, llenándonos de incertidumbre y ansiadad...compréndalo, son muchos años esperando este momento, este, este...acontecimiento absolutamente histórico -decía con arrebato, acentuando con fuerza las llanas y las esdrújulas-, tan esperado por todos nosotros, ¿no? ¿Pero entonces que pasa? -se preguntó a sí mismo-, pues que el gobierno autoritario de Esmeralda calla -se contestó-. No sabemos, realmente no sabemos nada y necesitamos saber, y por ello he sido delegado para hablar con usted con el fin de contratarlo para recabar la informasión que tanto deseamos.
-¿Qué información?
-La de si el Tirano sigue vivo y en qué condiciones, o si por el contrario ya es pasto de los gusanos, y el régimen pretende ganar tiempo por ver como afrontar la situación y evitar el derrumbe total.
Suspiré fuerte. Bebí de mi refrescante anisete. Me acaricié los pelillos del pecho, frescos de sudor, en actitud pensativa.
-Vamos a ver, no sé quién le ha recomendado a usted venir a mí, pero el que sea debería saber, y haberle avisado, que nunca acepto casos que tengan que ver con la política ni aún de lejos. Además ¿quién me dice, que no trabaja usted para la CIA, eh?, pretendiendo hacer de mí un terminal más de la Agencia...
-No, yo le aseguro...
-Escuche, escuche....además ¿de qué manera pretenden ustedes que yo me entere de algo tan importante y crucial, cuando ni el lacayo más fiel del régimen lo debe saber siquiera? Me sobreestiman ustedes demasiado.
-Bueno, déjeme decirle primero que no trabajamos para la CIA ni nada parecido, se lo aseguro, somos un grupo de exiliados esmeraldinos que queremos saber lo que está ocurriendo en la isla, nada más. Con respecto a usted, bueno, nos habían asegurado que era un detective poco convencional, imaginativo y heterodoxo. Pensamos que quizá un tipo como usted sería el adecuado para este tipo de temas. Ni que decir tiene que será bien pagado. Ahora seis mil, con los que tendrá de sobra para sus gastos y algo más, y a la vuelta con otros seis mil, si tenemos información fidedigna, si no...pues se queda con los primeros miles nada más que por el riesgo de intentarlo, lo cual me lleva a la segunda razón de porqué lo hemos elegido a usted y no a otro: tiene fama de profesional honesto y de que cuando acepta un caso hace todo lo posible por resolverlo, por lo que nos infunde la suficiente confianza de que no se pasará una semana de vacaciones sin mover un dedo a costa de nuestro dinero.
-En eso no le han engañado. Así soy yo: un amante del trabajo y profesional intachable. Es agradable comprobar como la fama me precede....-suspiro-, pero, le diré que sigo sin ver claro el asunto. Necesito un día para decidirme. Le diré mis condiciones: de dinero no hay de qué hablar, acepto lo que me ofrecen, pero tendrá que dejarlo ahí, con su dirección y teléfono, y marcharse. Si acepto no recibirá noticias mías hasta mi vuelta a no ser que necesite alguna información adicional, en tal caso intentaré telefonearle desde la isla con la discreción necesaria y en clave, así que no se sorprenda si le hablo de mi tío Felipe; si no acepto, yo mismo mañana por la mañana le devuelvo el dinero en mano.
El esmeraldino se revuelve en la silla inquieto. Buena señal, si fuese un agente de la CIA habría sonreído ampliamente asegurando que el dinero no era ningún problema.
-Ehmm, perdone...pero eso tendría que consultarlo....compréndalo, no se trata de mi dinero sólo...
-Por favor, por favor, ni media explicación...no habría entendido otra reacción.
-Si me disculpa...
Se levantó y, saliendo a la escalera, llamó por el móvil. Empezó a hablar entre murmullos. Conforme la conversación avanzada se iba acalorando, como si a su interlocutor le pareciera intolerable dejar seis mil euros a un desconocido y largarse, y él le estuviera explicando que le parecía de confianza, y que valía la pena el riesgo....Toda aquella discusión con sordina me dio buena impresión: nada más natural que mostrarse receloso con el dinero de uno mismo. Esto ayudaba a despejar mis sospechas sobre si en realidad iba a ser manejado por alguna oscura organización.
Con el rostro aún alterado, entró de nuevo en el despacho:
-Está bien, aceptamos. Aquí tiene el dinero, mi dirección y teléfono.
-Y su nombre completo por favor.
-Y mi nombre completo -decía mientras lo escribía-, ¿algo más?
-Por mi parte nada más. Desearle un buen día. Recuerde: si a lo largo de la mañana no recibe noticias mías entonces es que estoy volando rumbo a Esmeralda, ¿De acuerdo?
-Bien, si decide aceptar tenga cuidado con quién habla y de qué...toda la isla está llena de oídos del Tirano.
-No se preocupe, sabré cuidarme.
Cuando el esmeraldino salió, telefoneé inmediatamente a mi amigo Paquito, policía que trabajaba en información, para que metiera el nombre del tipo en el ordenador a ver que salía. No salió nada: inmigrante legal, próspero, con un restaurante en la parte vieja de la ciudad y originario de Isla Esmeralda. Nada extraño.
Después llamé al aeropuerto y reservé vuelo para las seis de la madrugada.
El "tema" tenía un cariz innegablemente político, pero era incapaz de dejar a los isleños en la miserable condición de la ignorancia y el desconocimiento. Mi obligación como detective panóptico me decía que debía aceptar...(todo esto sin despreciar los buenos miles que ya de por sí constituían una razón independiente de cualquier otra consideración).

2.

En el aeropuerto de la capital de la isla fui sometido a un interrogatorio protocolario: "¿motivo del viaje?: turismo; ¿nombre de la agencia de viaje?: ninguna, vengo por libre (mirada de desconfianza); ¿tiempo?: nueve días como máximo; ¿algo que declarar?: nada; bienvenido a Esmeralda y que lo pase bien: gracias".

Sin embargo, nada más salir del aeropuerto, ya tenía a alguien asignado para ser mi sombra.

Lo primero de todo fue buscar un taxi y mandarle que me llevara al punto más alto de la ciudad.
-¿Al punto más alto? ¿Quiere que lo lleve al campanario de la Catedral, señor? -preguntó con sorna el isleño.
-¿Al campanario? No, no....yo pensaba en una colina próxima, o un monte, la cuestión es tener una visión amplia de la ciudad, ¿me comprende?
-Perfectamente. Creo que conozco un sitio.
En efecto lo conocía. Una colina en la cual le pedí que parara en una curva que ofrecía a la vista la perspectiva que estaba buscando. Me bajé del coche (una pieza de museo de los años cincuenta), y contemplé la ciudad bajo el sol ardiente, de alturas desiguales, estilos mezclados, el colonial con el frío funcional, y lamida por las aguas del Golfo a todo lo largo de su contorno.
-¿Toda aquella larga línea es el malecón?
-Ese es.
-Debe tener por lo menos cinco kilómetros de largo.
-Ocho, para ser exactos.
-¡Ocho! Pues vamos allá, ¿quiere?
-Pues como no.
Comenzamos a descender.
-¿Es usted español?
- Sí.
-¿Es la primera vez que viene a Esmeralda?
-Sí, la primera.
-Le gustará, ya lo creo...buenas playas, buen ron y buenas hembras...¡más de una se le echará encima y querrá meterse en su maleta! Ya lo verá.
Ya en el malecón, y una vez saldada la cuenta con el taxista, me meto en la primera cantina que encuentro. Se nota que está preparada para recibir turistas: es limpia, y profusamente decorada con elementos marinos. En mitad de ella, sobre la tarima donde descansan las botellas de alcohol y contra la pared al otro lado de la barra, hay un gran espejo con un tiburón pintado sobre él recibiendo al parroquiano nada más entrar. En una esquina un destartalado televisor transmite la reemisión de uno de los discursos más célebres (y largos) del Dictador, "porque la RRRe-vo-lu-Si-ÓN", iba diciendo lenta y enfáticamente el Tirano.
El camarero que se plantó ante mí con una sonrisa amable era más negro que blanco.
-Hola, un anisete con hielo, por favor.
-¿Qué?
-Ah, coño, me olvidaba, ¿qué beben por aquí?
-De todo, pero sobre todo el mejor ron del mundo.
-¿Sí? Pues venga un ron....que sea añejo.
-Un añejo.
Duró poco el dorado líquido en el vaso.
-Amigo, llene aquí, por favor.
.......
-¡Primo! Sírveme otro ¿quieres?....
.......
-¡Hermano! Vente por aquí con la botella, anda...¿cómo te llamas?
-Vladimir.
-¡Ostia! ¡Es la primera vez que veo un ruso negro...!
-No soy ruso, señor, soy esmeraldino...
- Lo que me quedaba por ver...¡brindo por ti, Vladimir, y por la sagrada Revolución!
.......
-¡¡Compañero!! ¡¡Camarada!!, porme, digo... ponme otro roncito de esos tan ricos, anda... ¡Viva la Revolución y larga vida a nuestro amado Líder!
"¡Viva!" Gritaron los nativos, unos con más entusiasmo que otros...Los turistas sin embargo, permanecían callados y serios. Quizá temían verse envueltos en temas de política, ellos, que venían a disfrutar del sol y de lo que surgiera.
Mi sombra observaba con atención la escena. Los isleños lo miraban con desconfianza: sabían que era un lacayo del Tirano. Yo seguía con mi comedia y con el plan que me había trazado en el avión, que consistía simplemente en sacar tajada de la principal debilidad de cualquier régimen totalitario en peligro de descomposición: la propaganda y la necesidad que de ella tenían.
A un chico que andaba por ahí recogiendo las mesas, le dije:
-¡Niño! Sube el volumen de la televisión, que está hablando el Líder mundial de los desheredados de la Tierra, el único que ha sido capaz de enfrentarse a los malditos yanquis y darles bien fuerte en los morros...jajaja...shhh, ¡silencio, silencio....!
Entonces me sumergí en las profundidades del discurso. Me concentré y me dejé llevar por la corriente del populismo salvador. Aquella voz pausada, segura, que remarcaba con astucia los conceptos claves del mensaje, "so-li-da-ri-DAD", "los pueblos sometidos al rrrégimen ca-pi-ta-lis-ta explotador..." Aquella voz que sabía hacer largas pausas dramáticas mientras mantenía el dedo índice tieso, admonitorio, como si fuese un juez o un padre reprendiendo por sus malos actos a los chicuelos, o para avisar de grandes catástrofes si no seguían sus indicaciones, para después apoyarlo en la sién, el dedo, y mirar fijamente a los concurrentes: aplastándolos con la mirada, con su dedo, con su barba de profeta bíblico, en suma: hipnotizándolos. Como a mí, que sentía crecer en mi interior esa llamada de la justicia universal y del bien común, que sentía el odio hacia los miserables imperialistas yanquis, hacia los perros esmeraldinos que traicionan a su patria por pura concupiscencia.....Sí, me estaba poniendo en la onda, en sintonía con el régimen y su mensaje moralista y redentor, jesuítico, para poder cumplir mejor mi misión. Sin embargo, seguía sujeto a mi anclaje interior, a mi punto panóptico...¡no crean que mi alma es tan fácil de vender! Para mi todo formaba parte de un juego, y era menester jugar bien para ganar.
El tiempo transcurrió con rapidez, y se hizo de noche, pero en la pantalla, el Profeta, incansable, seguía perorando.
Yo bebía roncitos mientras permitía a mi mente fascinarse con el Tirano.
Entonces vino a sentarse a mi mesa una mujer: joven, morena, con anillos plateados colgándole de las orejas.
-Hola, ¿cómo es que estás tan solo, chico? ¿No sabes que en este país es delito estar solo a estas horas de la noche?
-¿Qué? - me costó volver a la realidad de la cantina.
-¡Pero oye!, ¿estás un poco borracho tú, no?
-¿Yo? No, que va, es sólo que he visto la luz, sí...acércate, vamos acércate, ¿conoces a ese tío? El de la tele, sí, el barbas...
-Pero oye, ¿tú estás majara? ¡Pues como no lo voy a conocer, corazón!
-Pues puedo asegurar que "ese hombre ha abierto mi mente" -dije citando al ruso del Corazón de las Tinieblas, de Conrad, en referencia al agente Kurtz, o, si se prefiere, a Dennis Hopper en Apocalipsys Now hablando del coronel del mismo nombre. Me salió así. Soy un tanto mitómano. - Sí, la ha abierto como si fuese un jodido abrelatas...¡qué tío, qué labia tiene!
-Pero oye ¿tú de donde eres, corazón?
-¿Yo? ¡Qué importa! Yo era español, pero ahora soy revolucionario, el ciudadano revolucionario, ese soy yo..jajaja..Don Revolucionario García...jajaja...-entonces me levanto con brusquedad- ¡mira lo que hago!, ¡mirad todos! ¡Miradme todos, camaradas! - Todas las cabezas se volvieron. La sombra esbirra no perdía detalle, al fin y al cabo a él iba dirigida toda mi actuación. Entonces me saqué del bolsillo superior de la camisa hawaiana el pasaporte inválido (el válido lo tenía a buen recaudo en lugar secreto de la pequeña maleta) que había dado por perdido cuando solicité otro nuevo, y le prendí fuego delante de todos- ¡A la mierda! Ya no soy español. Yo quiero ser esmeraldino, vivir aquí, en la tierra de la revolución, la tierra de la justicia, trabajar por ella, entregar mi vida por su noble causa...!
Entonces entró una pareja de agentes de la ley y empezaron a aporrearme en la cabeza, "¿a qué vienes provocador? ¿Quieres armar jaleo?". Vestían pantalones cortos y gorras de jugadores de béisbol, y golpeaban con dureza. El lacayo se levantó de su asiento y les mandó que pararan al tiempo que les mostraba su carné de esbirro del régimen. "Llevadlo al cuartel".
Fueron muy amables. Me dieron de comer y buenos cafetitos calientes. Después me invitaron a que les siguiera ante la presencia del esbirro.
-Siéntese. Bueno amigo, vaya show ha armado en la cantina, ¿eh?
-Le pido disculpas...quizás haya sido demasiado efusivo en la demostración de mis sentimientos...
-Nada, nada, no se disculpe. Pero, ¿qué? Ya se le ha pasado ¿eh? ¿A que sí?
- Bueno, si se refiere a si ya no me siento como si estuviera en el Titanic, pues sí, así es, pero si lo que insinúa es que he cambiado de parecer en lo fundamental, entonces le tengo que decir que no. Quiero quedarme en este país, pedir asilo político como refugiado del capitalismo criminal y morir por la noble causa que representa Esmeralda en todo el mundo.
-¡Pero es usted español! ¿Ya no quiere seguir siendo español?
-No quiero, además he destruido mi pasaporte. Ya no puedo marcharme de aquí.
-¡Pero eso no es problema, mi amigo! En su embajada sabrán como ayudarlo.
-No quiero que me ayuden. Quiero renunciar a mi nacionalidad española y pedir la esmeraldina.
El esbirro no lograba salir de su pasmo. ¿Dónde estaba el truco?, parecía inquirir su mente. Estaba hasta los cojones de ver como sus compatriotas soñaban con huir de la patria como ratas... y ahora viene este..imbécil..., del mundo orgullosamente burgués y opulento de Europa, diciendo que quiere renunciar a su nacionalidad para hacerse esmeraldino...¡inaudito!, ¡completamente inaudito! En todos sus años de servicio no había visto nada igual. Sin saber muy bien por qué sintió ira.
-Pero, ¿¡está usted en sus cabales!?
-¿Cómo? ¡Usted!, precisamente usted, un servidor del socialismo ¿me pregunta eso?, ¿cómo se llama?
-¿Yo? -de repente sintió miedo- Lázaro.
-¿Cómo es posible, camarada Lázaro, que me acuse de no estar en mis cabales, a mí, un trabajador, un esclavo del capitalismo que ha estado enajenado toda su vida amando sus cadenas hasta el día de hoy en que ese Gran Hombre, esa Mente Preclara, me ha hecho ver la verdad? ¿Cómo es posible, camarada Lázaro, que le sorprenda tanto?
-Bueno, ya está bien, ¡cállese!
El camarada Lázaro salió ofuscado del despacho, "¡Pendejo!", oí que exclamaba con rabia en el pasillo.
Pasó mucho rato antes de que volviera el esbirro acompañado de un militar de alta graduación.
Se sentó enfrente de mí, el militar de alrededor de cincuenta años y un lunar en la mejilla derecha, y me estudió con detenimiento antes de arrancarse:
-Me ha contado el compañero su caso particular. Su renuncia a su nacionalidad española y su deseo de ser esmeraldino, y todo eso....¿lo corrobora?
-Completamente. Pero miren estoy cansado y quiero dormir...pero ni siquiera tengo habitación en ningún hotel.
-No se preocupe por eso, enseguida le llevarán a un hotel de la ciudad donde podrá descansar, pero antes dígame, ¿estaría dispuesto a contar su caso en la televisión y en la radio del Pueblo, como ejemplo edificante en estos tiempos tan difíciles y cruciales que vive la patria?
-¡Desde luego, y ahora mismo si quiere! Estoy a su entera disposición.
-¡Estupendo! Le puedo asegurar que no habrá ningún problema ni impedimento con su nacionalización si colabora y demuestra la sinceridad de sus convicciones.
-Quisiera demostrárselo ahora mismo.
-No se impaciente. Tendrá su oportunidad. Ahora le llevarán a un hotel, y mañana por la mañana le irán a recoger, ¿de acuerdo?
-Totalmente, camarada. Y reitero: estoy a su entera disposición.

Al llegar a la habitación 240 de la segunda planta de un hotel como otro cualquiera, me percaté enseguida de que mi pequeña maleta había sido registrada. Sin embargo el pasaporte seguía allí, en su escondite secreto, así como la cámara de fotos digital del tamaño de un paquete de cigarrillos.


3.

A la mañana siguiente me despertó el golpeteo decidido en la puerta.
Eran los esbirros, dos mulatos altos, que venían a buscarme.
Me duché y me vestí.
-¿No tiene usted algo más sobrio? -dijo un esbirro señalando mi camisa.
-¿Qué le pasa? -era una de las cuatro camisas hawaianas que había echado en la maleta.
-Es demasiado llamativa. Parece usted un maldito yanqui de vacaciones en las Bahamas.
-Pues es todo lo que tengo.
-¿Y de pantalones?
-Todas bermudas floreadas.
Dirigiéndose al otro:
-Alfonsito, baja y encárgate de traer algo decente para el españolito compañero, -Alfonsito salió.- Tiene usted mucho que aprender, mi amigo.
-Todo, camarada, tengo que aprender todo.
Me miraba con ojos brillantes, con un punto de fascinación en sus ojos untuosos:
-¿Y como se vive allá?
-¿En España? ¡Puaj! Aquello es un infierno camarada, un engaño vil, un señuelo para la clase trabajadora que se deja pescar por el relumbre de sus ciudades, sus coches y sus urbanizaciones, ¿pero quién disfruta de ello?, ¿eh?, ¿quién? Los de siempre, los capitalistas; los demás trabajamos para que ellos se den la gran vida. Pero eso aquí en Esmeralda no pasa. ¡Esta es la tierra del socialismo, la igualdad, la justicia!
-Claro, claro...-decía el esbirro mirando la moqueta del suelo.
El otro no tardó en llegar con una camisa blanca resplandeciente y un pantalón caqui.
Me vestí y salimos camino de los estudios de televisión en donde debía aparecer en el informativo estrella del mediodía.
Al llegar alli, vi al lacayo Lázaro:
-¡Camarada Lázaro! ¿Ha venido usted a asesorame?
-Justamente, me han asignado para ayudarlo en todo lo que sea necesario.
-Bien, bien, ya verá como nos divertimos.
Me lanzó una mirada oblicua. No acababa de tragarse el cuento de mi conversión.
La entrevista transcurrió estupendamente: repetí ante las cámaras de la televisión del Pueblo ,con convicción fanática, mi deseo de declarame "Refugiado Político del Capitalismo Criminal", que solicita humildemente ser aceptado en la Isla del Socialismo, renunciando voluntariamente a la nacionalidad española, explotadora de pueblos durante siglos, además de agradecerle a Nuestro Amado Líder el que bajo su atenta y bondadosa guía, esta Isla, que puede pasar por insignificante, sea considerada en todo el mundo como el ejemplo de lucha a seguir por lo pueblos sometidos, y muy especialmente los sometidos por el repugnante y nefando imperialismo yanqui: el paraíso de los capitalistas y el infierno de la clase trabajadora.
Todas estas cosas dije y muchas más, por lo que, imaginarán, mi intervención fue un éxito clamoroso. Los esbirros del partido se frotaban las manos por la repercusión mundial que provocaría mi perorata, que ellos distribuirían por todas las televisiones del planeta...¡por fin uno procedente del opulento capitalismo se atrevía a dar el paso!: entre el goteo constante, que no sabían como tapar, de los balseros y su lamentable imagen huyendo del paraíso socialista, el que alguien se declare refugiado político del capitalismo era más de lo que podían soñar.
El militarote de la víspera sonreía exultante:
-¡Mi hermano, ha estado usted fantástico, maravilloso!...me ha recordado esa frase célebre...que tuvo que haber sido dicha por un comunista ejemplar, sí...aquella de: "Las revoluciones profundas, de largo curso y huella duradera, no la hacen los escritores sino los oradores"...sí señor, ha sido un discurso electrizante, conmovedor...¿y sabe que es lo mejor de todo? Pues que ha llamado personalmente Nuesto Amado Líder para decirme que desea conocerlo a usted inmediatamente, ¿qué le parece?
-Pero, ¿sigue vivo?
-¡Pues claro!, qué pensaba...además le diré en confidencia que tenemos esbozado un plan para hacer de Nuestro Amado Líder un ser inmortal.
-¿Inmortal? Pero eso sería maravilloso.
-¿Verdad que sí? Pero vamos, no lo hagamos esperar. Puede llegar a ser muy colérico. Ya sabe: ¡el genio de los hombres singulares! -dijo apretando los puños y los brazos como signo de fuerza y vigor.
-Desde luego.
El esbirro Lázaro permanecía en silencio, observándome.

4.

El coche que tomamos era un lujoso Mercedes negro que marchó con rapidez siguiendo la línea de los rompientes del malecón, con las espaldas de muchos ciudadanos sentados frente al mar pasando ante nuestra vista. Nos paramos ante una verja custodiada por hombres armados. Como esa vendrían más. Pero todo se abría ante nuestro paso con suavidad y sencillez.
Llegamos a un edificio cuadrado rodeado de bellos jardines y césped, de poca altura y sin pretensiones, aunque pulcro y moderno.
Cruzamos pasillos plagados de guardias que se cuadraban nada más vernos, hasta que el militarote se paró delante de una puerta. Agarró el pomo, suspiró y la abrió.
Allí estaba. El Tirano. El Dictador de Esmeralda. Adelantándome a las presentaciones me lancé a la figura fláccida y borrosa sentada en una mecedora, cogiendo sus manos:
-Mi querido dictador, ¿cómo se encuentra usted? Es un honor conocerle, pero...¡joder! ¿Y su pelo?, ¡dios mio! ¿y su barba mesíanica? Si parece usted un bebesín, ¿sabe usted a quién me recuerda? Pues al Tito Paco español. Él también la diñó consumido y calvo enteramente. Lo que son las cosas.
El Tirano a duras penas puede hablar.
-¿Quién es es-te imbé-Sil?
El militarote se acercó encorvado sobre sus riñones:
-Señor, es el refugiado político español.
-¿Este?
-El mismo, querido abuelito -dije yo con ínfulas-...pero si fuera tan amable...¡oh, sería tan importante para mí!...una fotito tan sólo para el recuerdo..¡Camarada Lázaro!, por favor, tome -me saqué la cámara del bolsillo y se la puse en la mano al esbirro- ya sabe ¿no?, sólo tiene que pulsar aquí y ¡plash! listo, así de sencillo...¿podrá hacerlo camarada Lázaro? Seguro que sí... Querido abuelito, repita conmigo por favor: pá-tá-tá. -le eché el brazo por los hombros.
-Bá-tá-tá -repetía como un idiota el Tirano. ¡Plash!, el esbirro Lázaro pulsó el botón. Fui hacia él y le arrebaté la cámara. Aquella foto valía seis de los grandes, como decían en las películas.
-Abuelito dictador, permítame que le manifieste mi absoluta admiración por su personalidad: le puedo asegurar que rendiré un sincero culto a ella, que seré fiel hasta la muerte, ¡hasta la muerte siempre! Eso es.
-Bien, bien -murmuraba el viejo calvo con voz débil- así me gusta, ahora déjenme descansar.
-Pero abuelito, ¿permitirá usted que pueda ser ciudadano esmeraldino?
-Sí, sí, déjenme ahora...necesito descansar...-y empezó a roncar con la baba colgándole de la boca y la cabeza torcida.
Nos marchamos.

5.

El secuaz Lázaro me buscaba para matarme.
Escudriñaba los soportales en la oscuridad de las noches de Luna sobre el mar rugiente, entró a saco en todas las habitaciones de todos los hoteles de la ciudad, pateó las desvencijadas puertas de las casas de los opositores conocidos, puso a todo un ejército de espias lacayos trabajando a destajo, oyendo, sonsacando... Estaba rabioso y soñaba con torturarme hasta la muerte.

Después de conseguida la prueba acerca del estado de salud del Tirano, que mostraría a mis clientes exiliados y que daba término a mis actividades profesionales en la Isla, quise volar enseguida de vuelta a la querida familiaridad de mi despacho céntrico y a los churros anisados del egregio Juanito. Pero me fue imposible. Las autoridades esmeraldinas no me lo permitieron por más que yo esgrimiera excusas familiares, particulares y de toda índole, además de jurar y perjurar por todos los dioses de la Revolución de que volvería lo antes posible. Nada, ni caso. Tras la repercusión mundial de mi conversión a las filas de Nuestro Amado Líder, no querían arriesgarse a hacer el ridículo por haber confiado tan ciegamente en un loco que a saber lo que diría a la prensa nada más pisar suelo español. No, no podían arriesgrase y por ello mi vida, cada día que pasaba, valía menos. ¿Mi embajada?, ni pensar en intentar llegar a ella. Un cordón de seguridad invisible debía blindarla para mí. Por otro lado, mi país ya no mostraba el menor interés por el ciudadano panóptico: ya me creían un feliz esmeraldino viviendo bajo las bendiciones del cielo socialista.
Tuve que huir.
Me eché al monte que allí se llamaba Sierra Maruchi, y me uní a un grupo de guerrilleros por la libertad, todos desarrapados barbudos (excepto las mujeres, a dios gracias) y fumadores de puros impenitentes. El jefe era un personaje carismático con gafas de culo de vaso que se jactaba de haber leído todos los libros del mundo. Me pareció un tipo panóptico a su manera. Afirmaba de sí mismo haber visto la luz de la verdad el día en que sorprendió al Tirano levantándose los pantalones después de soltar los zorullos más apestosos y repugnantes que había visto de toda su vida. A partir de aquel día, cada vez que asistía a uno de los interminables discursos del Amado Líder, no lo veía a él tras su larga barba ocultando la boca orante, sino a los enormes zorullos como salchichas alemanas escupiendo estupideces sin fin, y se preguntaba: "¿pero cómo he llegado a ser un esclavo de esta mierda de tío?".
Cada cual tenía su historia alli. Como Flora, que se unió al hombre más miope y leído del mundo después de que a su marido lo colgaran por los huevos hasta la muerte los esbirros del Amado Líder.
Flora decía que en breve saldría en balsa para Yanquilandia, donde tenía un hijo viviendo con unos familiares que lo sacaron de la Isla mientras ella purgaba sus faltas en las cárceles del régimen.
La chispa surgió... ¿cómo decirlo?... de manera salvaje, como la válvula de escape de una olla a presión demasiado tiempo cerrada herméticamente. Para ella yo era un extranjero, una persona que no tenía nada que ver ni con sus penas ni con sus luchas, una persona neutra con la que le resultaba sencillo hablar, reir y follar todas las noches sin excepción.

El día que partimos en balsa, el hombre más miope y leído del mundo, nos abrazó fraternalmente y auspició que nos volveríamos a ver en una Esmeralda libre y próspera. Brindamos por ello con ron y nos echamos a la mar.
Pero la mar nos fue hostil: grandes olas azotaban la débil embarcación. El fuerte viento hacía volar el pelo negro y rizado de Flora. Eso es lo último que recuerdo: su pelo levitante recortado contra la cresta de la ola que se nos venía encima. Después la oscuridad.

En el hospital de Miami donde me recuperaba solo pudieron decirme que estaba viva, pero nada más.
Vino a visitarme el Embajador que quiso conocer todas mi peripecias: yo le conté sólo lo que me dio la gana, la mayoría cuentos chinos con que entretenerlo.
En cuanto me recuperé cogí mis escasas pertenencias: la pequeña cámara de fotos y el montón de billetes, que había llevado fajados alrededor de la cintura en material impermeable, e inquirí entre los del exilio el paradero de Flora. La mayoría de ellos desconfiaban de mí. No podían borrar de sus retinas mi intervención en la televisión del Tirano declarándome pomposamente como Refugiado Político del Capitalismo Criminal. Para compensar, les mostré la foto del Dictador babeante, calvo e imberbe, que les produjo una risa furiosa y vengativa. Al final, logré que me dieran la dirección de su hijo en Los Ángeles, a donde ella había ido.

Al principio no le di importancia, pero luego me picó la curiosidad y permanecí sobre la acera con la cabeza levantada mirando hacia el tejado del edificio al otro lado de la calle, como todo el mundo. Había policías que iban y venían, hablando con las caras vueltas hacia los audífonos de los walkies, prendidos de las solapas de las camisas azules. Había sirenas y cadenas de televisión. Bien, era evidente que estaba en yanquilandia en donde todo se convertía en espectáculo.
Ya me iba, reanudando la búsqueda de la dirección que me habían dado en Miami, cuando la música empezó a sonar..¡joder, pero si eran los malditos chicos de U2! ¿Qué coño estaban haciendo allí arriba? ¡qué cabrones!, estaban tocando en mitad de la calle, encima de lo que parecía un almacén andrajoso, para todos los ciudadanos que tenían la fortuna de pasar por allí en ese momento, como yo....y como ella. Sí, allí estaba. Reconocí su espalda al instante, su pelo largo ondulado, ese que se había quedado grabado en mi mente como lo que creí iba a ser la última imagen que me llevaría al otro mundo. Pero allí estaba, bailando, moviendo las caderas y el trasero como ningún gringo podría hacerlo jamás, feliz, exultante y sonriendo a un niño pequeño en sus brazos....

U2 - Where The Streets Have No Name

jueves 3 de agosto de 2006

Leyenda china: el cielo y el infierno.

Chuon Lee amaba a Lia Pong, pero ésta no amaba a Chuon Lee sino a Liu Chen, por lo que el primero creía vivir en el infierno y el segundo en el cielo, considerando uno y otro a Lia Pong como la encarnación del mismo. Pero al ser la carne de Lia Pong finita, en contraste con el éter infinito, sólo uno de ellos podría estar en los brazos del cielo, siendo el otro necesariamente arrojado a las soledades del infierno.
Al sentirse expulsado, Chuon Lee se marchó a las montañas, a las cumbres boscosas donde nacían las fuentes de los ríos que irrigaban aquella región, llevándose el infierno consigo. Y se puso a meditar, buscando en su corazón alguna salida a la encrucijada que lo acuciaba. Pero de tanto pensar en el cielo de Lia Pong, se empachó de él, comenzando a despreciarlo, al cielo, sin que él violentara en nada sus sentimientos para ello. Entonces sus oídos se abrieron al canto de los pájaros en los amaneceres rojos de las cumbres, al rumor del viento susurrando a través de las lenguas de las hojas en los días del otoño, al frío intenso del invierno que le obligaba a descender al valle para pasarlo junto al río, pescando en sus aguas la trucha que lo alimentaba. Y empezó a sentirse muy a gusto en el infierno de su soledad, tanto que empezó a amarlo, al infierno, creyéndose demonio.

Un invierno en que Chuon Lee pescaba en el río del valle se encontró con Liu Chen que a pesar de vivir en el cielo de Lia Pong se sentía triste y desdichado.
-¿Pero cómo es que estando tú en el cielo estás triste, y yo que habito en el infierno soy feliz?- le preguntó Chuon Lee atónito.
-No lo sé. Puede que Lia Pong ya no me quiera, o que yo no la ame a ella. No lo sé.
Aquel invierno fue caviloso para él.
Con la primavera subió a las montañas y continuó cavilando. Y comenzó a sentirse desgraciado de nuevo a causa de Lia Pong. Al ahondar en ese sentimiento supo que su tristeza renacía a la par que sus esperanzas de estar con ella. Por lo tanto era el deseo lo que lo sumía en un estado de agitación angustioso que no le permitía disfrutar de la explosión de la naturaleza en las cumbres. Si el deseo era el culpable, entonces debía matar al deseo. Pero, ¿cómo? La primera respuesta obvia consistía en matar a Lia Pong, la fuente del deseo: "si la solución es matar el deseo y el deseo es Lia Pong, entonces tendré que matar a Lia Pong", concluyó. Desgraciadamente, esta manera tan expeditiva de actuar podría traerle consecuencias desagradables.... por ejemplo que Liu Chen quisiera vengarse y lo buscara por las cumbres alterando así su felicidad en su infierno de soledad; o que las autoridades de la aldea montara alguna partida de búsqueda provocando asímismo la indeseada agitación en el estado de cosas que él quería mantener intacto a toda costa. No encontraba solución al problema por lo que su desazón e infelicidad se acrecentaban día a día. Lo peor era cuando, cediendo a un momento de debilidad, abrazaba la idea de intentarlo con Lia Pong, ahora que con Liu Chen la cosa flojeaba, pero, ¿y si después de nuevos sufrimientos y angustias Lia Pong seguía sin hacerle caso? O, ¿y si lo de Lia Pong y Liu Cheng fuera una crisis pasajera? ¿Volvería a recuperarse él de esa nueva decepción o sería definitiva, dejándolo abatido para siempre?
Pasó la primavera y vino el verano. Entonces, paseando por la cara oeste de la que sentía era su montaña, se encontró con otro ermitaño de más edad al que nunca había visto antes, y que meditaba, en la posición del diamante, con la espalda apoyada en un árbol. Respetuoso como era con la soledad de los demás, quiso marcharse sin molestar pero, desgraciadamente, pisó una rama que crujió, lo cual hizo que el párpado cerrado derecho del ermitaño se moviera apenas perceptiblemente. Entonces, preguntó:
-¿Quién eres?
-Un ser desgraciado.- respondió.
El ermitaño abrió los ojos, cálidos del color de la corteza de los árboles.
- Sí, eso parece. Y sin embargo, en la estación pasada y en la anterior, te vi sosegado y con paz de espíritu, allá en la cara Este...., tú no me conoces, pero yo te llevo observando desde que llegaste a estas cumbres, agitado y triste, como estás ahora.
- Antes vivía feliz en el infierno de mi soledad, lejos del cielo de Lia Pong, sin embargo ahora ya no sé que es el infierno y qué el cielo. ¿Lo sabes tú, Maestro? Pareces sabio. ¿Sabes qué es el cielo y qué el infierno?
-Sí- replicó simple el Maestro.
-¿Qué es? Te lo suplico, dímelo.
El Maestro lo miró con benevolencia y bondad, sonriendo con su mirada color miel. Entonces se levantó.
-Sígueme.

Y Chuon Lee lo siguió. Lo siguió cuando descendieron la ladera de la montaña, lo siguió cuando vagaron por los prados frondosos donde pastaban los caballos salvajes, lo siguió cuando cruzó ríos caudalosos y subió riscos escarpados hasta llegar, incontables días más tarde en los cuales apenas se habían dirigido la palabra (eran dos seres que amaban la soledad y el silencio), hasta una aldea extraña en la cual, de cada hogar, salía muchos gritos y quejas inconsolables. El Maestro, siempre sonriente, invitó a Chuon Lee a que mirara por la ventana de una de aquellas chozas. Lo hizo con las ansias del buscador de tesoros, viendo como un grupo de personas lloraban y se mesaban los cabellos alrededor de un gran caldero rebosante de comida, del cual, sin embargo, no podían comer a causa de la extrema largueza de los mangos de las cucharas que hacía inalcanzable a sus bocas el extremo ahuecado de caldo caliente. Todo era desesperación allí. Gritos desoladores y quejas a los dioses.
-Esto es el infierno.- Dijo el Maestro. -Sigamos.
Y siguieron hasta la aldea vecina, no muy lejos de allí. Aquí la situación era muy diferente: si bien en mitad de las chozas se encontraba el mismo caldero, y los hombres y mujeres portaban las mismas cucharas largas, que tanto desesperaban a los otros, sin embargo ellos habían aprendido algo que sus vecinos no habían logrado aprender: alimentarse los unos a los otros. En efecto, ante la imposibilidad de alimentarse por ellos mismos, miraron a sus compañeros no como competidores sino como colaboradores. La alegría, las risas y los gestos relajados inundaban las chozas de aquella aldea.
-Esto es el cielo.- Dijo sonriente el Maestro. -Yo te he mostrado el cielo y el infierno, ahora tú tendrás que decidir si te sirve de algo o no.- Y dicho esto se volvió y siguió hacia el este.
- ¿Pero, no vuelves conmigo, Maestro?
-Yo soy como las aves. Nos veremos la próxima primavera....quizá.- Añadió sonriendo enigmáticamente.

Chuon Lee, en el camino de vuelta, se paró de nuevo en la aldea del infierno: allí seguían en sus sufrimientos aquellos seres, aferrándose a sus cucharas por miedo a que les quitaran lo que ellos no podían disfrutar; derramando constantemente el alimento cada vez que la hundían en el caldero, en una operación infinita y desesperante.
Durante todo el viaje de retorno, no paró de reflexionar acerca de esta nueva perspectiva de lo que era el cielo y el infierno, y se afanó por aplicar las enseñanzas que el Maestro le había mostrado a su caso particular: ¿cuál es la clave - se preguntaba- de todo el asunto? ¿Por qué los habitantes de una aldea vivían en el infierno y los otros en el cielo? La colaboración, se contestó de manera suave. La ayuda que se prestan entre sí, supliendo de esta manera, en el esfuerzo del grupo, sus limitaciones. Entonces, ¿cómo recuperar la tranquilidad de mi alma, el sosiego de mi espíritu que el pensamiento de Lia Pong me ha vuelto a robar? Veamos -pensaba Chuon Lee sesudamente mientras cruzaba ríos y valles-, cuando yo era feliz solo en la montaña lo era porque no tenía esperanza de estar con Lia Pong, pero entonces me encontré con Liu Cheng y su desgracia hizo reavivar la esperanza, y con ella el deseo que desemboca en la desesperación de la insatisfacción, como en la aldea del infierno, pero si la clave de la felicidad de la aldea del cielo es la colaboración, entonces, ¿por qué no colaborar con Liu Cheng y Lia Pong para arreglar sus problemas? De esta forma, ayudándolos a ellos a ser felices, perdería de nuevo toda esperanza de estar con Lia Pong, procurándome así mi propia felicidad en el cielo (que no el infierno) de mi soledad, ya de nuevo imperturbable.....
Y de esta manera, el joven filósofo, avivó el paso contento, creyendo haber encontrado la solución a todos sus problemas, aunque, como le diría el ermitaño a la primavera siguiente en que se reencontraron en la montaña, las cosas nunca son tan fáciles de resolver como uno las imagina, y es que Lia Pong, fascinada por la sabiduría y bondad que había adquirido Chuon Lee en la soledad de las montañas se enamoró de él perdidamente, complicándose todo de nuevo de una manera totalmente insospechada.

(la leyenda: http://www.redmarcial.com.ar/fabulas/leyendachina.htm).

lunes 31 de julio de 2006

Las sufridas pelotas del hijoputa gilipollas.

Cuando el sábado por la noche en la disco, bajo las luces estroboscópicas, el hijoputa le dijo al cabrón que se cagaba en sus muertos, el cabrón lo cogió por las pelotas y se las apretó hasta que la cara del hijoputa pasó por todos los matices de malva, púrpura y morado oscuro. Entones soltó, y cuando lo tuvo en el suelo, el cabrón le pateó los riñones al hijoputa. A partir de aquel día añadiría al sobrenombre de hijoputa el apelativo de gilipollas. El hijoputa gilipollas. Pues bien la novia del hijoputa gilipollas intentó arañarle la cara al cabrón, pero la respectiva de éste, la cabrona, no se lo permitió, y más bien fue ella la que salió tatuada en su hermosa cara de hijaputa. Entonces, la hijaputa gilipollas cogió al hijoputa gilipollas y se lo llevó a la playa donde le hundió las pelotas monstruosas en las tibias aguas de Neptuno. Pero éste, al sentir sobre su divino seno tan espantoso aparato tumefacto, se indignó ante la falta de respeto evidente mostrado por la pareja de hijoputas gilipollas y les mandó al japuto, el macho de la japuta, que es un " f. Pez teleósteo del suborden de los Acantopterigios, de color plomizo, de unos 35 cm de largo y casi otro tanto de alto, cabeza pequeña, boca redonda, armada de dientes finos, largos y apretados a manera de brocha, escamas regulares y romboidales, que se extienden hasta cubrir las aletas dorsal y anal, cola en forma de media luna, y aleta pectoral muy larga. Vive en el Mediterráneo y es comestible apreciado"....sí, y muy cabrón también, como el cabrón de la disco. Cuando el japuto cabrón llegó adonde flotaban plácidas las pelotas del hijoputa gilipollas, (¡qué mala suerte coño, ahora que empezaba a sentir alivio!), con esa "boca redonda, armada de dientes finos, largos y apretados a manera de brocha", le dio un mordisco fatal que hizo que el hijoputa gilipollas levantara la vista con ojos lacrimosos y boca torcida a las estrellas, deseando morirse de una puta vez. Mientras el hijoputa gilipollas miraba hacia arriba, la hijaputa gilipollas miró hacia abajo y vio al japuto cabrón con las bolas del hijoputa gilipollas entre esos "dientes finos, largos y apretados a manera de brocha", entonces la hijaputa gilipollas, que por algo era gilipollas, se dejó llevar por el arrebato de la pasión al ver de qué manera tan inapropiada peligraba (¡con tanto cabrón suelto!) el placer que la hacía gemir: "¡oooh, aaah, uuum!", y con mano fuerte y puño apretado, le lanzó un gancho de derecha con pretensiones de romperle los piños al japuto cabrón que, además de cabrón, era avezado y sinuoso como demostró al soltar las pelotas del hijoputa gilipollas en el último momento, viniendo a impactar el derechazo de la hijaputa gilipollas contra las pelotas de su amado...el hijoputa gilipollas. Mientras el japuto cabrón se alejaba silbando "Soy la Reina de los Mares" (y es que este " f. Pez teleósteo del suborden de los Acantopterigios, de color plomizo, etc....", era un poco maricón), el hijoputa gilipollas la miró con desesperación dolorosa y, con un punto de amargura y rabia, le gritó desairado: "¡¡Pero serás hijaputa gilipollas!!" Entonces empezó a llorar contrita, no por las aporreadas pelotas de su adorado sino por: ¡a ver donde ella iba a encontrar ahora a otro hijoputa gilipollas que la hiciera gemir: "¡Aaah, oooh, uuum!" Pobre. Y es que no era fácil encontrar a otro que reuniera tales características. Por eso decidió esperar con santa paciencia (y algún que otro dedo, por no hablar de ciertas alegrías de la huerta) hasta que le retiraran la escayola de las pelotas a su bienamado hijoputa gilipollas que, como era gilipollas, al sábado siguiente, luciendo un bonito pantalón ajustado a la altura de la entrepierna (por dejar patente al respetable que había vuelto) volvió a cagarse en los muertos del cabrón, que le agarró de nuevo las.....en fin, lo que les pasa siempre a los hijoputas gilipollas: que no aprenden.

miércoles 26 de julio de 2006

Relato tragiporno gore: El Emperador y la campesina.

El Emperador yacía laxo sobre los cojines de brocado con motivos florales, envuelto en finas y acariciadoras sedas volátiles traídas desde las tierras más allá de las montañas y el Gran Río, al norte brumoso, cuando, después de mucho escrutar la madera colorista del artesonado cuadriculado del techo de la Gran Sala Imperial, mandó callar con un gesto lánguido de su mano derecha a los músicos y, con voz asténica, informó a la Corte, siempre expectante de sus palabras, sobre cuán grande era su aburrimiento y hastío, y que quizá le apeteciera dar un paseo en palanquín por las tierras de su reino, ahora que con la primavera las tardes se tornaban agradables y los campos hermosos de contemplar.
Rápidamente todo estuvo listo para la excursion del Emperador: la guardia formada y los palanquineros junto al bello habitáculo dorado, mullido de cojines y almohadones, a la espera de su señor, ante el cual, al cruzar el umbral del palacio seguido de un enjambre de cortesanos, agacharon la cabeza como muestra de sumisión y respeto.
La marcha de la comitiva del Hijo del Cielo por los caminos levantaba una nube pulverulenta dorada en el crepúsculo de la tarde, dajando atrás miserables casas grises como islas en mitad de campos de cultivo, en los que se veían las espaldas encorvadas de los campesinos recogiendo el grano con sus cabezas ocultas bajo los tocados picudos. Uno de éstos observó con preocupación el paso del cortejo. Recordó a su hija que había ido a bañarse al lago cerca de la Pagoda, residencia de verano de Su Majestad. Pero éste miraba displicente el trabajo de sus siervos sin más preocupación que su tedio y vacío. Aun su desgana, sin embargo, ocurrió uno de esos casos misteriosos de sincronización (o coincidencia, dirán los excépticos) ya que, sin tenerlo planeado, le asaltó el capricho repentino de ir a la Pagoda junto al lago. Dio las órdenes pertinentes.
Después de un trecho de camino de tierra, cuyo polvo levantado le obligaba a taparse la boca con un pañuelo suntuoso, y tras un recodo, apareció el inmenso lago tras los árboles puntiagudos, reverberando sus aguas como miles de cristales de ensueño en la tarde que ya declinaba. Entonces, la presión que venía sintiendo en la vejiga le pareció lo suficientemente molesta como para mandar parar, bajarse de su trono portátil, y buscar entre los árboles uno adecuado para aliviarse. Cuando lo hubo hallado se dispuso a desagüar cuando el leve pisar de la hierba lo paralizó. Miró a su derecha y en un principio no ubicó el trazado negro que se movía sigiloso entre el verdor de la floresta. Pero cuando vio el perfil reconcentrado ya no le cupo duda: era un tigre. El miedo que sentía era grande, como nunca antes en su tranquila vida palaciega había tenido oportunidad de sentir. La sangre se le desmandó en las venas y el corazón la lanzaba con violencia por todo su cuerpo electrizado. Sintió pánico de que el tigre lo escuchara golpear contra la caja torácica. Pero éste, encorvado y lento en sus movimientos, parecía estar interesado en otra carne que, por la dirección que tomó el animal, pudiera estar a la orilla del lago. Allí dirigió la mirada y efectivamente la vio, tras unas cañas y matorrales, a una muchacha desnuda recién salida de las aguas como una diosa, de pechos turgentes y temblorosos, de piel rosada al últimpo rubor de la tarde, de cabello largo y negro, como el vello abundante del pubis. Le pareció hermosa como ninguna de sus cortesanas de modales afectados y protocolarios que habían terminado por repugnarle. Le pareció salvaje y apetitosa...como al tigre, que seguía acercándose camuflado entre el abundante follaje y que cuando la tuvo como a seis metros de distancia se abalanzó sin darle más tiempo a la muchacha que para un solitario y único alarido de terror antes de enmudecer su garganta entre las fauces del animal, apretándola, sintiendo la bestia el sabor de la sangre que manaba de la carne desgarrada, hasta que cesó la agitación espasmódica del cuerpo juvenil y perlado de gotas de la mujer. Entonces, después de mirar en derredor con precaución, empezó a devorarla por la cavidad abdominal, metiendo su enorme cabeza de felino entre las vísceras palpitantes de un cuerpo abierto como una flor de sangre. El Emperador, que estaba hipnotizado ante lo que veía, sintió como su miembro, todavía fuera, aunque sin llegar a derramar ni una gota de orina, empezó a recibir la sangre que corría desbocada por su cuerpo, erigiéndoselo, confundiéndose en ese bullicio violento de sensaciones el miedo atroz con el placer sexual: la consumación del éxtasis por medio del poder.
Él era el Emperador, el tigre.
Aquella misma noche, de vuelta en su palacio, mandó ansioso buscar por una campesina bajo pena de muerte si su deseo no era satisfecho, aunque para ello tuviera que ser arrancada del lecho de su marido. No importaba que fuese virgen o no, con tal que fuese joven y hermosa, como la desdichada del lago. De esta manera se abrió una puerta al infierno en aquel país en cuya dirección miraban cada mañana todos los hombres de la Tierra esperando ver salir el sol.

Así empezó su periplo sangriento, asolando aquellas tierras en busca de mujeres jóvenes que satisficieran su sed inagotable de espanto y placer doloroso cada noche de pesadilla en el que los gritos se adherían a las paredes del Palacio, penetrando en cada entraña, maldiciéndolo para las generaciones venideras que no quisieron habitar en él después de que se empezaran a conocer los relatos sobrecogedores de cómo el Emperador rajaba con afilado estilete los tersos cuerpos humedecidos todavía por el baño perfumado a las que obligaba a sus víctimas, e introducía su cabeza en la cavidad cálida y temblorosa de vida aún, y con los dientes desgarraba órganos, venas y tejidos, como el tigre poderoso en el que se transfiguraba, y cómo entonces, en medio del horror, experimentaba la lujuria salvaje y la embestía con la cara embadurnada de rojo espeso carmesí hasta la consumación final.
Después se quedaba dormido entre los despojos del sacrificio.
De esta manera fueron muchas noches, las cuales sin embargo no fueron exactamente iguales ya que en cada una de ellas encontraba modalidades distintas de placer, encontrando infinitas las posibilidades de exploración del cuerpo humano.
Los sacerdotes estaban escandalizados ante el sacrilegio que suponía la trasgresión del antiguo tabú, como así mismo los campesinos ya no sabían donde esconder a sus hijas, hermanas o esposas de la vesania del Emperador, el cual torturaba hasta la muerte al cortesano que no había sabido buscar con diligencia en las chozas malolientes de los siervos la mercancía que tanto ansiaba.
Así fueron las cosas hasta que una noche un soldado enloquecido encontró la discreta trampilla en el suelo que daba a un pequeño refugio en el que el padre de la joven de diecinueve años la había escondido en vano. De nada sirvió que el campesino le rogara e implorara; de sobra sabía el soldado el tormento que le esperaba si desobedecía, por lo que para acallar el gusano de la conciencia que le roía golpeó al padre hasta casi matarlo. Sin embargo no fue la primera vez que la muchacha contemplaba la brutalidad y la crueldad en su vida, no, ya años antes fue testigo de como un grupo de soldados del Emperador violó y golpeó hasta matar a su madre cerca del lago, mientras lavaba, y de cómo sintió deseos de ser como el oso aquel del verano anterior que con sólo un zarpazo poderoso de su brazo había casi arrancado la cabeza del tigre que rondaba sus crías. Cuando el oso se alejó, ella se acercó al tigre inerte cuya cabeza pendía de algunos pocos tendones. Ahora deseó de nuevo ser oso para defender a su padre, pero los brazos fuertes de dos lacayos la sujetaban, procurando sin embargo no lastimarla por no estropear la mercancía y provocar las iras del Emperador.
En tal estado de alteración fue conducida a palacio. Fue bañada y perfumada, y, sin secar y desnuda, se la abandonó en una habitación a la espera del Supremo Señor. Ella sabía lo que a continuación ocurriría. Todo el mundo lo sabía y comentaba entre susurros mientras arrancaban encorvados las espigas de la tierra. Pero no estaba asustada. Tampoco se asustó al ver al Hijo del Cielo aparecer como una sombra tras los cortinajes de gasa transparente, vestido de tibias y coloridas sedas, maquillado y perfumado. Pero ella no vio al Hijo del Cielo, al poderoso Emperador, al dios sobre la tierra, sino a un ser débil, delgado, enfermizo y de mirada extraviada. Él se sintió turbado y paralizado ante la actitud desafiante de ella ante la visión del Tigre. Ni siquiera suplicó cuando alzó el agudo estilete que debía abrirla en canal. La frustración de sus apetitos voluptuosos que se alimentaban del miedo de sus víctimas, como el terror de la campesina del lago ante el ataque del tigre cuya excitación inducida él intentaba revivir cada noche, fue tanta que pronto apareció la rabia, una rabia histérica y descontrolada que estilete en alto lo hizo precipitarse sobre la chica; pero ella se sintió oso que sacando fuerzas de sus brazos delgados aunque fibrosos, moldeados por el trabajo cotidiano y vigorizante, alzó la mano de uñas largas y endurecidas con la resina que los árboles exudan en primavera, y con toda la fuerza de la naturaleza le descargó tal zarpazo que le desgarró la aorta del cuello, saliendo a chorros, roja brillante, la sangre. Cuando lo vio en el suelo retorciéndose, al poderoso Emperador, taponando inútilmente la herida con su mano, con ojos de enorme sorpresa e incomprensión, cogió el fino estilete y lo cosió a puntillazos con rencor mientras pensaba, y sentía con liberación, en su madre, su padre y tantos y tantos otros.....

lunes 17 de julio de 2006

Microrelato-clips.

Hoy inicio una serie llamada microrelato-clips.
Ya que no tengo medios para hacer video-clips hago este apaño gracias a la literatura, el mejor invento para gentes sin recursos como yo.

Instrucciones de uso: léase al mismo tiempo que se escucha el tema. Gracias por su colaboración.


PERFECT DAY. LOU REED (Transformer).
http://www.youtube.com/watch?v=HdJwk_fMUwk&search=perfect%20day

Hoy será un día perfecto. Hoy seré feliz a tu lado, siendo la sombra que te protegerá del sol, el paraguas del que te servirás cuando truene la tormenta, la fortuna que sonreirá a tus ojos cuando en la Gran Avenida el tahur de la esquina intente escamotearte el alma; seré la claridad, el esplendor de una risa de dientes que muerdan la Gran Manzana; el adán que te dará gustoso una costilla y el corazón; el pulmón que oxigenará tus desagües venosos de tristeza sucia y fétida; la sangre que irrigará tu pasión...tú serás, eres la mía...; la plenitud de un vientre orondo de felicidad que se llenará como un pellejo de vino con la vid de la vida...y me recriminarás, me dirás que por qué río tanto, que qué me pasa y te diré que hoy, amor, será un día perfecto, un día donde agarraré con fuerza tu mano, francamente, sin miedo....a ti....será un día perfecto...deseo que sea un día perfecto...mis manos te pertenecerán...podrás servirte de ellas para tejer este Día Perfecto.


SATELLITE OF LOVE. LOU REED (Transformer).
http://www.youtube.com/watch?v=BUFNsM_V-Do&search=satellite%20of%20love

Cuando derramó la lágrima no fue consciente de que caería sobre la hormiguita parda que con mucho esfuerzo y trabajo había recorrido ya 50 centímetros con una enorme cáscara de pipa sin sal prendida entre sus poderosas mandíbulas. La lágrima era de tal espesor, de tal intensidad, que la ahogó, a nuestra hormiguita, de emoción, de una felicidad salvaje y radiante, la que sintió cuando lo vio allí, en el espacio, girando alrededor de la Tierra, embutido en un ancho traje espacial blanco; pero vio sus ojos, por la televisión, y supo que era él, como supo que era a ella a la que se dirigía, girando como un satélite del amor alrededor de la Tierra, cuando dijo un te quiero nena, que fue oído por toda una humanidad expectante, "se está tan sólo aquí, en la Inmensidad, me gustaría que estuvieras conmigo, re-volucionando como peonzas, como dos satélites del amor que estremeciéramos las mareas de los Océanos y anegáramos las tierras yermas con nuestra sal, y restañáramos las heridas con nuestro yodo...como dos satélites del amor.....

THE BED. LOU REED (Berlín).
(No he encontrado vídeos para este tema de Lou Reed perteneciente a uno de los mejores álbumes de la historia del rock, Berlín. Imaginar tranquilo, con un final casi místico en el que un coro surrealista suena transportador. Yo imaginé a Reed pinchándose en la vena. Después lo dejó, afortunadamente.)

La cama. Esta es la cama donde yací con ella. Esta es la cama en donde lo he dejado todo. Esta es la cama en donde, pegada, con sudor y semen, dejé mi alma, mi último aliento realmente de vida....y lo recuerdo...¡ah, qué sensación!...cuando sentado al borde del colchón me chutaba, me pinchaba en la vena y el émbolo empujaba la yegua blanca hacia el interior de mis oscuras y estrechas venas, esa cama en donde tu entonces me acogías entre tus pechos y me susurrabas al oído y tu voz era como legión de ángeles cantando a coro...oh..¡qué sensación....!

CUATRO ROSAS. GABINETE CALIGARI (Cuatro rosas).
http://www.youtube.com/watch?v=eVwlcqFEkIs&search=cuatro%20rosas

¿Cómo podría agradecerte por ser como eres? ¿Qué podría hacer por pagar esa sonrisa impagable? ¿Qué podría hacer para tributarte ese gemido sincero cuando penetrándote me alimento de tu cuello, jugando con mi lengua con tus arterias anhelantes de vida?
No lo sabía hasta que la brisa ladeó mi cabeza, como una hoja otoñal, y vi las cuatro rosas cuyo color me recordó al instante al color de tu ropa interior y cuyo olor era como el de tu piel fresca así como su tacto al tuyo recién salida de la ducha. Estaban allí y estaban en tu honor, estaban allí, en el rosal, y eran tú, y un primer impulso asesino me llevó a arrancarte, siempre Prometeo robando la belleza de los dioses, cuando otro me refrenó, y te dejé allí, cuatro rosas, para que el mundo entero te contemplara y contemplara mi tributo a ti.

ROCK AND ROLL STAR. LOQUILLO Y LOS TROGLODITAS.
http://www.youtube.com/watch?v=Q3q72a-MMvU&search=rock%20and%20roll%20star

No estaba para ensayar. Ya se había equivocado dos veces: tocando el do mayor antes de tiempo y no entrando con el estribillo en sol cuando había que hacerlo. El batería redobló con enfado en los timbales y platillos, el guitarra solista, que veía frustrado su florido punteo, blasfemó. Sólo el bajista le preguntó: "tío ¿qué pasa? ¿eh?, ¿estamos o no estamos?". "Hoy no estoy, me largo"."¿Qué?". "¿Ese?...que ha discutido otra vez con la novia, seguro",dijo el batería con mofa. "Mándala ya a tomar viento, joder, mañana tocamos coño y tenemos que ensayar, así que de irte nada", añadió el solista, "además que dentro de dos horas entro al curro". "Bueno, cinco minutos, llamo por teléfono y seguimos ¿okey?"..."Sí, dile cuánto la quieres, anda..jajaja", siguió el batería, "que te den cabrón. Ahora vuelvo". "No te enrrolles". Los dejó en el sótano donde ensayaban entre las risas envidiosas que provoca en los demás los males de amores ajenos. Cuando subió la persiana metálica del local tuvo que entrecerrar los ojos ante la luz de la calle, por estar acostumbradas las pupilas a la penumbra del agujero, apestoso a humedad, del sótano. Fue a la cabina de la esquina. La hebilla de la chupa despellejada de falso cuero chocó contra el cristal que sonó como si se cascase. Marcó. Salió su madre. Preguntó por ella. Dijo que no estaba, ¡la muy bruja! ¡nunca le tragó! ¡siempre dispuesta a minusvalorarlo delante de la hija para joderlo! Pero sí que estaba. Le arrancó el teléfono a la bruja y le pidió que la dejara sóla. "¿Sí?", sonó su voz, voz dulce de niña que le mordió en el estómago "Hola, soy yo", "hola", "¿cómo estás?" "Bien"...."oye....mañana tocamos, ¿vendrás?", "No", "¿por qué?", "es mejor que no, ya lo sabes", a pesar de sus esfuerzos la voz le temblaba, "es por la bruja de tu madre ¿no?", "ella no tiene nada que ver y no la llames así". La madre, que por supuesto no perdía ripio desde el vano de la puerta de la cocina sin mover un solo músculo como un lagarto sobre una roca volcánica al sol del mediodía, saltó como si le pincharan con un alfiler, "¡¿Qué ha dicho ese de mí... menudo sinvergüenza que no tiene donde caerse muerto..cuelga el teléfono ahora mismo!?", "Mamá, por favor, ¿me dejas hablar?", "¡Que cuelgues!", "Tengo que dejarte..." "Pero oye, escúchame, voy a ser famoso, vamos a triunfar...el otro día le mandamos una maqueta a un tipo productor, y dijo que le gustaba..", "me alegro, ojalá lo consigáis...", la madre bramaba "¿¡Vas a colgar de una vez!?", "Escúchame, nena, no cuelgues, voy a ser una estrella del rock and roll..." pi-pi-pi..."no puedes dejarme ahora, lo vamos a conseguir..." pi-pi-pi...El teléfono se burlaba de él. El pi en su oído le hizo parecer ridículo, rechazado, expulsado, menospreciado. Lo colgó con violencia, y una marea de llanto se le vino a atragantar en la garganta. Empezó a golpear la pared con rabia intentando por todos los medios que las lágrimas no explotaran en sus ojos. Más tarde lloraría todas esas lágrimas acumuladas, todo ese mar interior y oculto de lágrimas, o eso, o quedaría ahogado en él. Pero por ahora, solo era un chico de la calle que vivía su canción.

jueves 13 de julio de 2006

Los crímenes de la mano muerta (continuación y final).

"...como si......si no pudiera contenerse las ganas de coger aquel cuello y apretar, apretar hasta ver como la sangre se agolpa en el lazo mortal de su mano en garra, no dejándola correr hasta que dejen de palpitar las arterias, estáncandose como el agua de una charca..... Eso fue lo que vi."
-Señor Aguirre, ¿pretende usted hacernos creer que fue la mano del cuadro de la exposición la que intentó asesinar esta mañana en la calle...a ver, lo tengo por aquí...De la Sal, a la señorita....Anabel Rocha?
-Sí, sí, lo vi...sé...sé que parece una locura pero ustedes deben investigar...no sé , debe haber una explicación razonable...yo...estoy muy confuso.
-Sr. Aguirre, no sé si es usted consciente de lo que está diciendo.
-Lo soy...¡claro que sí! Les repito que la vi, intentando agredir a aquella chica,...a la mano, esa mano maravillosamente concebida y plasmada por el artista....con ...con todos esos detalles, nimios para el ciudadano liviano y concupiscente de hoy día, pero tan absolutamente embriagadores para el artista, todos esos huesecillos enmarañados y confundidos con nervios y musculatura fibrosa.....¡una obra maestra!
-Según nuestros informes hay testigos que afirman ser usted la persona que sobre las doce del mediodía de hoy intentó estrangular a la señorita Rocha en la confluencia de las calles De la Sal y San Martín.
-Ja, ja, ¡pero eso es ridículo! Deben estar de broma..no, no, no, ustedes...ustedes quieren confundirme.
El inspector Sánchez le hizo una seña con la cabeza al inspector García para que salieran.
-¿Qué te parece?-le preguntó Sanchez ya en el pasillo- ¿crees que miente?
-Me da la sensación de que no, de que está convencido de lo que dice. Además los psicópatas no atacan a plena luz del día y en mitad de una calle concurrida de un centro histórico. No. Esto parece más bien el ataque de un incontrolado.
-¿No crees que pudiera estar haciéndose el loco? Es decir, vale que se dejara llevar por un impulso, de acuerdo, ¿pero acaso eso excluye el que sea plenamente consciente de lo que ha hecho y se finja loco a posteriori para escurrir el bulto? Y luego tenemos las declaraciones de los testigos del bar asegurando que ayer por la mañana estuvo allí desayunando, y la de la vecina del camarero que lo vio salir de la casa del finado con manchas de sangre.
-No tengo la menor duda de que fue él quién mató a los dos empleados de la cafetería, pero debemos arrancarle una confesión. Puede que esté loco de atar, pero nuestro trabajo consiste en hacer que confiese y que vaya a la cárcel, aunque luego vengan los...psi-cólogos con sus gilipolleces y le libren de la trena. En fin, ellos harán su trabajo y nosotros tenemos que hacer el nuestro. Lo difícil va a ser sacarle algo convincente.
-¿Le atacamos ya con el tema del bar?
-Sí, debemos empezar a socavar ese muro que ha levantado, ya sea de mentira o de locura.

Entraron de nuevo. El sospechoso estaba tranquilo, con sus dos manos sobre la mesa examinándolas fijamente.
Habló el inspector García:
-Sr Aguirre, es usted artista ¿no es cierto? Pintor.
-Cierto.
-Y asegura que estuvo trabajando todo el día de ayer hastas las...-rebuscó en sus papeles- diez de la noche, ¿es así?
-Así es.
-Y después ¿qué hizo?
-Nada, cené y me acosté.
-¿A qué hora se acostó?
-Serían las once, once y media.
-¿Y no salió en ningún momento?...digamos que para dar un paseo por la playa, después de todo un día trabajando podría haberle apetecido despejarse un poco.
-Ya le he dicho que no salí.
En este punto en el que García había agotado aquella vía, el inspector Sánchez tomó el relevo oportunamente:
-¿Dónde vive usted?
-¿Para qué me lo pregunta si ya lo sabe?
-¿Dónde? Sr Aguirre.
-En la calle San Nicolás.
-En la malagueta. Bien, entonces conocerá la cafetería "El boquerón rebozao", en esa misma calle.
-Sí.
-Dígame, ¿desayunó ayer en dicha cafetería?
-No. Siempre desayuno en casa.
-¿Sí? ¿Entonces cómo se explica que hasta cuatro clientes de dicho establecimiento afirmen haberle visto desayunando alrededor de las nueve de la mañana del día 9 de julio, o sea, ayer, y que además ocupaba el asiento contiguo al de la señorita Rocha, a la cual usted ha intentado estrangular en la mañana de hoy?
Estaba confuso. Se miraba las manos con obsesión. A su mente venían chispazos de recuerdos: la imaginó con tanga rosa de encaje cuando la vio flirtear con el camarero en mitad del bar.... se avergonzó de ese pensamiento, la odió por provocarle...No, no, su mente, tras esa breve apertura, volvía a cerrarse...
-No, yo....no salí en todo el día...
La confusión del sospechoso no pasó desapercibida a los inspectores. García intervino:
-No, Sr. Aguirre. Usted no estaba en casa, estaba en la cafetería, tomaba un café caliente..¿recuerda?...ardía, le quemaba (Aguirre se vio soplando al café con leche), y la chica se sentó a su lado (recordó la excitación en su entrepierna, recordó su odio)...¿de qué hablaron los camareros y la señorita Rocha, que fue eso que le enfureció tanto...¿¡qué fue!?...¿¡qué, sr Aguirre!?....(recordó las chanzas, las burlas, el desprecio por el arte, por aquella mano perfecta, la mano que él no era capaz de pintar...el gesto sucio del camarero despreciable)....
-No, yo....estuve trabajando todo el día en mi estudio en...la mano, estuve todo el día trabajando en la mano del protagonista de mi cuadro, en su musculatura, nervios (por un segundo vio las suyas apretando un cuello)...huesos..-mientras hablaba observaba su propia mano en forma de garra....
El inspector García sintió el temor de que la actitud del sospechoso cristalizara en esa posición, atrincherándose en la negación de la terrible verdad que ya vislumbraba. Decidió tomar una vía alternativa, si bien arriesgada.
-¿Cree usted que la mano del cuadro que atacó esta mañana a la señorita Rocha pudiera haber atacado también a los camareros de la cafetería "El boquerón rebozao"?
La mente de Aguirre se mostró aliviada por la salida que se le ofrecía. Sánchez miró con sorpresa a su compañero: sin duda él prefería seguir atacando la pequeña brecha abierta.
-Sí, sí...estoy seguro de ello. Miren no sé como pueda ser....es, es muy extraño pero ustedes deben encontrar una explicación- bajando el tono, pensativo-...debe haberla...una...explicación lógica a todo esto.
-¿Y como cree que ocurrió señor Aguirre? ¿Cómo cree que la mano atacó a Elena, la camarera del bar?
-Bueno, no sé...supongo que la vería recostada sobre la barbacana del paseo, y que ella se asustaría al verla, y que entonces se abalanzaría sobre su cuello, con todos sus músculos en tensión, perfecta en la ejecución...
-¿Y no es más cierto que usted se aproximó a ella por detrás, aprovechando el mullido parterre de césped para no ser oído, y que la estranguló sentada en el banco?- El inspector García, percatándose de la importancia de las manos para aquel artista fracasado, decidió aprovecharlo-: ¿recuerda sus manos? ¿las recuerda, amarillas a la luz de la farola, fuertes, apretando...
..........
- Sí....Apreté...fuerte... muy fuerte... mi mano era bella, la vi nudosa, llena de mil detalles que yo grabé en mi mente, miles, cientos de miles de pequeños detalles y matices que me harían pintar la mejor mano de la historia del arte....

El inspector García a duras penas podía esconder su excitación. Quería aprovechar la apertura de mente del detenido, puede que momentánea, para dejar atado el otro cabo:
- Pero antes, por la tarde, siguió al camarero hasta su domicilio.....
-Sí....¡aquel obsceno sicalíptico!
-Lo ató y amordazó...después le seccionó los testículos y el pene...
-¿Qué?....yo creía que...(en la mente de Aguirre había germinado la idea de que Pedro había sido víctima de sus propios vicios, que la mano se vengaba de esa manera tan ejemplar)...sí... fui a la cocina y encontré un cuchillo largo, muy afilado, como de esos para cortar jamón ¿sabe? Y lo cogí con fuerza...en esa ocasión me fijé en mis nudillos y uñas mientras lo hendía en la carne, en el color que adquirían por la sangre agolpada por la presión, intentando captar sus matices cromáticos para después llevarlo a mi obra....sí...mi obra...ahora por fin podré rematarla, ahora poseo toda la información necesaria ¡aquí!...¡en mi cabeza!...para que cuando venga el vuelo de la inspiración me encuentre preparado y todo mi arte intuya el cauce secreto que seguir hacia la perfección.....

-Sr Aguirre, ¿está dispuesto a firmar una declaración admitiendo ser el autor de los asesinatos de Elena Alvar y de Pedro Javier Altozano, además del intento de asesinato en grado de tentativa de Anabel Rocha?
-Sí.... mi obra me absolverá.

lunes 10 de julio de 2006

El panóptico terrorífico: los crímenes de la mano muerta.

Jueves, 6 de julio, 23:47 horas.
La chica había salido a las once y media de la noche de la cafetería donde trabajaba. Normalmente nada más salir se dirigía sin dilación a la parada del autobús, pero aquella noche, al sentir el frescor de la brisa marina en su rostro, decidió deambular un rato para relajarse de lo que había sido un día largo, demasiado, de trabajo.
A la espalda del edificio, de estética marinera, que tenía delante estaba el mar, con su paseo a lo largo y sus tumbonas solitarias y frescas ya al relente de la noche. Digo que estaba el mar pero en realidad éste no se veía, tragado en una oscuridad total, percibiéndose su presencia tan sólo por el rumor de las olas. Se sentó en un banco con toda esa inmensidad de aguas oscuras y rugientes de frente, y aspiró el olor penetrante a algas y yodo, con la cabeza echada hacia atrás,y su melena larga, ondulada y de color cobrizo (de tinte de hacía tres semanas) cayéndole por la espalda. Los ojos cerrados. Se estaba relajando. De pronto sintió que debía abrirlos. Entonces la vio: larga, blanca y huesuda, una mano que yacía sobre la caliza blanca del muro bajo, a la altura de los muslos, que dividía el paseo de la playa propiamente dicha. No puede reprimir el grito sordo de sorpresa y miedo que le provoca la visión fantasmal. Pasados los primeros segundos de estupefacción se levanta despacio y, con precaución, se acerca, al mismo tiempo que hunde su mano en el bolso en busca del móvil. El bolso tintinea: llaves, monedas, el roll'om...mil cosas, por fin agarra el móvil; marca; espera. Acerca la cabeza a la mano. La tiene a un metro. No hay duda que lo es: con su muñón de venas desgarradas como cables arrancados, ¿qué hará allí?, tan sola...."Sí, oiga, ¿policía?, mire estoy en el paseo marí...¿qué? ¿mi nombre?....." Enmudeció. Se había movido. ¡Joder, se había movido!....un momento....de la red de venas que se dejaba ver a través de la piel traslúcida se notó un pálpito, como si por ellas corriera de nuevo la sangre, como si.... Entonces ya no hubo tiempo para nada más. El móvil se estrelló contra el suelo cuando la mano, la garra, saltó y se aferró al cuello de la chica, estrujándolo...sin compasión....
Una pareja de novios, melosamente entretejidos sus brazos a las espaldas, fueron los primeros en descubrir el cuerpo de la chica tirado sobre el pavimento. En su cara la expresión del horror, con los ojos abiertos a las estrellas de la noche.
Fue la segunda víctima de la mano muerta.

Jueves, 6 de julio, 09:20 horas.
Aquella mañana había decidido salir provocativa. Después de mucho hurgar en las profundidades del ropero sin fondo, encontró una mini plisada, a cuadros, que un novio muy salido le regaló hace años con la condición de ponérsela siempre que saliera con él, lo cual era todas las tardes, a no ser que por una cuestión de elemental higiene estuviera en la colada sufriendo el maltrato de la lavadora. La cosa es que el novio cada vez que la veía con la minifalda se relamía los labios y abría mucho los ojos y, si bien durante las primeras horas de la velada aparentaba estoicismo, conforme las tinieblas de la noche iban espesándose, su lado epicúreo más salvaje e incontenible acababa por salir, lloviera o nevara, estuviera alegre o se le hubiese muerto el padre, daba igual, el caso es que terminaba por arrastarla a lugares oscuros y discretos donde meterle mano, la lengua y, si se terciaba, algo más. Ella al principio se dejaba hacer divertida al comprobar como una simple falda plisada a cuadros era capaz de transformar a un muchacho agradable y educado en una bestia lúbrica y babeante, aunque en su fuero interno sentía desprecio por aquel ser tan limitado a la hora de manifestar pasión: nada parecía importarle en este mundo...excepto su mini a cuadros generosamente por encima de las rodillas. Así pues a nadie debería haber extrañado que, en una de esas noches en que él la atosigaba contra una tapia encalada, ella lo apartara de sí de un empujón, y que con un simple "quita ya coño, ya me tienes harta", no volviera a verlo más, por más que él quemara el timbre del teléfono , venga llamada tras llamada durante tres meses, preguntándole que por qué, que no entendía nada, que no sabía, que merecía una explicación.... Pero a ella no se le ocurría nada que sonara convincente hasta que, llevada por un chispazo de intuición, le dijo que se comprara una falda a cuadros y se casara con ella. Fin de la historia. Después había guardado la prenda en el último cajón de la cómoda, para posteriormente trasladarla a lo más hondo del armario durante el último intento de llevar orden, según criterios de finalidad, a su extenso vestuario, adquirido con paciencia durante los últimos cinco años, cuando decidió que debía salir de compras al menos una vez al mes con objeto de renovar un look que hasta entonces había sido pobre y monótono, nada que ver con el actual.
De esta forma, con aspecto de colegiala, entró en la cafetería en que solía desayunar, contigua a las oficinas de la editorial donde trabajaba como correctora. De camino a la barra se cruzó con Pedro, poeta aficionado y camarero, que apoyaba con maestría sobre sus cinco dedos una bandeja llena de cafés, zumos de naranja y tostadas. Arqueó las cejas cuando la vio:
-Uau, pero chica, qué piernas, ¡y qué escondidas las tenías, eh!?
-Uy, chico, y esto no es nada para lo que me guardo.
-No lo dudo, pero oye, ¿por qué me tienes malviviendo de pura especulación?
-Lo hago por tu bien nene, mirando por tu carrera de poeta. Los mejores de ellos son los que más bellamente logran sublimar su deseo sexual. ¡Ah, y el pito ni tocarlo!, si no adiós éxtasis creativo. Ala, ya sabes por qué está la poesía en crisis.
-No, por qué.
-¿Cómo no va a estarlo en estos tiempos de desenfreno onanista?
-Me abruna tu sabiduría.
-Anda, sigue pa'lante que se te van a enfriar los cafés, playboy.
Él siguió su camino a la terraza, riendo, y ella a la barra en donde se sentó en uno de los taburetes altos y giratorios, siendo sus frescos y tersos muslos el polo de atracción de los númerosos parroquianos que llenaban el bar. Se acercó Elena.
-Pero bueno, me vas a revolucionar el local.
-Ya ves, hoy me ha dado por ahí. Siempre con pantalones parezco una mojigata.
-No, si haces bien. Yo porque éste no me deja si no me pondría una súper mini que iban a flipar éstos. Ahora eso sí, todo el día me lo pasaría secando babeos.
-Bueno mujer, si quieres esta tarde salimos por ahí y te pones lo que quieras para desquitarte.
-Que más quisiera yo... Pero no, está enfermo uno de los camareros de la tarde y me tengo que quedar hasta el cierre. Oye, lo de siempre ¿no?
-Sí. Pero qué putada ¿no? Bueno otro día. ¿Está libre el periódico?
-Sí, ahora te lo traigo.
Fue ojeando páginas del diario: política:declaraciones del gobierno, réplica de la oposición, contrarréplica del gobierno, contracontrarréplica de...en fin. Noticias locales. Internacional: Israel amenaza a los palestinos, éstos a Israel, EEUU a Corea, Corea a todo quisque...Deportes. Cultura....aquí la mirada se le detuvo en una imagen. Era la foto de un cuadro del seiscientos de un caballero delgado y vestido de negro, en donde resaltaba su mano blanca como el mármol, de largos y delgados dedos, cruzada sobre el pecho. En esto llegó Elena con el desayuno.
-¿Qué miras con tanto interés? ¿Es un cuadro?
-Sí, parece que ha llegado a la ciudad para una exposición o algo así. Pero fíjate en qué mano ésta. Es tétrica. Creo que no soportaría que un hombre me tocara con una mano así.
-Pues que quieres que te diga, ¡a mí me daría una morbazo..!, con esos dedos tan largos y estilizados recorriendo mi cuello...
-¡Ala! ¿De verdad que te pone? En fin, supongo que todavía te queda algo de cuando eras fan de los cure y todo ese rollo, siempre vestida de negro y pintada como la novia de Frankestein.
-¡Oye maja! Que la reina del aquelarre eras tú, siempre la más atrevida...¡si parecías una muerta!
-Sí, bueno, ya ves, pero nos lo pasábamos bien...
Pedro volvía para cargar de nuevo su bandeja:
-¿Quién es ese? Oye Elena: dos cafés, uno de ellos largo y con sacarina.
-Estábamos comentando la mano fantasmal del tipo este del cuadro.
Se acercó al periódico hasta casi dar con la nariz en él. Pícaramente dijo:
-Éste no creo que fuese poeta ¿eh? Con esa mano tan canija y fibrosa...jejeje- poniendo su derecha en forma de tubo la agitó arriba-abajo con discreción, antes de partir riendo para desperdigar como buen cristiano cafés y panes por entre la concurrencia.
-Guarro- le musitó ella a la espalda que se alejaba.

Jueves, 6 de julio, 17:30 horas.
Llegó molido a casa. Apestando a sudor, y la camisa blanca llena de lamparones. Se desvistió y se duchó. Después puso el ventilador cenital y, desnudo, se echó en la cama del dormitorio. De la mesita cogió el cuaderno y ojeó lo escrito la noche anterior. Ahora le parecía peor de lo que le pareció anoche: versos burdos y metáforas trilladas. "No, si al final va a tener razón en lo de las pajas y la poesía, joder y como venía hoy, madre mía, qué buena está la tía, ¡jaja, y qué pícara! ¡Con que eso no es nada para lo que se guarda!, desde luego hija, desde luego". De una manera totalmente involuntaria el miembro se le iba desperezando, "joder, ya está aquí otra vez el dictador que me domina, así nunca seré poeta.... según ella claro...joder y como venía hoy.......¡bah! ¡a la mierda la poesía!". Cerró los ojos y se imaginó subiéndole la minifalda plisada a cuadros, acariciándole los muslos, el culo...aaah sí...la cama empezó a chirriar...umm...en su imaginación ella vestía un tanga rosa de encaje que él le quitó con la boca....sí, qué culo, ummm...Entonces tuvo que abrir los ojos: algo frío presionó sobre su rodilla derecha: era la mano, la mano blanca, fibrosa, terrorífica, que reptaba por su pierna sobre sus cinco largos dedos como patas de insecto...
-¡Dios mío! Aaaggghh, pero qué coño es esto, dios mío....-se agitó histérico buscando que aquel muñón de venas desgarradas cayera de su pierna. Pero el muñón había encontrado un sitio donde agarrarse...sí, lo han adivinado, allí mismo, y no solo eso, sino que además prosiguió con la tarea que la legítima había interrumpido presa del pánico, pero con tal ritmo y velocidad que estaba muy lejos de experimentar placer el desgraciado poeta-camarero.
-¡Para, para....aaaaggghh, dios mío, para...!- Pero la mano, la garra, no paraba, al contrario aumentaba la velocidad y la presión, de tal suerte, que las venas del miembro reventaron, amoratándolo espantosamente y manchando las sábanas de la cama cuando en lugar de semen salía chorros de sangre por la punta del glande. Así mismo, el corazón parecía salírsele del pecho, latiendo demasiado rápido terminó por entrar en parada cardio-respiratoria. El desdichado Pedro boqueaba, los ojos muy abiertos, no encontrando aire a su alrededor con que llenar los pulmones...su agonía duró escasos segundos, puede que demasiados.
Fue la primera víctima de la mano muerta.

Viernes, 7 de julio, 11:30 horas.
No podía trabajar. Aún le duraba la conmoción de la noticia del asesinato de su amiga, de su compañera de instituto, la amiga con la que había compartido tantas y tantas cosas; y para colmo Pedro que no aparecía: ni fue a la cafetería aquella mañana ni contestaba al teléfono.
Tenía que salir, respirar hondo, estirar las piernas, caminar hasta cansarse, hasta agotar sus nervios. Su jefe se mostró comprensivo, siempre lo fue. Salió y, sin pensar, se dirigió al centro, con la cabeza llena de recuerdos de Elena; la verdad es que siempre fueron dos locuelas; lo compartieron todo, desde los trapos negros mortuorios con que escandalizaban a sus padres hasta los novios. Luego la vida las fue separando, hasta que el destino quiso que ella encontrara empleo junto a la cafetería en donde trabajaba su vieja amiga, la cual ya había tenido tiempo de casarse, divorciarse y abortar, un aborto natural que lejos de unirla a su pareja, la distanció. Y ahora la habían asesinado...¡asesinado!...Dios, si fuese un atropello, sería más normal, o un accidente: ocurría todos los días; pero estrangulada era demasiado..¡qué fuerte!....Con la cabeza gacha pasó por delante del edificio de la Diputación Provincial en cuyos salones tenía lugar la exposición de pintura barroca en la que como lienzo insignia se había conseguido traer, desde el Prado de Madrid, aquella pintura del caballero con la mano en el pecho que tanto la había impresionado el día anterior. Ya se alejaba, con su cola de caballo de pelo negro moviéndose pendularmente sobre la espalda, ofreciendo un cuello blanco y delicado, cuando del cartel pubilicitario de la exposición, puesto sobre un caballete a la entrada de la Diputación, la mano del caballero hizo un tic, una leve pulsación, como si por una de las venas adosadas a los huesos corriera sangre, como si la fugaz aparición de la chica por el vano de la antigua portada alterara un tanto su descanso eterno, como si......

jueves 6 de julio de 2006

El panóptico carpetovetónico: el poeta en el fragor de la batalla.

Todas las palabras que se puedan escribir para expresar los terribles sucesos de aquella hora señalada por los mismos cielos serían pocas, así como pocos son los adjetivos de nuestra bella lengua para pintarle al lector con exactitud las muchas sensaciones y matices que experimentan los hombres ante semejantes trances de muerte. Muchos buenos caballeros, así como soldados de diversa condición, entregaron sus cuerpos a las fauces indómitas de Neptuno y sus almas a la espera del destino inapelable que el Juez Supremo tenga a cada cual reservado. También aquel día fue en el que los infiernos recibieron en tromba gran multitud de descreídos mahometanos, engrosando los ejércitos de Belcebú, haciéndole creer al barbudo demonio, como prueba de su soberbia y retorcida naturaleza, su vana esperanza de la victoria en la batalla final entre los hijos de la luz y la oscuridad. Yo también participé en aquella alta ocasión aunque con las capacidades del cuerpo mermadas, si bien con las del espíritu fortalecidas por contra.
Y es que las altas fiebres hacía mi cuerpo sudar copiosamente por cada poro de él; el fuerte ladeo de la nave con su tajamar hendiendo las olas, deshaciéndolas en espumas, me zarandeaba a izquierda y derecha golpeándome la cabeza en las más de las veces con el nogal con la que estaba hecha; la sed me atormentaba siendo mi boca un secarral de desierto y mis dientes unas tristes montañas amarillentas, que aunque sin llegar a ser como las del viejo que la pasada noche entregaba su alma, que lejos de formar una línea montañosa de perfecta serranía se quedaba en montes aislados los unos de los otros por profundos y oscuros valles, me dolían y sangraban por sus encías. Al mismo tiempo mi imaginación febril, en el fuego de su fragua, moldeaba imágenes de mi Dios trinfante a cuyos pies yacían mortalmente heridos gran multitud de perros infieles, quedando a su diestra mano la Iglesia de las Santos y Mártires y a su siniestra mi rey Don Felipe II, siempre presto en acudir en auxilio de la fe frente al turco descreído. Pero la sed...la sed que podía enloquecer y el dolor de cabeza con el zumbido como si un enjambre de furiosas abejas tuviera su acomodo en el interior de ella, me mortificaban ensombreciendome el ánimo.
Sigue Cronos su devenir inapelable sin distinguir yo el segundo del minuto y éste de la hora. Lengüeteo la barba áspera, ansioso, sabiendome a sudor salado; escupo sin escupir nada. De arriba viene gran alboroto: pasos rápidos haciendo crujir las maderas y una voz que proclama a gritos la tan esperada noticia: "¡los turcos, los turcos!". Por fin ha llegado el momento. Me incorporo con trabajo sentándome en el camastro. Llega el capitán con prisas:
- ¡Soldado! Vamos levántese. Ya ha llegado la barcaza que ha de llevarse a los no aptos.
Ya subía de vuelta las escaleras cuando puesto en pie le digo:
-¡Sólo ataviado de negra muerte o de laureles victoriosos coronado me sacarán de este barco!
D. Diego, deteniendo su ascenso a cubierta, me mira reconcentrado, asombrado por tan fino parlamento:
-No está usted en condiciones, soldado.
-Siempre estoy en condiciones de morir por mi religión y mi rey, señor.
-Muy bien, hombres como usted necesito, decididos y valientes que lejos de huir de los peligros se enfrentan a ellos con olvido de si mismos. Suba pues y mande a los hombres del esquife, ¡y que Dios le proteja!
Debía de ser mediodía cuando las dos flotas se encontraron aquel siete de octubre azul y luminoso. La mucha luz escocía mis ojos, acostumbrados a la espelunca en sombras de la bodega. Los galeotes, la chusma entre los cuales sin embargo muchos lucharon valientemente ganando su libertad, habían dejado de bogar a la espera de nuevas órdenes. Nuestra galera se encontraba en el ala izquierda de la gran flota de la Liga Santa, que había auspiciado el Santo Padre Pío quinto, a cuyo mando se había designado a don Juan de Austria en calidad de Generalísimo de todo las huestes cristianas, viéndose auxiliado por añadidura por muchos y buenos comandantes como es el caso de Gian Andrea Doria en uno de cuyos barcos estábamos prestando servicio. Sin embargo él, por razones estratégicas, se vio luchando en el ala derecha, al sur, teniendo allí grandes problemas en parar el impulso salvaje del pagano. Y es que la flota que el Gran Turco había enviado al encuentro de la nuestra era impresionante: una inmensa línea de estandartes turquescos que representaban a los muchos pueblos y naciones que luchaban bajo pabellón de la Sublime Puerta, hería el mar de norte a sur, cortando el camino al este. Pero nosotros no íbamos al este ni a parte alguna que no fuera encontrarnos con ellos para derrotarlos.
Entonces empezaron con sus chanzas y bailes mientras con fuerte griterío, que nos traía la suave brisa, nos venían a decir muchas cosas las cuales eran todas ofensas a nuestra cristiana religión y menoscabo de la natural grandeza de Cristo como Hijo de Dios, todo ello entre el alboroto de timbales y címbalos, flautas y castañuelas con claras intenciones de amedrentamiento de nuestro valor y vigor guerreros. Los más bisoños de entre los nuestros, sin embargo, sintieron en sus almas el miedo perseguido por los turcos, pero no así los experimentados soldados de los tercios que gritaban a voz en cuello la hispánica advocación "Santiago y cierra España", conocida en toda la cristiandad. Pero también nuestro generalísimo, el insigne don Juan, demostró, aparte del valor ya conocido, gran sagacidad cuando nos llegó el rumor traído de nave en nave, de que estaba bailando en la proa de La Real, en el centro de la formación, una danza cortesana y gentil, que provocó la alegría entre la soldadesca y reavivó los corazones con la llama del optimismo. Todo ello era observado por Febo, que allá arriba, en los puros cielos, calentaba sobre nuestras cabezas, haciendo de la mía, ya recalentada de altas fiebres, un infierno, y de mis ojos, que me picaban cuando el sudor salado que bañaba mi cuerpo rodaba siguiendo los surcos de mi cara viniendo a morir a ellos, víctimas de sus rayos hirientes. Pero si bien mi cuerpo estaba débil mi alma estaba fuerte y tiraba de aquel, segura como estaba de la crucial importancia de aquel momento.
Entonces se escuchó el rugido del cañón que daba comienzo a la batalla: los galeotes bogaban con ferocidad alentados por los gritos de los cómitres, haciendo restallar los látigos cuando los brazos se relajaban un tanto mientras que en el esquife yo no paraba de arengar a los hombres en él apostados para que su ardor no menguara o su miedo no creciera al menos. Cuando las flotas estuvieron lo suficientemente cerca los cañones de proa escupieron su fuego como dragones broncos y enfurecidos, dejando en derredor una noche de humo negro la cual ni siquiera los rayos del sol pudieron rasgar. Los cañones contrarios también hicieron sus descargas: a veces oíamos sus silbidos, otras los notábamos, a falta de visión, como caían al mar cerca, levantando una ola que venía a empaparnos de espumosa agua. Entonces, de entre la niebla de pólvora, vimos aparecer a la galera turca, con todos sus arcabuceros preparados para descargar: un impacto vino a dar en mi pecho, arrojándome con violencia hacia atrás: sentí el olor de mi carne quemada así como el dolor ardiente intensísimo que me había provocado aquella diabólica máquina logrando atravesar el peto que vestía. Varios brazos me asieron y pretendieron llevarme a donde los heridos, yo, sin embargo, no me dejé y resistí, mandándolos a sus puestos y que dispararan sus armas. Se escucharon nuevas descargas: un muchacho, natural de Córdoba, cayó sobre mí con toda su cara maltrecha en donde los rasgos habían quedado desfigurados ahogados en sangre negra. Mandé que lo llevaran de allí. Me incorporé y haciendo uso de mi espada mandé a mis hombres al abordaje de la nave turca que ya estaba enganchada con la nuestra. Sin embargo, antes de que pudiera atravesar de parte a parte con la noble espada a un salvaje infiel, quiso la mala fortuna que mis ojos se encontraran con los de un armero contrario que, dándose cuenta de que era yo quién mandaba a los hombres de aquel sitio del esquife me descargó un nuevo arcabuzazo que vino a dar esta vez en mi antebrazo izquierdo, el cual, al no estar protegido de malla alguna, me hizo gran destrozo en ella y un dolor tan intenso que perdí el conocimiento. Y ahí se acabó la batalla para mí.

No sería hasta más tarde, recuperándome de mis heridas, cuando fue que me enteré de la gran victoria conseguida en aquella jornada memorable, de la cual me quedaría de por vida aquella manquez de la que me siento tan orgulloso, aunque faltaría a la verdad si no dijese que hubiese preferido una herida de espada, en donde el auténtico valor se prueba, y no aquella producida por tan vil máquina que del demonio tengo para mí que fue inventada, que posibilita al más cobarde de los hombres matar al más valiente.
Lastrado en camastro enrrollado en vendajes llegué a conocer como nuestro general don Juan con espadas en sendas manos se abría camino a mandoblazos bañando su armadura de roja sangre turquesca; o como dicen que fue un malagueño, de Marbella para más señas, el que se hizo con el estandarte de Alí Pachá, dicen que traído desde la misma Meca, y como éste fue muerto a arcabuzazos luchando heróicamente; y como uno de los nuestros aprovechando la postración del noble turco, le cortó la cabeza para mostrársela a don Juan pinchada en pica, el cual reaccionó con disgusto al ver el maltrato innecesario que fue dado a su igual y noble enemigo.
O como la victoria, a fuer de valentía, fue posible también a la astucia de Don Álvaro de Bazán, marqués de Santa Cruz, que desde la retaguardia fortalecía allí donde la línea se debilitaba o auxiliaba donde fuese menester, no pudiendo acabar este relato sin hacer mención como gracias a él La Sultana pudo ser apresada y la guerra ganada por el efecto contradictorio que esto produjo en ambos bandos: unos gritaban victoria, mientras que los otros huían sabiéndose derrotados.

domingo 18 de junio de 2006

El detective panóptico, el copazo de anís y el niño de tres años (¡uf, qué mezcla!)

A la mañana siguiente del ataque del volumen sexto de la británica, que me dejó de recuerdo un abultamiento redondo, lustroso, que crecía pegado al hueso del cráneo en la parte alta de la frente, decidí tomarme libre el día que empezaba. Así pues, cerrando con llave la puerta de mi despacho, me dirigí al bar de Juanito para tomarme mi consabido e inexcusable desayuno a base de copazo de dulce anisete acompañado de cinco churros de la mejor masa que Juanito era capaz de producir en su respetable garito. Los churros eran largos y gruesos- a la manera en que se hacen en esta ciudad sureña-, esponjosos, que absorvían el anís cuando los sumergía en el copazo inundando sus huecos internos mezclandose con él, fundiendo sus texturas en el paladar, dando como resultado ese sabor peculiar y único que tenían los churros anisados por mi descubiertos, y que se podía resumir en dos palabras: dulzor violento. El único problema de este energético desayuno eran las flatulencias que se amontonaban en la parte final del recto, o culo, impacientes por salir y que yo, si bien con la discreción requerida por las buenas costumbres y la educación, les abría la puerta con gentileza para que aspiraran los aires de la libertad. Al poco, cuando las cabezas comenzaban a volverse en mi dirección, hacia mutis por el foro no sin antes hacer un breve aspaviento con la mano derecha a Juanito a modo de despedida.
Salí a la calle ruidosa de tráfico espeso y máquinas neumáticas levantando las baldosas del suelo con su repiqueteo ensordecedor que hería los tímpanos. El obrero que la manejaba brillaba de sudor, asiéndola con fuerza con las piernas abiertas para controlar mejor los impulsos violentos del pesado martillo, cimbreándole los músculos de sus brazos morenos de tantas horas bajo el sol. Pero yo tenía un plan para aquella mañana de asueto que no era mirar como trabajan los obreros (esa fascinación irresistible a la que ceden los jubilados) sino entregarme a uno de los pasatiempos que me eran más queridos: la búsqueda y discernimiento de los puntos más panópticos de la ciudad, que por lo general, se solían ofrecer a la vista tras los recodos de las esquinas, en los nudos radiales, en las intersecciones en las que confluían varias calles o avenidas, anudándose entre ellas por hebras-personas que se confrontaban y esquivaban en zig-zag, entrecruzando sus estelas, dejando rastros invisibles que yo veía en mi imaginación, tejiendo así efímeras redes siempre renovadas en forma y color, como cabos de lana que unas manos expertas supieran entrelazar con agujas demiúrgicas: una malla enhebrada de destinos. ¿Serían éstas las imaginaciones de un loco? Quién lo sabe. Pero no solamente eran esquinas, avenidas o intersecciones, sino que también y muy especialmente las elevaciones, las calles de los barrios ubicados sobre antiguas colinas pedregosas e incultas de matorral, que me permitían disfrutar de la contemplación de toda su longitud hasta su terminación y más allá, dando una maravillosa visión de conjunto (en la que descollaba el campanario de la Catedral) y una generosa oportunidad de contemplar parte de la morfología de la ciudad.
Pues hacia una de estas elevaciones había encaminado mis pasos. Éste era uno de los puntos más queridos por mí en tanto que panóptico y también por hallarse en su cumbre un bar con terraza. Alli me senté y pedí el segundo anisete de la mañana, ¡qué coño! ¿acaso no estaba de relax? Pues eso. Me repantigué en el asiento de plástico bajo una sombrilla a juego con la silla y la mesa (con la propaganda de una conocida marca de refrescos), estirando las piernas y sorbiendo del copazo el dulce anís, que me abrazaba con su calor desde el interior, produciéndome el mismo efecto que las mujeres que sabían dislocarme, abrazándome, abrasándome las entrañas, dejándome un rastro de fuego y una muesca (una más) en este castigado cuerpo y en esta castigada alma. Antes me acompañaba de un cigarrillo, rubio o negro, depende de las épocas, pero desde que leí a Céline en su Viaje al Fondo de la Noche donde decía que fumar era poco menos que de idiotas, me dio por pensar tanto que la idea de dejarlo creció hasta convertirse en algo eternamente pendiente por hacer. Sin embargo no lo hice hasta mucho después en que aprovechando el parón forzoso por una amigdalitis decidí dar el salto y alargar la abstinencia más allá de la enfermedad. Tras algunas recaídas al final lo conseguí. Lo extraño del asunto es que ahora que el cuerpo no me reclama su dosis acaricio la idea de volver a fumar. ¿Será que, como una vez me dijo una novia, soy persona apegada a los placeres y a los vicios? No lo creo. En realidad soy bastante contemplativo y espiritualista...no sé. La cuestión es que estaba allí degustando mi copazo contemplando la ciudad en aquella mañana de gloria cuando noto que me tiran de la manga y al mirar me encuentro con un pequeñuelo de no más de 4 años, mirándome fijamente con ojos marrones en expresión de pena. La boca se le torcía hacia abajo y toda la cara era la máscara de lo que se conoce como un puchero a punto de explotar.
-Hola amiguito, ¿qué te pasa?
En lugar de contestar el niño acntúa el puchero de su cara, amenazando con romper a berrear. Decido reaccionar antes de que eso ocurra.
-Mira, ¿sabes lo que tengo aquí? Pues un caramelo que me han dado para ti.
-¿Y quién te lo ha dado?
-Pues tu papá.
-Mi papá no eztá.
-¿Y tu mamá?
-Mi mamá eztá en mi caza, con la "epaita".
El niño cuando habla lo hace de manera muy expresiva: con voz cantarina, simultaneando el movimiento de los brazos con el de la cabeza.
-¿La"epaita"?
-Zí, mi "epaita"....e mu ziquitita y toma teta.
-¡Ah, tu hermanita! Oye, ¿y como se llama tu "epaita"?
- Zara.
-¿Sara?¿Y tú como te llamas?
-Lamón.
-¿Ramón?¡Qué nombre más bonito! Yo siempre quise llamarme Ramón, pero como mi mamá no se acordó de ponerme Ramón pues yo me puse panóptico.
-¿Panóptrico? Qué nombre más laro.
-Sí hijo, ala vamos, ¿quieres que te ayude a encontrar a tu papá?
-Zí.
-Pues has tenido suerte. Porque precisamente yo me dedico a buscar gente. ¡Soy detective panóptico!
-Vale...po yo voy al colegio y jubo con mi amigo Álvaro y tamién con Manuel Olivera y con Marta y....
Después de apurar el copazo cogí al niño de la mano y mientras le dejaba enrrollarse sobre los amiguitos del colegio, comenzamos a descender para ser un actor más de la calle a nuestros pies, dejando mis contemplaciones panópticas para mejor ocasión.
La calle era estrecha, larga y bajaba en zig-zag como si siguiera el antiguo cauce de un riachuelo: cerré los ojos y me concentré por si sentía las fuerzas telúricas emanando del oculto manantial freático. Algo creí sentir, aunque no sabría decir si fue el fruto de auténticas capacidades de zahorí o si por el contrario del segundo copazo de anís que hacía reverberar mi mente. La manita del niño, sin embargo, me agarraba para que no ascendiera como un globo cuando mi naturaleza panóptica se mezclaba con los vapores del licor. Íbamos por la margen derecha dejando atrás coches aparcados de diferentes modelos y colores entrecruzando nuestros destinos con los otros viandantes, siendo hebras de los dioses, con el niño contándome historias que crecían en mi imaginación:
-Y a mí me gusta jubar al pilla-pilla en el colegio...uyyy...pero entonces vino un lobo malo...
-¿Un lobo malo? ¿Y como se llamaba?
-Se llamaba Zispa.
-¿Chispas?,- traduje yo que ya empezaba a quedarme con los mudanzas lingüísticas de su habla- Jajaaaa,qué nombre más feo- dije entusiasmado, metiéndome en el mundo del niño sin darme cuenta.
-Sí, jajaja...pero entonces el lobo se enfada...uuuyyy....y dice: "¿¡Feo!? Mi nombre no es feo, es mu bonito...agggghh, te voy a comer!"
-Pero nosotros le cogemos al lobo Chispas de la cola y lo mandamos a freír espárragos, jajaja...¿a que sí Ramón?
El niño se mostraba encantado de coger al lobo Chispas de la cola.
-Zí zí, jajaaa, es que el lobo es mu tonto.
Entonces se cruzó en nuestro camino un perro grande y negro (¿o era un lobo?) que nos enseñaba los dientes con rabia.
-¡Hostia puta! ¡El lobo Chispas Ramón! - exlamé aterrado, el pulso me galopaba con brío por las estrechas venas -corre que nos da un bocao!
Sin embargo el niño Ramón se quedó parado en actitud de duelo frente al lobo negro, que empezó a hablar enfadado:
-Con que me vais a coger de la cola ¿eh? Auggghh, os voy a comeeerrr tengo mucha haaambre.....
Pero cuando el lobo Chispas se abalanzó sobre Ramón éste, con un movimiento rápido de cintura y dando un salto y una cabriola en el aire se puso detrás de él, aprovechando la nueva situación para cogerlo de la cola y, con extraordinaria fuerza y pericia, como si fuese un lanzador de martillo olímpico, lanzarlo a la estratosfera de la que no descendió.
Yo estaba mudo de asombro:
-¡Bravo Ramón, bravo! Lo has mandado a la luna, jojojo....
-Zí, adió lobito feo, lobito tonto, nana-nana-naaana...-canturreó el niño cuya cara irradiaba una felicidad franca, sin espacio ni lugar para otro sentimiento emboscado -lo he cogío y le ponío una patá en el culo y-y-y lo he mandao a la luna...jajá....
-No Ramón, lo has cogido de la cola y lo has lanzado muuuy lejos...
-Zí pero despié le he ponío una patá en el culo...
-¿Sí? Bueno bueno, no me he dado cuenta pero si tú lo dices....
-Zí, como al etatereste Marcianete.
-¿Marcianete?
-Uuuuyyy...zí, un etatereste que vino un día al cole y nos quiría quitar la pelota, pero yo y Manuel Olivera le dimo doz puñetazoz- aquí estiró sus deditos índice y corazón de su mano derecha para dejar patente que fueron dos y no tres o cuatro-, y despié tinía una cabeza mu grande... Uuuyyy...porque era un zupacabra...
-¿Un chupacabra?...¡ah sí!, hace poco vi un documental sobre los chupacabras, ¡qué feos son, con esos ojos rojos y esos colmillos con los que chupaba la sangre de las cabras!...¡pero también de los perros o las vacas! ¿Tú también viste el documental Ra....?- no pude terminar la pregunta porque sentí como algo, un cuerpo cálido, se encaramaba sobre mis espaldas. Al mirar por encima del hombro, vi la cabeza espantosa del chupacabras sobresaliendo por encima, mirándome a través de dos esferas rojas enormes y con sus dos largos colmillos, finos como agujas, preparados para puntear mis arterias del cuello y saciar su sed con mi sangre.- ¡Aahh, mierda,quítamelo, quítamelo de encima Ramón, quítame al chupacabras, quítamelo....!- Estaba espantado, sintiendo un miedo como nunca antes en toda mi vida. Tener al chupacabras en la chepa, tan cerca, oliendo su aliento fétido y escuchando un bisbiseo salivoso pegado a mi oreja, como si se relamiera al olor de mi sangre o como si el paso alterado de ella por las arterias abultadas de fluido vital le excitara sobremanera, era algo imposible de soportar sin caer en el pánico. El chupacabras pugnaba conmigo intentando reducir mi agitación histérica para así poder atinar con la arteria. Pero el niño Ramón ya se había movilizado en mi ayuda:
-¡Zupacabra Marcianete! Deja a mi amigo.-Le conminó con autoridad.
Marcianete lo mira, paralizado, momento que aproveché para tirarle un codazo con violencia que dio sobre un cuerpo mullido y acuoso (¿lleno de sangre?), arrancándole un aullido agudo de dolor, relajando la presión de sus garras el tiempo justo para huir de su lado. Marcianete, al que pude ver por primera vez en toda su dimensión de metro y medio, levantado sobre dos patas articuladas en sentido contrario a las nuestras, asierradas de saltamontes, viéndose burlado por la que creía su segura presa, sacó una lengua ofídica, larga, al tiempo que emitía una queja chillona y aguda de su redonda cabeza. Pero el niño Ramón no se amilanó:
-Te voy a pegar Marcianete otro puñetazo y-y-y te voy a lompe los colmilloz...
El chupacabras, que ya debía conocer como se las gastaba el niño Ramón y sus amiguitos del colegio, dio un paso atrás con temor cuando el crío dio uno adelante. Gritó de nuevo, erizándome el vello como cuando la tiza araña con su canto la pizarra, antes de impulsarse sobre sus dos patas en un salto poderoso hasta el tejado de la fila continua de casas que bordeaba todo el lado derecho de la calle. Allí chilló, con la silueta terrorífica recortada contra el azul mañanero, antes de desaparecer tras otro brinco alto y combado sobre la ciudad.
-¡Joder Ramón qué susto! Me cago....¿has visto que ojos tenía y qué colmillos?...¡La madre que lo parió!
-Zí...¡una vez Marcianete le quiría zupa la zangre a mi epaita Zara, pero yo le pegué un puñetazo en la narizota! Jo-jó....
El niño me contaba las muchas peleas que ya había tenido con Marcianete, que era un chupacabras muy malo, mientras el sol seguía su carrera por el cielo y nosotros nuestro descenso por la calle canija y flexible buscando al papá de Ramón. A diez metros, unos hombres morenos, huesudos, sin afeitar, tomaban cervezas apoyados en el poyete del ventanal abierto de un bar, disfrutando de la sombra que a esa hora refrescaba aún la acera del margen derecho. La del izquierdo estaba aplastada por la blancura caliente que derretía el pavimento a un palmo como si fuese una lasaña al horno. Delante nuestra andaba un tipo con la camisa abierta y un bañador azul con una franja verde fluorescente. Se dirigía con andares chulescos al grupo cervecero que lo observaba acercarse. Cuando llegó a metro y medio del ventanal se separó de él un hombre bajo con camiseta interior de tirantas, largas patillas negras y una cicatriz en el cuello que encarándose con el recién llegado se sacó de la espalda, prendido de la cintura del pantalón, un enorme cuchillo carnicero al tiempo que le decía con voz amenazante aunque baja, sin gritos, con los labios apretados por la rabia:
-Te voy a matar chivato.- (Ramón se asustó al ver la hoja brillante, apretando su cuerpo contra mi pierna.)
El otro se paró en seco dando un respingo mientras el patillas adelantaba el cuchillo rasgando el aire buscando su vientre. El otro corrió hacia la carretera soleada al tiempo que gritaba lastimero:
- ¡Rafael, estás loco Rafael! ¡Te equivocas conmigo: yo no he dicho ná Rafael, por mis muertos que no, que se muera ahora mismo mi madre si miento, Rafael, te lo juro!
Rafael, con el cuchillo en la mano, no decía nada, sólamente me miraba a los ojos que al apartarse huyendo el chivato habían aparecido ante su vista. Después miró al niño. Yo apreté la manita con fuerza y apartando la vista de los ojos marrones de Rafael seguí camino abajo dando a entender que aquello no era de mi incumbencia.
Ya lejos de Rafael y su cuchillo le pregunto al crío:
-¿Qué, como vas Ramón? ¿Estás bien? Vaya cuchillo que llevaba ése, ¿eh?
-Zí...y quiría matar al oto homme.
-Sí, pero el otro corría mucho ¿eh?
-Colía muzo, zí.
Los efectos del anisete se me estaban pasando y la calle zigzagueante estaba llegando a su fin, al corte transversal de otra calle que llevaba, si cogías al sur, a la plaza donde según dicen está la casa natal de un famoso pintor.
-Bueno Ramón, ya que no hemos encontrado a tu padre, te llevaré a casa por lo menos, a ver, ¿dónde vives?
-Allí-, señaló a una puerta marrón desportillada en el lado soleado de la calle. Cruzamos y llamé con los nudillos en la áspera y basta madera sin barnizar. Adentro se escuchó los lloros de un bebé, la epaita, supuse, y la voz joven de una madre desesperada que ya no sabía que hacer para que dejara de llorar. Al fin la puerta se abrió. Una figura oscura apareció bajo el dintel, más allá del cual, en el interior, todo eran penumbras ante mis ojos acostumbrados a la salvaje luminosidad de la calle. La figura se acercó y se hizo mujer, mujer castaña clara y ojos como la mar, guapa, que me miró con extrañeza hasta que bajando la vista se percató del pequeñajo Ramón.
-Pero y tú ¿dónde estabas? ¿eh? Me tenías preocupada niño, he llamado a la policía y todo...pero como se te ocurre irte así, ¿eh? ¿Cómo se te ocurre? Ya te cogeré después ya...
El niño rompió a llorar:
-¡Pero pero, estaba buscando a papá....!-el niño lloraba achicando los ojos y abriendo mucho la boca enseñando sus blancos dientes de leche.
-No le regañe señora, es un niño muy bueno y listo.... y muy hablador.
-Sí, sí, uy, hablar habla por los codos, bueno gracias por traerlo, aviada estoy si espero a que lo encuentre la policía...¡claro, como no es el hijo del Alcalde! .... a los pobres, como siempre, que nos den morcilla...
-Tiene razón señora, y con la cantidad de peligros que hay en esta calle...¡uf! ¡Vaya calle, entre el lobo Chispas y el chupacabras Marcianete, está uno como para andar sólo por aquí!
-¿Qué?
-Si, sí, pregúntele a su hijo, por cierto es muy valiente, a mí me ha salvado por dos veces...
-Pero... sí, bueno, muchas gracias ¿eh?, muchas gracias, adios, adios, vamos nene, entra, corre...
Y cerró la puerta con premura.
Yo me dirigí a mi despacho para darme una ducha en el minúsculo cuarto de baño y cambiarme de camisa, ya que por la espalda la tenía desgarrada por las pezuñas del chupacabras.
Mientras atravesada la plaza en cuyo centro había un obelisco conmemorativo en honor a ciertos héroes liberales del XIX, iba pensando en como sin quererlo había vivido una de las más peligrosas aventuras de toda mi carrera detectivesca.

viernes 9 de junio de 2006

La carta (amor adolescente con final tragiporno).

Cuando a eso de las nueve de la mañana de vuelta de la panaderia abrí el buzón lo hice con ánimo tranquilo y algo escéptico, sin esperar nada que no fuese el cajón metálico vacío al tacto de mi mano como había sido durante los últimos días de las últimas semanas. Sin embargo, no fue así. Mis dedos se posaron en la calidez rugosa del papel de sobre, el sobre, que ya al tacto reconocí ( o quiso reconocer), con el que ella solía escribirme sus cartas desde Italia. El corazón me pulsó con ahogo en el pecho nada más intuir mi cerebro lo que mis dedos tocaban, intuición acertada que provocó el olvido del pan y del hambre que solía acuciarme por las mañanas a poco de levantarme. Ya en el ascensor subiendo hasta la 5ª planta leía el pliego de papel pautado con ansiedad feliz: ¡qué sensación tan maravillosa ese pellizco en el estómago cuando se recibe una carta de la chica de nuestros desvelos, esa chica por la que perdemos el apetito y por la cual nos vemos abocados a la melancolía!
En casa me senté delante de un café humeante y entre sorbo y sorbo sorbía con fruición cada letra suya. En realidad, y visto desde la perspectiva del tiempo, la carta en sí era una fruslería desde la primera hasta la última palabra (o hasta la penúltima frase como se verá) pero que en aquellos días constituía de una importancia capital por la influencia en mi estado de ánimo y sentimentalidad.
En su conjunto comprendí bastante bien lo que me contaba. Todo excepto la última frase: la que intuía era la de más importancia y enjundia, en la que se cifraba el mensaje clave, el motivo nuclear del escrito siendo todo lo anterior pura farfolla de relleno para dar volumen y forma. Pero no podía llegar a su significado a causa de tres palabras contra las que choqué y que me eran completamente desconocidas. La solución era sencilla, buscarme un diccionario, pero no inmediata, ya que el diccionario en cuestión, el habitual en aquellas ocasiones, se encontraba en la biblioteca municipal junto a las ruinas del teatro romano, en el centro de la ciudad. Así pues, sin más dinero que el sobrante del pan, me lancé escaleras abajo saltando como un gamo los escalones de dos en dos y de tres en tres con el pliego en el bolsillo trasero de los vaqueros acuciado por una agitación nerviosa y maldiciendo el sistema espacio-temporal que regía este mundo y que me obligaba a tener paciencia para la satisfacción de mis deseos.
Ya en la calle me dirigí a la parada del autobús, a la espalda del bloque de pisos que tenía enfrente, mientras pensaba qué diablos quería decirme la niña italiana de ojos zarcos en aquella última frase. Doce o trece personas esperaban cuando llegué. Ocupé mi lugar en la cola, detrás de una señora de unos sesenta años enlutada, que dejaba ver de rodillas para abajo unas piernas venosas y túmidas y unos pies deformados de hinchazón....(Te equivocas, la última de la cola no era la señora de luto sino un hombre alto con abrigo azul oscuro de tweed largo hasta las corvas, que te miró de reojo cuando llegaste; pero tú mirabas al suelo ensimismado posándose tus ojos sobre los pies tumefactos de la señora que seguía al del abrigo en la cola. Fue allí cuando dirigiste la mirada al cielo por primera vez y te diste cuenta del tiempo nublado, húmedo y frío y de que tú apenas habías salido a la calle con una camisa de algodón a cuadros. Te rebuscaste en los bolsillos del pantalón y tras constatar que el dinero no daba más que para un viaje en autobús decidiste echar a andar hasta el centro pensando que así entrarías en calor y que mejor sería dejar la comodidad del asiento para el camino de vuelta, rumiando el significado de la frase ya desvelada).....Me eché a andar feliz por la decisión que había tomado (que a él le pareció de una sagacidad extraordinaria) y con las manos metidas en los bolsillos y los brazos pegados a las costillas para retener el máximo de calor posible, dirigí mis pasos dirección este, a la biblioteca en el centro histórico. Dejando atrás barrios y calles mi mente seguía fija en lo mismo sin llegar a ninguna conclusión ya que la frase podía significar una cosa como su contraria, añadiendo matices muy dispares según las tres palabras desconocidas tuvieran un significado u otro... (Mientras se devanaba los sesos en tales cábalas, empezaron a caer leves y frágiles gotas del cielo plomizo; pero él no se daría cuenta hasta minutos después en que recordó como ya en la radio aquella mañana habían avisado a los ciudadanos sobre la conveniencia de salir de casa pertrechado de paraguas, conveniencia que él pasaría por alto en sus prisas por llegar cuanto antes a la biblioteca. Incluso recordó el alborozo que sintió al oir el parte meteorológico ante la oportunidad de quedarse en casa leyendo la novela de Hesse, Bajo las Ruedas, junto a la ventana, con el repiqueteo de las gotas golpeando los tejados como sonido relajante de fondo). Cuando levanté la mirada del suelo me sorprendió ver a mi alrededor el baile de paraguas, negros la mayoría aunque también de flores estampadas otros, que inundaban la acera. La ciudad se había oscurecido hasta parecer sus calles y avenidas decorados de una película en blanco y negro con luz tamizada por la cortina de agua oblicua que rayaba todo el paisaje urbano a mi alrededor. La lluvia arreciaba ya. Me apretujé contra la mole de cemento a mi derecha para que sus altas cornisas o sus bajos balcones me resguardaran en lo posible. Pero era inútil. Por mucho que reptase encogido por la pared la lluvia empapaba mi camisa de algodón, que ya empezaba a filtrar la humedad rezumante hacia mi piel, al ser escupida por el viento hacia mí. Hice lo único que podía hacer que era seguir adelante sin muchas esperanzas hasta que divisé a cien metros de distancia la generosa marquesina del cine Avenida que se ofrecía a la vista como un oasis deseado de sequedad y descanso, siempre que no te importe sentarte en sus escalones. El oasis era un rectángulo de acera de siete metros de largo por tres de ancho, sin contar los escalones (tres, que corrían paralelos a la marquesina) que llevaban a la entrada del establecimiento.
Cuando llegué al refugio tenía el pelo pegado a la cabeza de la que bajaba regueros de agua que se despeñaban por la nariz, despertando la curiosidad de los otros naúfragos...(Cuando llegaste había cuatro personas más a cubierto de las procelosas aguas que formaban torvas en los desagües anegados: una chica pelirroja y atractiva de pelo largo ondulado y buena alzada de pechos; un pimpollo entrajetado, que miró divertido tu aspecto lamentable y que portaba un maletín de piel marrón en su mano derecha; otra chica bajita y algo regordeta y un cartero de unos cuarenta, cuarenta y cinco años de ojos exoftálmicos, perilla puntiaguda cuidadosamente recortada y que con mirada de desolación observaba los grandes charcos ametrallados por ráfagas de gotas mientras hacía descansar sus manos sobre el carrito amarillo de la correspondencia. La presencia del cartero te recordó a ella): acodada en el alto velador de la discoteca con la copa de vaso largo delante de tus pechos generosos. Era verano. Llevabas una camiseta de tirantas de color verde oliva, como después comprobé, y algo en tus ojos me dijo que me acercara, que intentara ligarte que sería bien recibido aunque en realidad el ligado fuese yo. Venciendo mi habitual timidez me acerqué y te hablé al oído. Tú me contestaste echándome tu aliento, ese aliento que más tarde me tragaría, haciéndome cosquillas en la oreja. Fue la primera vez que escuché tu voz cálida y rota -¡tan italiana!- como filtrada por la arena de la playa, esa voz que después de hacer el amor dos veces en el balcón del hotel -en la habitación se quedarían tu amiga y mi amigo- y ya con el alba despuntando me contabas retazos de tu vida en Italia.....fuiste tan dulce...me gustó tanto tener tu cuerpo en mis manos, despojarte del sujetador, comer de tus pezones la savia de la vida, lamer tu sudor salado, sentir tu cabeza en mi pecho mientras te retorcías en mi sexo buscando tu placer...
-Perdone, ¿tiene un cigarro?- quién así interrumpió mis recuerdos de ti era una chica rubia de larga melena, muy hermosa, que debía haber llegado al refugio de la marquesina después de mí.
-No, lo siento- le respondí al mismo tiempo que me sacudía los bolsillos en demostración ostentosa.
El requerimiento de la chica me despertó el deseo por fumar...¡ah, qué placer echarse un pitillo mientras la mirada se perdía en los recovecos de tus recuerdos!, pero el quiosco más cercano estaba como a cincuenta metros al otro lado de la calle, la cual ya era un lago inabordable de aguas amarillentas que subían preocupantemente por encima de la acera. Por eso me sorprendió ser el único que estaba en un plano inferior, con la rubia preguntándome desde arriba, respecto a los demás que ya estaban encaramados al primer escalón del cine. Y es que la lluvia no cesaba, muy al contrario aumentaba su fuerza provocando murmullos de inquietud entre los robinsones del cine Avenida. La pelirroja y el cartero charlaban animadamente sobre lo desusado de aquella lluvia furiosa, a la misma vez que el pimpollo y la rubia hacían lo propio mientras fumaban sus cálidos cigarrillos americanos surtidos por el primero. Sólo la chica regordeta y yo permanecíamos incomunicados. Entonces, por las aguas marrones, que ya habían engullido el mosaico del pavimento, pasó el cadáver de un gato flotando flexible al albur de la corriente abajo- la calle del cine Avenida estaba en ligera pendiente sur- mientras todos nosotros seguíamos con la mirada su terrorífico y dulce dejarse ir. Instintivamente subimos hasta el descansillo del cine en cuya puerta un empleado con pantalón negro, camisa azul y corbata hacía guardia como para evitar que tomáramos al asalto el local. Las conversaciones se desataron nerviosas, dejándose traslucir una sombra de temor en los timbres de las voces, que al cabo de media hora, ya con los tres escalones desaparecidos bajo las aguas, se deslizaban francamente por la pendiente del pánico. Acuciados por ese pánico pasamos al interior del cine desoyendo las quejas del empleado que sin embargo no insistió demasiado, consciente de las circunstancias extraordinarias de aquel día que quedaría como el día del diluvio en la memoria de la ciudad. Una vez dentro todos se dirigieron al bar, nada más entrar a la derecha, en donde un camarero de camisa blanca y pajarita negra esperaba circunspecto las comandas del grupo de náufragos. Por mi parte, en vista de mis escasísimos recursos financieros busqué y hallé a la izquierda, frente al bar, un sillón de cuero tan mullido que cuando me dejé caer en él cedió hasta darme la sensación de descender hasta el suelo....(Desde esa posicion baja observaste el paso de la corriente casi al nivel de tus ojos, recordaste de nuevo al gato inerte, como si fuese de trapo maleable, y pensaste en que quizá había habido más víctimas aquel día: gente atrapada en coches, viejos sin fuerzas para resistirse a la fuerza de la corriente, niños, jóvenes fuertes y sanos sencillamente con mala suerte... la mala suerte de no tener un buen refugio como era el cine Avenida...un buen refugio hasta hace bien poco ya que el agua empezó a entrar por las rendijas del suelo y empezaste a preocuparte en serio por la situación. Pero cuando volviste la mirada alarmado hacia tus compañeros de infortunio, el espectáculo que se ofreció a tus ojos te dejó atónito y petrificado en el sillón.....) En el bar, la fiesta y la alegría eran desbordantes, algo imposible de creer poco antes, en que los rostros manifestaban pánico y miedo por el diluvio. Pero ahora, todos brindaban y bebían como beodos. Levantaban sus copas llenas hasta los bordes, acompañando al movimiento con frases ingeniosas y divertidas que provocaban las carcajadas de todos para a continuación vaciarlas con fanfarronería, entonces entraba en acción el camarero (completamente borracho como todo el mundo) que botella en mano volvía a llenar las copas una y otra vez. El pimpollo, por su parte, estaba matando de la risa a la rubia que no podía contenerse. Parecía una poseída en estado febril. El pimpollo le rodeaba la cintura con una mano, la cual la hacía descender hasta el culo cuando lo encontraba pertinente. La rubia entregada a su delirio parecía no enterarse de nada, o puede que le dejara hacer complacida, lo más probable. A la misma vez, la pelirroja y la gordita eran agasajadas por el resto de los machos. El cartero tenía agarrada a la pelirroja por un brazo, reteniéndola con una mano mientras con la otra la sobaba el culo y la atraía hacia sí para frotarse contra sus tetas de pezones puntiagudos. La gordita y el portero del cine, excitados por sus vecinos, se tocaban mutuamente, abrazados, jugando a obligarse a seguir bebiendo entre risas las copas que el camarero, ya sin pajarita y descamisado, les ponía delante. Yo no sabía que hacer. El espectáculo de la alegre comitiva me dejó aplastado en el sillón sin atreverme a mover un solo músculo por miedo a que me descubrieran allí, mirando. Sin ningún motivo aparente mi mano tanteó el bolsillo trasero de mis vaqueros, buscando el contacto con tu carta, cuya última frase, en la que tres palabras me cerraban el paso hacia ti, estaba envuelta aún en el misterio. Y lo seguiría estando, puede que para siempre, a tenor de cómo entraba el agua en el recinto por las rendijas. Mi estado de ánimo se ennegrecía a la misma vez que el de los beodos se desbocaba en una alegría cada vez más descontrolada. Como era previsible pronto pasaron de los tocamientos y los manoseos a los besos, besos impúdicos, salvajes, donde las lenguas penetraban y los labios luchaban con frenesí, mordisqueándose hasta sangrar. El ambiense se caldeó de tal manera que el calor les tuvo que resultar insoportable: las camisas, los pantalones y las faldas volaban y las chicas no permanecieron mucho tiempo con los sujetadores puestos. Pronto todo derivó hacia la voluptuosidad de la orgía. El pimpollo con su corbata a rayas como única prenda ya se encargaba de perforar por detrás el santuario de Venus de la rubia que al estar en posición inclinada hacia adelante permitía que trabajase con su boca el glande del camarero, el cual, con mirada de enfado placentero la imprecaba en la forma en que se solía hacer en estos casos: "Vamos puta, chúpala zorra, así así, ooohhh sí, continúa....." al mismo tiempo que bebía directamente de la boca de una botella de Whisky: derramó sobre la espalda de la chica parte del contenido, lo que fue celebrado por ella con un sonido ininteligible de su boca al tenerla ocupada de carne venosa e hinchada. La expresión de su rostro expresaba, sin embargo, un profundo deleite. El cartero, al cual la gordita se la mamaba con auténtica pasión, por su parte le comía a la pelirroja las tetas, que ya le sangraban por la voracidad salvaje del perilla ojos de sapo los cuales giraban enloquecidos en sus cuencas , mientras el portero agachado se encargaba del clítoris, que encontró jugosísimo. La pelirroja tenía transfigurado el rostro de gozo. Toda la estancia se inundó de gemidos, ayes, vaídos y expresiones procaces del tipo: "Vamos vamos, dale más a esa puta, todavía no está satisfecha la muy guarra...", o bien por el lado femenino: "Vamos cabrón, mátame de gusto, hijo puta..." que era como espoleaba la rubia al pimpollo que había cedido el puesto al camarero mientras él se tomaba un respiro en la barra y se reanimaba con una copa. La barra era el lugar de descanso en donde los hombres se recuperaban antes de otra sesión con otra chica diferente. Nada parecía importarles en este mundo, se encontraban en otra dimensión. Ni siquiera el agua que ya llegaba por los tobillos pudo sacarlos del histerismo del placer. Incluso gritaban "¡es el fin, es el fin!" cuando experimentaban sus orgasmos. Era como si se hubiesen hecho a la idea de morir, pero en vez de entregarse a los delirios y desórdenes del pánico, eligieran los del placer, que pueden ser aún más enloquecedores.
Pero mi instinto de supervivencia seguía intacto y el sentir el agua en mis talones fue como un latigazo que recibiera para que saliera del pasmo en que estaba sumido. Me levanto y observo el local. No había escaleras a la vista pero sí una puerta hábilmente camuflada y forrada de la misma moqueta azul oscuro de la pared en el ángulo izquierdo. Me lanzo hacia ella con el corazón en un puño. Por suerte no estaba cerrada. Más allá unas escaleras subían a lo que supuse sería la cabina del operador de cine. Mientras subía los escalones los gritos de los suicidas, que habían elegido una muerte rabiosamente placentera, se fueron amortiguando hasta desaparecer por completo cuando penetré en el habitáculo cuadrado en donde un hombre gordo dormitaba felizmente ajeno al fin del mundo. Lo zarandeé.
-Eh, oiga despierte, oiga...
Dando un respingo:
- Eh, qué... ¿Qué pasa?¿Quién es usted? ¿Qué hace aquí?
-¿Pero es que no se enterado de que está lloviendo como en los tiempos de Noé, hombre?
-¿Noé? ¿De qué está hablando? Vamos salga de aquí inmediatamente, aquí no puede estar.
-Asómese a la puerta y mire, maldita sea.
El gordo, sin quitarme el ojo de encima se asoma a la puerta de la cabina, mirando escaleras abajo.
-¡¡Hostias!! Por Cristo, está todo inundado, y el agua no para de subir, me cago en mi padre! ¿Pero qué coño ha pasado?
-Pues que no ha parado de llover en tromba desde hace por lo menos tres horas. Joder ¡y a qué velocidad sube el agua!- dije asomándome a mi vez para comprobar con horror como el agua ascendía amenazante por los escalones.
-Shhh, escuche, ¿son gritos eso que viene de abajo?
- Esos no han querido salvarse; pero nosotros tenemos que salir de aquí como sea. Dígame por su padre que eso es una trampilla para subir al tejado.- le requerí señalando al techo, a un cuadrado metálico de color gris.
-Sí, rápido, acérqueme esa silla.
El gordo se subió en la silla que crujió bajo su peso. El techo era bajo por lo que pudo utilizar su hombro para empujar con todo su cuerpo hacia arriba. La trampilla cedió. La sorpresa fue total. En vez de una ráfaga de lluvia nos encontramos con el sol enmarcado en el recuadro metálico, hiriéndonos con sus poderosos rayos burlones. Sin embargo abajo el agua no paraba de ascender.

viernes 2 de junio de 2006

El panóptico político: El debate sobre el estado de la nación de Naciones (catastrófico).

Ya antes de la hora fijada para el comienzo de la sesión los pasillos del Congreso se encontraban animados y bulliciosos, estructurándose, el bullicio, en un archipiélago de corrillos en los que se alternaban las discusiones doctas con el chascarrillo liviano, según caracteres e islote, que de todo hay en el gremio político como en la viña del Señor.
Para cuando llegó la hora acordada, el sr Marín, a la sazón Presidente del Congreso, ya se encontraba en su trono llamando al orden a sus señorías con esa forma suya tan particular de hacerlo, entre el fastidio y el cansancio, como si se viese en la obligación de llevar a cabo una actividad tediosa y nada gratificante.
-Señoras y señores diputados, guarden silencio por favor....guarden silencio sus señorías por el amor de Dios...guarden silencio.....Va a dar comienzo el Debate sobre el estado de la nación de Naciones....
-¡Catastrófico!-, se escuchó de pronto con rotundidad, sobresaltando a más de uno como fue el caso del Sr Llamazares que inmediatamente se arrojó al suelo con las manos entrecruzadas detrás de la nuca. El grito procedía de la cima de la escalera del pasillo central que dividía al hemiciclo en dos. Allí había un hombre (que tenía un parecido extraordinario con el sr Aznar, por cierto) que, desprendiéndose de un gabán gris, se quedó en bola picada al mismo tiempo que iba gritando mientras descendía por las escalera: -¡El estado de la Nación es grave, muy grave, comatoso diría yo!- A lo que la bancada popular, dejándose llevar por un impulso irresistible, se levantó en bloque para aplaudir y jalear al espontáneo exibicionista, mientras los de la bancada sociata hacían el tradicional "uuuuuu".
El sr Marín, a todo esto, no conseguía salir de su pasmo, y es que la visión del bigotudo con todas sus vergüenzas al aire le había recordado las salidas sorpresivas de los cómicos en el Un, Dos, Tres, en la época en la que él era Comisario europeo....¡ah, qué tiempos, con lo bien que estaba él en Bruselas (y qué pasta ganaba oiga), para al final terminar de director del circo nacional, en fin...! Cuando por fin logró reaccionar y sacudirse la saudade y la melancolía mandó a los ujieres que se llevaran de allí al boludo bigotudo, tras lo cual, sin embargo, no pudo proseguir la sesión ya que hubo de requerirse con carácter de urgencia al médico del Congreso para que atendiese in situ a la señora Vicepresidenta que había sufrido un síncopa por la mucha emoción vivida. (A día de hoy, dicho entre paréntesis, todavía se especula por los pasillos sobre si fue el enorme mostacho del espontáneo el causante de la indisposición de la sra De La Vega, o por el contrario fue otra cosa....,como creen los mal pensados, mayoría absoluta en este caso, lográndose un amplio consenso parlamentario como pocas veces en la historia de las Cortes).
En cualquier caso, tras pasada media hora y con Doña María Teresa ya completamente recuperada, pudo por fin el Presidente del Congreso dar comienzo a la sesión parlamentaria, dando el uso de la palabra al sr Zapatero para que abriera el tan ansiado debate, lo cual hizo de esta forma:
-Gracias sr Presidente. Señoras y señores diputados. Señorías: Compadezco por segundo año ante ustedes...."(comparezco, presidente, es comparezco)", -le apuntó Carme Chacón (sentada cerca de la tribuna) ventrílocuamente para que nadie lo notase-, ....eeh, sí...Comparezco ante ustedes, decía, para dar cuenta de la gestión realizada por el equipo de gobierno que tengo el honor de comandar. Y lo haré con datos. Datos claros. Datos diáfanos, elocuentes por sí mismos y que encierran además una gran belleza poética....Sr Solbes, ¿está preparado?- El sr Solbes, se levanta marcialmente:
-Lo estoy sr Presidente.
-Bien, vamos allá pues, - e imitando la línea melódica y la entonación de los niños de San Ildefonso, recitó así:
-¡En investigación y ciencia hemos invertido....
A lo que respondía el sr Solbes al mejor estilo sanildefonsiano, si bien con voz un tanto carrasposa de fumador carretero:
-...48 millones de euros!
-¡En viviendas sociales se ha incrementado la partida en....
-....120 millones de euros!
-¡Hemos conseguido en la seguridad social superávit de...
-....300 millones de euros!
-¡Incremento del fondo de pensiones en....
-....85 millones de euros!
-¡Hemos subido la productividad en...
-....un 2 por ciento!
-¡La economía española ha crecido un....
-....3 por ciento!
-¡Vamos a ganar las próximas elecciones por...
-....mayoríííaaaaa ab-soluuuuuu-taaaa!
Fue terminar de ejecutar el señor Solbes el largo calderón y escucharse un atronador ruido de palmas, voces y chiflidos en un auténtico delirio de alegría que conmovió los cimientos del Congreso, detectándose el foco sísmico en la falla sociata. La pepera por su parte se desfogaba de indignación en abucheos y críticas, algunas destempladas, por lo que consideraban que era una actuación lamentable, una más, de este gobierno.
El sr Zapatero, aún en la tribuna, quiso continuar:
-Para terminar decir.....
-Sr Zapatero, perdone que le interrumpa -intervino Marín-, pero así no se puede trabajar, con este nivel de ruido es imposible.... señorías guarden silencio.....les ruego a los señores diputados guarden silencio, por favor- suplicaba a punto de llorar-...señorías, silencio....señor presidente, por favor, cuando quiera.
-Gracias sr Presidente. Señorías, para terminar constatar tan solo un verdad indiscutible; una verdad indiscutible e incontrovertible; una verdad como no la hay otra: la verdad de que este gobierno es el que más premios gordos reparte y ha repartido en toda la historia...¡y lo va seguir haciendo, señorías, lo va a seguir haciendo! Muchas gracias, sr Presidente, señoras y señors diputados.
Aquí fueron las bancadas nacionalistas las que obsequiaron al Presidente del Gobierno con un largo y sonoro aplauso. Hasta Otegui, que seguía el debate por televisión en buena compañía tabernaria en el Bar Culebra, en su aldea natal, palmeó compulsivo mientras se dirigía a los camaradas "En verdad que con éste nos ha tocado la lotería....jajaja...ni cárcel ni nada...jojo...y encima dentro de nada seremos Nación y en pocos años la independencia, ¡Viva Zapatero!", "Viva, viva" coreaban sus compinches.
Pero en el Congreso el sr Marín ya despedía a Zapatero e invitaba a Rajoy a ocupar la tribuna de oradores:
-Muchas gracias, sr Presidente del Gobierno. Tiene la palabra el líder del partido popular, sr Rajoy. Sr Rajoy, cuando quiera.
D. Mariano se acerca de la tribuna con paso tranquilo, bebe del vaso de agua que un ujier le pone en una esquina, a su derecha, hace algunos movimientos de lengua como para despegarla del paladar o desenrrollarla, tan larga es, y comienza:
-Muchas gracias sr Presidente. ¡Señorías! Hoy hemos escuchado aquí, en esta misma tribuna en la que yo me encuentro ahora y desde la cual grandes discursos han sido pronunciados por grandes parlamentarios que nos han precedido y que jalonan la historia de España, hemos escuchado digo, de labios del sr Presidente del Gobierno.... milongas....sí sí ....milongas....Hoy el sr Rodríguez Zapatero ha comparecido...comparecido sr Zapatero, no compadecido, ("uuuuuuuu..."- se escuchó desde la bancada socialista-), pues ha comparecido en esta cámara para contarnos milongas....¡milongas!...cuando lo que la ciudadanía reclama y espera de su presidente es que les cante boleros ("uuuuuu...") sí sí, ya verán ya, tengan paciencia, boleros sr Zapatero, boleros a España, a nuestra historia, a nuestra Nación, a lo que somos, queremos y podemos llegar a ser. Por eso yo, sr Presidente del Gobierno, le voy a cantar a usted algo más que las cuatro verdades del barquero. Y además se lo voy a cantar así:
(Y aquí el sr Rajoy se puso a cantar efectivamente un bolero con voz muy sentida y atiplada)

-Oh España, España,
No te mereces un gobierno
Que con terroristas pacta.
Ni un presidente que la Nación
-¡Nación sacrosanta!-
Despedaza,
Sino uno que, como yo,
Su querencia, sin rubor,
te declara.
¡Y luego a los españoles
Engañar pretende,
Diciéndoles que la división
Fortalece!
Pero este hombre
¿de qué mal adolece?
¿será bobo, bobo solemne?
¿o por tales a los españoles
Tomar quiere,
despreciando su natural valiente?
Sr Rodríguez Zapatero,
Si servir a España no sabe
(que hasta su nombre
Quitar quisiera del AVE)....
Sr Rodríguez Zapatero,
Si de España no quiere ser
Su fiel amante
Para hacerle el amor
Todos los días con bizarría
Y aguante,
Entonces, ¿a qué desposarla?
¿Para amargarla?
(el agua de sus ríos)
¿Para dinamitarla?
(en lo recio de sus montañas)
¿Para enfriarla?
(el ardor de su sangre)
O para destruirla
(despeñándola en el vacío)?
Sr Rodríguez Zapatero,
La hermosa España
No se merece tanto maltrato
Sino alguien que la respete,
Alguien como yo, Rajoy,
¡Don Mariano!

Muchas gracias sr Presidente, señoras y señores diputados.

Ensordecedor fue el aplauso que siguió al bolero del líder de la oposición. En esta ocasión fue la falla pepera la que puso a prueba los cimientos del Congreso. -"¡Bravo, Bravo! Mariaaaaano, Mariaaaaano....." ,-coreaba la pepería extasiada. Pero mientras el grupo popular se dejaba llevar por el desvarío, en los bancos que ocupaban los diputados de ERC se vivía una escena muy distinta: el diputado Puigcercós estaba blanco como el papel, tanto escuchar la palabra "España" le había indispuesto. Algo parecido le ocurrió al diputado Tardá que bramaba como un oso llevándose las manos a su extensa barriga, sufriendo de horribles ardores, aunque habría que decir que, aún siendo estridentes los bramidos de Tardá, no llegó a superar los decibelios de la voz enloquecida de Llamazares que gritaba hasta salírsele las venas del cuello:
-¡Viva la segunda República, abajo los fachas! ¡¡¡Viva la segunda Repúblicaaaaaaa.....!!!
Otegui mientras tanto, a muchos kilómetros de allí, escupía a la pantalla del televisor cada que vez que el cámara enfocaba a Rajoy. "A ese tío habría que pegarle dos tiros, coño," "Yo le vaciaba el cargador en la cabeza", añadía un compinche con expresión de odio infinito.
En el Congreso, unísono en el tiempo a los buenos deseos de Otegui y sus secuaces, el caos ya era absoluto, obligando al sr Marín, que se tiraba de las barbas desesperado por el poco caso que le hacían, a suspender la sesión hasta el día siguiente. Pero la reanudación del debate no trajo consigo nada reseñable: el típico peloteo de los grupos minoritarios de la oposición al gobierno por ver cuántos cuartos le podían sacar, por lo que este cronista parlamentario se abstendrá en gastar valiosos bits que pueden ser utilizados más provechosamente en otro lugar. Desde el Congreso, eso fue todo. Saludos cordiales.

viernes 26 de mayo de 2006

Ensoñaciones panópticas.

No podría decir con exactitud en qué tramo del sopor mañanero, que me sobrevino fatalmente sin que yo pudiera hacer nada por evitarlo, soñé con aquella extraña población de casas que se arracimaban en torno a una fuente de medio metro de altura, de chorro único al cielo y fresco ruido de chapoteo.
El caso es que en aquel poblacho había un señor con cabeza de gallina, decentemente vestido con traje y pajarita, que observaba impertérrito desde detrás de la valla de su jardín cómo una pareja de agentes del orden golpeaban y se llevaban a un ciudadano que segundos antes se había limitado a mirar la estela blanca dejada por un avión lejano partiendo el azul inmenso en dos mientras lo saludaba con la mano.
-¡Pero oiga, que se llevan a ese ciudadano!- Exclamé escandalizado.
-Algo habrá hecho.-Cloqueó la gallina.
-No ha hecho nada. A no ser que seguir las estelas de los aviones y alzar la mano sea delito en este pueblo.
-Puede ser, pero le repito que si se lo llevan es porque ha hecho algo.
-Pero ese hombre es inocente. Debemos hablar inmediatamente con alguna autoridad superior.
-¿Inocente? Nadie es inocente amiguito. Todos somos culpables. No he conocido a nadie que no lo fuese. ¿O es que usted se atrevería a afirmar de sí mismo que es inocente, que no ha cometido una fechoría en su vida?
-Bueno, de niño me dio por robar libros y cassetes pero no creo que....
-¿Que no cree? Que no cree qué, amiguito. Cada fechoria queda anotada fielmente bajo su debe. No lo olvide ni lo dude. Cualquier día o noche de éstas vendrán y le detendrán.
Como a mí. Como a todos.
Dicho lo cual volvió grupas muy digna y solemnemente y se encaminó hacia la puerta de su casa que estaba abierta quedándose, no obstante, unos momentos bajo el dintel con la cabeza vuelta a la izquierda, hacia una casa que tenía algo parecido a una tetera de bronce en la cocina que despedía mareantes resplandores bajo el sol. La gallina suspiró antes de entrar y cerrar la puerta tras de sí.
Yo me quedé pensativo y recordando, con aprensión de ser detenido, los muchos hechos culpables de mi vida cuando una música extraña, excesivamente sincopada y desarmónica captó mi atención. La arrítmica y entrecortada música salía de dos grandes y alargados altavoces junto a los cuales un hombre joven con aire de filósofo no perdía nota arrellanado en un enorme sillón orejero. Me mira con expresión significativa. Con un gesto de su dedo índice largo y delgado me indica que me acerque.
-¿Se dá usted cuenta?-pregunta.
-Sí, claro- respondo sin pensar.
-Llevo años escuchando esta Obra y siento que la revelación de su significado está pronto a descubrírseme.
Una serie de acordes destemplados, rápidos en carrera ascendente siguió a sus palabras callando él, demostrando así unos reflejos admirables o un conocimiento de la Obra no menos fabuloso. Yo intenté decir algo pero me interrumpió sumamente molesto. "Ahora no, ahora no". Después de la retahíla de acordes se hizo de nuevo el silencio en los altavoces.
Me conminó:
-Ahora, vamos, hable. Tiene cinco segundos.
-Bueno, yo en realidad le quería preguntar por una señorita de este pueblo.....
-Shhh, calle, calle.
De nuevo los altavoces parlotearon su extraño y simbólico lenguaje pero esta vez en forma de acordes que subían y bajaban por la escala mientras una flauta se quejaba por su cuenta y unos triángulos añadían estridencias al conjunto.
De pronto, sin que nada lo anunciase, se hizo un nuevo silencio tan inesperado y tajante como el cuchillo carnicero que partiera por la mitad de una sola vez a un conejo.
-Ahora. Hable, rápido. Tiene ocho segundos......un momento: cinco segundos antes, ocho segundos ahora, trece después.....Aquí hay un significado, lo intuyo. ¡Oooh, necio de mí!- se quejó mientras se golpeaba la frente-, en los silencios de la Obra se esconde una clave y yo he hecho caso omiso de ellos hasta ahora ¡Me queda tanto aún por perfeccionar mi sentido artístico...!
Parando el reproductor de música se dirige a mí en actitud resolutiva que no admitía réplica:
-Lo siento, no puedo seguir hablando con usted. Tengo que volver a escuchar la significativa Obra desde el principio, prestando la misma atención a los silencios preñados de criaturas, aún desconocidas para mí, como al mensaje sonoro. Buenos días.
Sin embargo hacía unos momentos que mi atención ya había dejado de lado al diletante para quedar atrapada por el chapoteo del agua de la fuente, que era agitada por unos niños de unos cuatro a seis años vigilados por sus orgullosas madres, sentadas a la puerta de sus casas al fresco de la mañana. Uno de estos niños tenía cara de monstruo resabiado y destacaba por sus frecuentes gritos que querían ser contestación a los continuos requerimientos amorosos de su madre:
-¡Que te calles, so bruja!
-Pero Jorgito, hijo, lo digo por tu bien, vida mía. Te vas a resfriar con tanto jugar con el agua.
-¡Que no me resfrío! Vieja tonta gilipollas.
-¡Ay que lenguaje tiene mi niño para su edad! ¿Veis?- indicaba a sus vecinas hinchada- pero si habla como un adulto ya, con cinco añitos que tiene nada más...¡Ay que prenda! Es que está muy desarrollado para la edad que tiene- explicaba la buena mujer-; yo es que desde el principio he dialogado mucho con él...lo leí en un libro eh, no os vayáis a creer...bueno pues allí decía un médico famosísimo que había trabajado inclusive en el Nueva York que el diálogo es fundamentalísimo en el desarrollo de los niños. Fijaos que cosas...¡ah! y cachetes ni uno eh, que pueden dejar unas secuelas terribilísimas de por vida.....bueno hijas, que otro día os cuento más cosas que me tengo que ir. ¡Jorgito cariño, vamos adentro que tienes que comer y cambiarte de ropa!
-Que no me da la gana ¡coño! Y cállate ya de una vez, vieja cotorra.- Contestaba el infame macaco mientras chapoteaba salvajemente en el agua con manos y pies.
Pero heme aquí que me posee un impulso misterioso que me hace agarrar al mocoso de un brazo para desencaramarlo del plato de la fuente y arrearle un cachete tal con toda mi mano abierta en sus infantiles posaderas que le arranco abundantes y dramáticas lágrimas de los ojos. Al menos dejó de ser monstruo por unos momentos para ser simplemente niño lloriqueante. Pero mi obra no fue comprendida ni mi acción valorada correctamente a tenor de la tempestad que se desató detrás de mí, en la que la voz estridente e histérica de la madre pedía a los cielos los más terribles castigos y las más luctuosas de las maldiciones que el más desgraciado de los hombres pudiera soportar jamás en su desventura y que, ni que decir tiene, iban dirigidos hacia este contador de sueños.
-Ayyyyy...!Pero que hace este desgraciao, este demonio, ¡que me lo va a descoyuntar al niño! Me cago en tu puñeterísima madre, mal dolor te diera....
El niño, sintiéndose seguro tras la anchísima falda almidonada de su madre, la aguijoneaba de la siguiente guisa:
-Dale mamá, dale...que es un hombre malo...-y mirándome con odio-: ¡Hijoputa!
Este nuevo insulto del infame mocoso me provoca otro arrebato incontenible y, zafándome de las garras de la mujer que ya habían logrado abrir surcos sangrientos en mi cara, cogí al pequeño monstruo de la oreja y tirando de ella hacia arriba le amenacé con voz fiera:
-¡Y te comes toda la verdura y la fruta o te arranco la oreja y se la echo a los perros!
-¡Ayyy.... este bárbaro... a los perros dice, ay, que me lo va a traumatizar este bruto....que me lo perturba dios mío, ya verá que me lo perturba...ayyyy...!
El niño lloraba aterrorizado frotándose la oreja encendida como el dedo de ETÉ mientras la madre la emprendía a tarascadas de fiera loca conmigo. Pero en este punto de la historia hizo su aparición un extraño personaje que resultó providencial para mi salvación. Era un personaje que llevaba en la cabeza un raro tocado semejante a un calcetín al revés cruzado transversalmente por franjas de colores que dando un fuerte empujón de mi manga me hizo ponerme delante de él, lejos del radio de acción de las temibles uñas de la madre intachable.
El hombre hablaba desde detrás de una tribuna de oradores:
-¿Usted no será extranjero eh? ¿No vendrá a perturbar la paz de este pueblo egregio?- me dice con expresión extraordinariamente desconfiada.
-Bueno, en realidad, vengo con cierta frecuencia.
-¿Sí? Pues no me suena su cara y sepa usted que soy poseedor de una portentosa memoria fotográfica, especialmente para los forasteros....porque ¿usted no vendrá a corromper nuestras costumbres, a desfigurar nuestra lengua vernácula y a despreciar nuestra gastronomía y bailes populares?¿Eh? Cuidado que yo soy el Guardián de las Esencias.
-No, no ¡qué disparate! Quiero integrarme sinceramente en este comunidad...ser un ciudadano más.
-¡Magnífico! Estupendas palabras. Sepa usted que este pueblo tiene una historia antiquísima y una singular personalidad acrisolada al través de los siglos.
-No lo pongo en duda.
-¡Bravo! Pero para ser un ciudadano de pleno derecho lo primero es hablar nuestra singular lengua de extraordinaria riqueza léxica y belleza expresiva. ¿Está preparado para la primera clase?
-Lo estoy.
-Excelente. A ver, diga conmigo: "Deseu serotu ciudadaní ejemplorosqui di iste grande nacionu".
-Deseu zeroutu...
-Serotu, serotu, amigo mío, concéntrese.
-Serotu...ciudadaní ejemplasqui di....
-Ejemplorosqui, e-jem-PLO-ros-qui.
-Ejemplorosqui.....ejemplorosqui di iste grande nacionul.
-Nacionu, sin -l final.
-Nacionu.
-Eso es. Bien, bien...tiene que mejorar eh? Eso sí se le ve con ganas y disposición pero tiene que esforzarse más por ser un ciudadano puro de este pueblo histórico, de esta nación...nacionu...quiero decir, remotísima. Pero quizá la culpa no sea suya sino de este improvisado profesor que empezó por lo más difícil. El idioma es cuestión de tiempo y estudio constante.....umm...ya sé.... para que vaya sintiendo las vibraciones nacionules y escuchando las voces de esta tierra empiece por ir vestido y comer con autenticidad. Tome.- Y quitándose el extraño gorro me lo ofrece.
-Oh no, no podría aceptarlo, es demasiado honor para un simple forastero como yo.
-Vamos, vamos cójalo. Yo tengo otro aquí mismo y cientos en casa...y esto....-rebuscándose en los bolsillos-...a ver....aquí está, esto también es para usted.- Y me puso en las manos un tosco bocadillo de pan negro cuyas gruesas rebanadas abrazaban a algún tipo de fiambre de carne blanca.- Coma, coma, ya verá como le gusta. Aquí lo llamamos el "bocadillo esencial". Muy rico y nutritivo. Y ahora si me disculpa tengo que seguir con mi tarea.
Sacando otro gorro de detrás de la tribuna, que se puso con cuidado y esmero, preparó la voz carraspeando la garganta para declamar con voz vibrante:
-¡Ciudadanos, ciudadanos! Escuchad al Guardián de las Esencias: no vistáis ropas extrañas, no consumáis alimentos foráneos, no habléis otro idioma más que el nuestru, no hagáis....
-¡Eh oiga! Sí, usted, venga aquí.. Acérquese, vamos.
Quién así me requería era un hombre alto y moreno con traje azul marino y corbata a rayas que estaba sentado frente a una máquina de escribir en el porche de la casa en la que la tetera de bronce cegaba con sus brillos misteriosos desde la cocina.
-Déjeme que le vea...umm..sí sí, no hay duda, es usted. ¿Pero qué hace con ese calcetín en la cabeza?
-Me lo ha dado el Guardián de las Esencias; asegura que es imprescindible para ser un buen ciudadano.
-Quítese ese ridículo gorro y no haga caso del tonto del pueblo hombre....así está mejor.... Bueno ¿supongo que habrá venido a verla a ella?
-Sí, ¿está ahí dentro? Tengo que entrar.-Dije ya con el gorro en la mano.
-Alto, alto, ¿pero adonde va, está usted loco?
-Pero es que debo disculparme.
-Lo sé, pero atienda primero ¿Y si no quiere hablar con usted?
-No me importa. Me disculparé de todas formas.
-Pero ¿y si no le escucha? Podría pasar que le ignorara tan absolutamente como si no estuviera allí; e incluso podría pasar lo contrario, es decir, que lo insultase y entonces ¿qué? Usted respondería al insulto y echarían a perder definitivamente esta bonita relación. Y todo por no esperar al momento adecuado.
-No responderé a la provocación. Me disculparé y me iré.
-¿Qué no responderá? Pero eso sería muchísimo peor: la enardecería aún más.....No, no, no, hágame caso, márchese y vuelva dentro de unos días. Debe tener en cuenta que nosotros pensábamos que era usted un panóptico auténtico pero cuando descubrimos su falta de reacción nos quedamos muy sorprendidos.
- Estoy avergonzado, no sé que decir mas que estaba despistado y que no fue hasta la noche cuando me vino la certeza de que era ella sin ningún género de dudas.
-Sí sí, pero nosotros esperábamos un mínimo gesto.....
En ese momento se escucharon tres golpes ensordecedores que conmovieron los cimientos del pueblo. Todo él parecía precipitarse por un agujero abajo. En realidad lo que estaba pasando es que alguien había golpeado en la puerta de mi despacho produciéndome tal sobresalto que caí del asiento donde dormitaba al suelo. Pero antes de caer, mi mano, siguiendo un impulso, se intentó aferrar al anaquel donde descansaban los volúmenes de la Enciclopedia Británica desgajando uno de ellos de su ordenada fila y dando con su canto en mi cabeza cuando ésta ya había aplastado la nariz contra el suelo del despacho. Como consecuencia de ello perdí el conocimiento durante doce horas completas en las que no soñé nada.

domingo 30 de abril de 2006

El verano en que calló el mar.

Una vez tuvo dos hijas a las que no veía desde hacía años de una mujer que lo abandonó por otro. Tuvo casa, trabajo y familia. Ahora nada más que un perro negro y chillón y los crepúsculos rosados, a veces rojizos como la sangre, con que teñía sus recuerdos de cuando era un hombre.
Después del naufragio de su vida vino a quedar varado en aquella playa, como un robinsón expulsado de la cotidianeidad. Allí fue acogido por la alegre compañía de un grupo de amigos que se reunían en un antiguo chiringuito que todavía conservaba ristras de banderitas de papel como enjambres de argentinas, bolívias, canadás....colgadas del techo, que se movían suaves con la brisa nocturna de los veranos de parranda, y con ferocidad en las solitarias noches de invierno como presas de convulsas revoluciones. O esto se imaginaba él ayudado por el vino de los parias que le hacía sentir la cabeza inestable sobre los hombros, los hombros sobre las piernas y las piernas sobre la gravedad que según dicen nos ata a esta áspera roca. Pero a pesar del frío y del delirante chillido del viento entrando por rendijas, huecos y recovecos, tenía un techo sobre su cabeza que lo protegía de la lluvia de las primaveras y los otoños y del sol despiadado del verano, pero, por encima de todo, tenía las mil voces del mar cuyo oleaje escarbaba cada noche en sus recuerdos, dejándolo al amanecer exhausto por las orgías de melancolía a las que había terminado por acostumbrarse y que necesitaba como testimonio de que una vez existió y perteneció a la comunidad de los hombres.

Ahora, en este último verano, esa comunidad de los hombres a la que yo pertenecía, llegamos con nuestras máquinas y nuestros papeles firmados y sellados por alguna autoridad poderosa para acabar con aquella simbiosis de años entre el viejo, el viento, las olas y las ratas.
Creo que nunca podré olvidar el ladrido como de protesta del perro negro con la primera embestida de la excavadora a los frágiles muros. No esperó el viejo la llegada del segundo golpe. Cogió sus escasas pertenencias que cabían en una mochila ennegrecida y grasienta, y se alejó con una mezcla de pasos y arrastre de pies. En silencio. Con resignación.

miércoles 26 de abril de 2006

Las accidentadas vacaciones del detective panóptico.

Después de enfrentarme a las fuerzas del mal y escamotear in extremis el pellejo y el alma a las tentaciones de los fuegos sagrados, me pedía el cuerpo unas merecidas vacaciones, que fuesen, además, en país extranjero y de clima fresco, por eso de dar contraste y alivio a mis carnes, que aún me olían a chamusquina por los recientes sofocos luciféricos.
Fue así como elegí Guirilandia, conocida en ámbitos internacionales como Reino Unido, o United Kingdom según los modos de la lengua antonomástica de Shakespeare (o Marlowe, que aquí hay sombras que ciernen la frente laureada de Sir William) para los propósitos de una vaguería programada de la que hacía tiempo no disfrutaba.
Pero no sólo el aspecto climático fue el determinante en mi elección de la pérfida Albión para mi solaz y esparcimiento, sino que también el económico, siendo agradable, rememorando levemente, oír de los labios color fucsia de la oronda vendedora de viajes los apenas 40 euros de ida y los 60 de vuelta que me costaría el viajecito en avión, alimentando así mis esperanzas con los pequeños caprichos que la tarifa me permitiría disfrutar.
Regodeándome estaba en tales caprichos ya instalado en mi asiento, por suerte para mí de pasillo, cuando a mi derecha se planta un tipo con cara avinagrada como si le doliera horriblemente una muela, mirándome a través de unas enormes gafas oscuras, que no había encontrado motivos de quitarse dentro del espacio en penumbras de la cabina, esperando sin duda que me levantara para dejarle paso hacia su asiento de ventanilla. Vestía una americana azul marino abotonada, sin corbata en la camisa a rayas de debajo, pantalón vaquero y náuticos en los pies. Su pelo era castaño claro peinado con raya a la izquierda y su piel presentaba un aspecto urticarioso y enrojecido con burujones como de piel quemada o pellejo de lagarto. Después de observarlo seguí mirando al frente ignorando su presencia, al fin y al cabo no me correspondía a mí tomar la iniciativa en aquella situación banal y cotidiana en la que el avinagrado sufriente pensó que su sola presencia actuaba como el "Ábrete Sésamo"de las estrechas sendas en los transportes modernos.
Al final no le quedó más remedio que despegar los labios unidos en desagradable mueca:
-¿Me deja pasar?
-Sí, como no.-Repliqué cortésmente al tiempo que recogía las piernas.
El tipo pasó por delante y pude ver como un abultamiento de la americana en su espalda a la altura de la cintura.
Ya sentado y suavizando un tanto su tono pero no su expresión de vinagre (quizá no pudiera evitarlo) dijo
-Es usted español, eh? Mejor....así no tendremos que soportar en silencio los sonidos de ese idioma de mierda....-Dijo el lagarto con gafas al tiempo que acompañaba sus palabras con un movimiento de cabeza despreciativo, queriendo abarcar con el gesto el espacio circundante lleno de guiris que se estorbaban en el estrecho pasillo el cual llenaban efectivamente con su guirigáico lenguaje: "Oh my dear, it's wonderfull...really? Do you like it? Oh yes......; All the night, man...jajaja....we're fucking on the beach all the night....; Then my husband said to me....."
-Qué estarán diciendo los mamarrachos estos, con tantas risitas...-dijo con rencor el simpático personaje.
-Están comentando como Churchill se lo montaba con la reina durante los fastos de la caza del zorrro.
-¿Sí? Já.... No me extrañaría nada. Son unos cerdos superficiales sin moral. ¿Qué se puede esperar de una gente que deja de ser católica por capricho de un rey voluptuoso? Nada bueno, nada bueno, se lo digo yo....
Justo al lado de nuestros asientos un anglo le enseñaba a un sajón un mono disecado del tamaño de una botella de coca-cola.
"....Where did you buy it, man? Gibraltar, of course... Oh, it's a very nice place...yes it is."
Aquí el reptil dio un repullo:
-¿Eh? ¿qué están diciendo estos dos de Gibraltar? dígame, me interesa especialmente
-Están diciendo que el mono está así de un patatús que le dio al ver el retrato de Franco que un chino llevaba colgado de un llavero.
-¿Qué? ¿Un chino? ¡Malditos guiris de mierda!....¿se fija? ¿ha visto como son? ... Usted lo ha oído ¿no? Siempre haciendo mofas de las glorias hispanas....siempre fue así....y todo por pura envidia y maldad...como aquel Drake, hijo del mismísimo diablo, que no se cansaba nunca el muy bribón de saquear los barcos españoles que venían de América cargadas sus bodegas con el oro necesario para que el Augusto Rey Don Felipe II siguiera librando batallas a mayor grandeza de Dios y su Iglesia.- Aquí el monstruo hizo una pausa para tragar saliva. Los burujones de la cara, con la santa indignación, se le enrojecieron aún más, lo cual debía de producirle cierto escozor ya que empezó a rascarse con saña. Continuó - ¡aaah.... pero que cerca estuvimos amigo!, qué cerca estuvimos de darles su merecido si no hubiese sido por aquella desgraciada tormenta que desperdigó nuestra flota y no permirtió que el Duque de Parma embarcara sus tropas de veteranos en Flandes....-mientras la mosca me ilustraba acerca de la Invencible el comandante avisó al pasaje de que el despegue sería inminente. Nos abrochamos los cinturones que una azafata de falda azul ceñida y blusa blanca, rubia, guapa y de buen porte iba comprobando fila por fila, para minutos después empezar a elevarnos del suelo patrio, entre el atronador ruido de los motores. Pero el tipo aquel proseguía con su retahíla de amarguras históricas: -...además habría que añadir a ello la inoportuna muerte del gran almirante Santa Cruz y su substitución por el también competente aunque menos experimentado en cuestiones de mar, el marqués de Medina Sidonia. En definitiva: que sobrevino el desastre.....pero bien acojonada que estaba la bruja de la reina Isabel...jejeje.....del susto hasta se le retiró la regla creyendo que se había quedado preñada de su porquero real....jijijiji...en fin....-el picor se extendió por todo su cuerpo pues sus manos ,convertidas en garras, arañaban con energía piernas, brazos, cara, cuello..- ¡maldita porfiria! -exclamó.
-Eh, oiga, ¿quiere que le pida un vaso de agua?- Pregunté solícito.
-Esto no se quita con agua. ¿Ha oído usted hablar de la porfiria?
-Pues no la verdad.-El tipo aquel empezó a darme cierta lástrima.
-Le llaman la enfermedad del vampiro porque ,como los chupasangres de las películas, el sol nos quema la piel y nos hiere los ojos....¡joder!.....lo malo es que cuando nos da un ataque nos pica todo el cuerpo y nos ponemos de mala leche...también le llaman la rabia humana.....¿podría darme una bolsa de mano de piel marrón que está ahí arriba?
Me levanté y rebusqué con prontitud, no fuera que el rabioso la emprendiera a dentelladas conmigo. Cogí la bolsa en cuestión y se la dí. Del interior sacó una tableta de pastillas y un tubo de crema. Después de empastillarse y embadurnarse se quedó calmado con la cabeza echada hacia atrás como dormido con la bolsa marrón sobre el regazo.
Yo aproveché la tregua del rabioso patriota para echar un trago de dulce anisete que llevaba camuflado en una botella de plástico Lanjarón como si fuese agua. Así, entre buche y buche, el ronroneo sordo del motor y las conversaciones de los guiris a sottovoce se me fueron cerrando los párpados con la imagen de la azafata y el contorno de sus nalgas aprisionadas en la estrecha falda azul metida en la cabeza...... Entonces me vi levantarme del asiento y con la decisión propia de un Rodolfo Valenttino acercarme a ella, empujarla dentro del cuarto de baño y cerrar la puerta tras de mí con gesto preciso y certero. La miro como el león del Serengeti mira al rico impala de sus desvelos, y me lanzo a su cuello para devorarlo. Ella gimotea. Levanta los brazos que cruza sobre su cabeza y contra la pared, entregando así su cuerpo a mi voracidad. Le doy la vuelta y presiono sus nalgas con mi verga empinada. Mis manos empiezan a subirle la falda....bajarle el tanga....
-Pues como le iba diciendo, en aquel tiempo perdimos una gran oportunidad de ponerlos en su sitio, sí señor....¿oiga me escucha?
La voz del lagarto venía como de muy lejos, como de un sueño que amenazara con alterar la realidad de mi inminente polvo aéreo....pero ella no admitía distracciones de su Valenttino,me desabroché la bragueta del pantalón...."¡ vamos, vamos, méteme la pilila panóptica, no tardes que me consumo!"..mandó en perfecto castellano, no me pregunten por qué....
-.....y luego Gibraltar, los muy mamones, y ahí que se han quedado y no hay forma de echarlos oiga.....¡pero ya se irán ya...!
"....sí, milady, te voy a follar ya verás"...su mano vuelta hacia atrás me agarraba los huevos...le separé las piernas..
-...y bien pronto que se irán, por eso estoy yo aquí.....por eso llevo una bomba alrededor de mi cuerpo....jajaja...para hacerla estallar si no sacan sus sucias manos del último rincón de España......
De pronto la milady, alarmada, me aparta de un empujón..."¿que ha dicho el tío mandria ese?", inquirió castizamente la rubia. ?Tienes que hacer algo...tú eres un hombre de acción...tienes que impedirlo....tienes que....? su voz se fue alejando más y más quedando sepultada en la lejanía por la del mandria, ahora cercana y clara:
-....mi familia siempre ha servido al país. Ya uno de nuestra sangre cayó sirviendo al rey Prudente en las costas de Escocia cuando el desastre de la Armada del que hablábamos antes....
Emergiendo de mi sueño con el malhumor normal que te deja la frustración y el surtidor enhiesto le interrumpí mientras me enderezaba de mi postración en el asiento:
-Un momento, un momento...¿qué ha dicho usted antes?
-¿Antes?
- ¿Que es eso de que lleva una bomba pegada al cuerpo....
-¿Una bomba? Jajaja...- Dijo con su eterna expresión de enfado rabioso.- Mire, le voy a enseñar una foto.- De la bolsa marron sacó una foto amarillenta en blanco y negro.-¿Reconoce usted a este hombre?, -preguntó señalando al tipo de en medio de un grupo de tres.
-Sí, ese es José Antonio, el facha.
-Exacto, pues este de aquí, el que está a su derecha,-me señaló a uno con cara de vinagre y como rascándose el brazo- era mi abuelo. Murió fusilado por los rojos, dando su vida por España, como muchos de mis antepasados, como yo mismo cuando llegue el momento...-aquí miró el reloj digital de su muñeca.
Una sombra de preocupación e inquietud me sacudió como un espectro que pasara a través de mí. No sé si fue el miedo o el fastidio de entrever mis vacaciones en peligro lo que hizo volverme brusco:
-Pero vamos a ver que me está usted dando el viajecito con tanta historia de mierda ¿por qué coño un tipo como usted querría ir a tierra de guiris? ¿A sufrir, quizá, uno de esos ataques de rabia que le dan y metamorfosearse en lagarto baboso?
El tipo tuerce la cabeza engafada hacia mí al mismo tiempo que su permanente rictus de amargura se acentuaba acercándose aún más los vértices de los labios hacia las orejas, dejando al descubierto unos dientes amarillos y desiguales.
Con gesto brusco se quita las gafas por primera vez para que unos ojos azules enrojecidos como Drácula, acuosos de mirada intensa y maligna dirigiera su fuego de odio sobre mí.
Yo volví a la carga:
-¿Qué lleva usted en la cintura eh? Cuando se sentó noté un abultamiento de su americana, ¿no llevará un petardito para hacerse el héroe?
Después de unos instantes me contesta haciendo explosionar sus palabras en los labios:
-¿Y usted? ¿A qué va a tierra de apóstatas, de renegados, de corruptos, acaso no es español, acaso no siente la punzada insufrible del orgullo herido? Merece morir como ellos....
Empezó a darle un tic en el ojo derecho y a rascarse la cabeza como prólogo del que parecía sería el advenimiento de un nuevo ataque de rabia, pero previendo alguna acción profiláctica por mi parte, el insecto terrorista me suelta:
-Y ahora gallito, será mejor que no intente nada.
Levantando con su mano derecha el bolso marrón sobre el regazo deja al descubierto su izquierda agarrándose los cojones por debajo de la bragueta.
-Tenga usted cuidado con lo que hace,-volvió a advertir- cualquier movimiento brusco podría hacerme presionar el botoncito accidentalmente y hacer estallar el explosivo que en efecto llevo rodeándome la cintura, pero cuyo conmutador llevo aquí, en mis huevos, para hacerlo estallar por mis cojones españoles.
Yo me quedé estupefacto sin saber ciertamente que camino tomar. Mi mente empezó a trabajar buscando una solución para tan peliagudo y acojonante problema. Él, mientras tanto, daba rienda suelta a su rabia:
-Le contaré exactamente lo que va a pasar: dentro de media hora aproximadamente iniciaremos el aterrizaje, entonces yo apretaré el botón....moriremos todos...usted también, pero más que entristecerse debería alegrarse ya que el mundo sabrá que ha muerto por España, que ha entregado su vida por su país.....sí, el mundo lo sabrá porque un primo mío reivindicará la gesta explicándolo como una respuesta a la ocupación intolerable para el orgullo patrio del Peñón en manos de estos sucios apóstatas, amenazando con similares acciones si no son atendidas nuestras exigencias....¡exigencias que no peticiones! Y usted no hará nada para impedirlo, ¿sabe por qué?
-Dígamelo ande, me muero de ganas.
-Porque mientras le quede un segundo de tiempo lo apurará esperanzado de poder evitar lo inevitable Y es que a mí me dá igual hacer estallar la bomba ahora mismo si usted intentara algo..... la finalidad se cumpliría de igual modo, si bien el efecto quedaría un tanto deslucido....al fin y al cabo no es lo mismo un petardazo sobre el mar que sobre el aeropuerto y a la vista de todos los renegados...jajaja...
-Muy listo, sí señor...y ahora si me permite una pregunta: ¿cómo logró pasar por el control de la Guardia Civil?
-Nosotros somos una familia muy amplia de patriotas...primos y tíos policías, militares...nuestra familia tiene una gloriosa tradición de servicio a nuestra bandera....
-¿Como el tarado porfírico de su abuelo ese de la foto?- Le provoqué alentando su desquiciamiento por si se sacaba la mano de los huevos.- Dígame ¿su abuelo donde se metía las bombitas? Apuesto a que no era tan macho como usted y en vez de en los cojones se metía las granadas por el culo el muy maricón...
Aquello debió ser demasiado para él ya que los burujones de la cara se le encendieron como luciérnagas carmesíes y sus ojos me descuartizaban con la mirada. Sin embargo la mano seguía dentro de la bragueta aún después de levantarse con bruquedad para exclamar poseído de rabia y de picores:
-¡ Canalla, cobarde traidor! Mi ..mi...mi abuelo... fue un mártir, un héroe que murió fusilado por la canalla roja e inmunda..por la...
De pronto, diez filas más adelante otro tipo se levanta también con una mano metida a su vez en sus repectivos cojones, hecho de veras asombroso, y exclamando solemne:
-¡Mi abuelo también fue fusilado...pero por los fachas hipócritas y santurrones.....!
Los tipos se quedaron mirando intensamente el paquete del rival pasmados por los misterios insondables de la vida mientras todo el pasaje de guiris enmudecía observando a los dos locos españoles con las manos agarrándose sus partes sin comprender ni j pero en actitud parecida a la de los espectadores de una final de Roland Garrós.
Yo, por mi parte no pude reprimir una queja amarga por mi escasa fortuna:
-¡Qué mala suerte coño! ¡Dos!....ni más ni menos que dos majaras con bombas en los huevos en el mismo avión.....joder...A ver, el rojo: ¿y usted por qué mierda quiere hacer una tortilla de sus huevos en este avión si se puede saber?
-No, si yo lo que quería era reventar un Iberia sobre el Valle de los Caídos, el santuario del facherío, pero se ve que me debí confundir y...oiga,¿y son fachas los guiris? Lo digo porque ya que estoy aquí igual me dá unos que otros.....
-¿El Valle de los Caídos? ¡No te habrías atrevido tú, sucio y cobarde comunista masón de todos los infiernos...! Vas a morir...-le respondió convenientemente el vampiro al tiempo que hundía un poco más la mano bajo la bragueta.
-Tú sí que vas a morir, ¡ha llegado la hora de tu San Martín, cerdo! - cambiando el tono de agresivo a lastimero-: mi pobre abuelito tendrá por fin reposo en su tumba....-una lágrima rodó mejilla abajo....
Los guiris miraban alternativamente a uno y a otro entusiasmados con el peloteo. Algunos comentaban la jugada a sus parteners de asiento que asentían con la cabeza. La azafata rubia, que parecía no acordarse de nuestros amores furtivos, se había quedado petrificada en mitad del pasillo con una bandeja de rancho entre las manos mientras yo contemplaba impotente aquel duelo bajo el sol cuyo resultado, desenfundase quién desenfundase primero, sería fatalmente el mismo. Desde luego si salía de ésta las próximas vacaciones las pensaba disfrutar en Torremolinos. Pero para ello primero debía ganar tiempo y destensionar dedos masturbadores de bombas fanáticas prontas al orgasmo:
-Amigos, amigos haya paz...vamos a ver, mi abuelito también murió en la guerra civil,-mentí, había muerto hacía diez años de un ataque al corazón mientras se calzaba a una señora de la residencia- se llamaba Anastasio Guzmán....una gran pérdida, sí señor. ¿Y el suyo, como se llamaba?- pregunté al rojo con cara de lelo.
-Medrano. Capitán José Javier Medrano. Fusilado por los fachas por mantenerse fiel a la República.
-¡Aaaah.... rata comunista inmunda!, follonero del diablo, ¿cómo te atreves? ¿cómo te atreves siquiera a pronunciar su nombre? Vas a morir asqueroso. Mi abuelo era el capitán José Javier Medrano Rodríguez y fue fusilado vilmente por la canalla en el 36.- Dijo el porfírico rabioso mientras se rascaba hasta brotar sangre.
-¿Medrano Rodríguez? Ese era mi abuelito del alma, facha de mierda, ¿cómo sabes su nombre?
Aquí vi yo una señal del cielo. Una oportunidad, puede que la única, de salvar aquella situación. No entendía lo que estaba sucediendo pero gracias a la cultura melodramática que había adquirido por una novia aficionada a los culebrones entreví una posible solución al enigma:
-Un momento amigos. Aquí si me permiten, creo que puedo serles de ayuda. Por mi profesión de detective panóptico estoy acostumbrado a tratar con el misterio, con lo intrincado, con lo aparentemente sin sentido, con lo que parece imposible sin serlo.-Dirigiéndome al lelo rojo-: Dígame, ¿dónde vivió su abuelo, o donde conoció a su abuela?
-Se conocieron en Melilla. Allí se casaron en el 35. Mi madre nacería tres meses después de morir fusilado en Valladolid. No llegamos a conocerlo pero guardamos su memoria y su valor de hombre de ideas progresistas que murió por la República.
Volviéndome al vampiro, que estaba hecho un cristo de pústulas sanguinolentas:
-¿Y usted que me dice?¿dónde se conocieron sus abuelos?
En su estilo inconfundible, ya familiar para mí, me contestó rabioso:
-Se conocieron en Valladolid, donde murió heróicamente por España.
-Sí, pero dígame, ¿estuvo destinado en África en algún momento?
-Sí, en Melilla, en el .....35 -dijo por fin no sin esfuerzo y titubeos.
Aproveché la ocasión de oro en el que los patriotas parecían derrotados y débiles en su determinación de hacerse volar los cojones para ramachar la jugada:
-¡Pero es que no se dan cuenta! ¡Son ustedes parientes! ¡Son primos! De alguna manera el capitán Medrano llevaba una doble vida: facha de día, rojo de noche. Quizá estando destinado en Melilla se enamoró de su abuela que apuesto era de familia de convicciones republicanas.
-De toda la vida de Dios,- aseguró orgulloso el bobo rojo.
-Lo que yo decía. Se enamoró como un colegial, hasta el punto de teñirse de carmesí por la mujer amada.
-Nada de tintes circunstanciales. Mi abuelo era rojo cabal, lo llevaba en la sangre.
-De eso nada, -contradijo el porfírico-, era facha joséantoniano de los pies a la cabeza y español irreprochable.
-Eso seguro, pero el abuelito era rojo hasta la médula.
-Era facha.
-Rojo.
-Facha.
-Rojo.
Los guiris movían la cabeza del uno al otro encantados con el intercambio de golpes a velocidad excitante.
-Señores, señores, vamos, ya tendrán tiempo de discutir el color de su abuelo, pero ahora deberían reconocerse como primos hermanos que son y darse la mano en reconocimiento y respeto a la memoria del heróico capitán Medrano.
Con terribles dudas y miradas de soslayo se fueron acercando el uno al otro y por fin llegó el momento tan esperado por mí en el que se sacaron las manos de sus respectivos cojones para apretársela fraternal aunque tímidamente. Aquí los guiris se desataron en vítores y vivas mientras yo bufaba de alivio al mismo tiempo que le echaba un guiño a la azafata rubia por ver si continuábamos con nuestros amores panópticos de excusado y lenguaje castizo.

jueves 16 de febrero de 2006

Eva

Conocida es la historia, al menos en sus líneas generales. Dios, el Ser Panóptico por antonomasia, previó claramente los peligros que amenazarían al hombre solitario: "seguramente se dará al vicio o llegará a ser criatura tan fatua como aburrida, deambulando por el Jardín como sombra homúncula mas que como corona de mis esfuerzos creadores. No. No es bueno que el hombre esté solo, ¿en qué quedará entonces mi orgullo de divino alfarero si de este barro moldeado me sale un imbécil ocioso, incapaz de contener por sí solo mi divina herencia?"
Fue así como se decidió la venida a la creación de la mujer, para dar solaz, esparcimiento y motivación al gris varón. Pero conviene no engañarse sobre este punto ya que no fue por el hombre ni tampoco por la mujer en sí por la que ésta vino a ser, sino por el prurito divino de ver malogrado y a la deriva al que se suponía cima de su Obra y descanso de sus días.
De esta forma, Dios, aprovechando el habitual sopor adánico, le arrancó de sí parte de su esencia divina que le había insuflado en los días fundacionales y creó del barro de su barro a Eva, moldeada de forma más agraciada y de piel más suave que Adán. Éste, al despertar, se la encontró a su lado sumida en el sueño transitorio a la vida y notó al instante una punzada en el estómago, que era un gozo y un dolor al mismo tiempo, el primero que sentía y simiente de la caída. Levantando los ojos a los cielos azules dio gracias a Dios por tan maravilloso presente.
Eva era estupenda. Junto a ella Adán sonreía y su espíritu resplandeció como los ojos de Dios en las noches de tormenta, siempre alegre y liviano, correteando por el jardín, ora persiguiendo a Eva, ora perseguido por ella, los días pasaban apacibles, despreocupados. Pero cuando todo hacía pensar en lo eterno de este orden cósmico, Eva empezó a mostrar cierta inquietud inusitada. Algo le rondaba la cabeza. Su risa, antes tan pura y fresca como las aguas de las fuentes del Edén, se había tornado en ocasiones opaca y triste.
Un día, mientras descansaban tumbados de sus correrías sobre la hierba y bajo el árbol prohibido, le dijo pensativa a Adán:"¿Por qué el cielo es azul? ¿y por qué es roja la manzana que cuelga de esa rama?....¿y como sabrá, parece tan apetitosa?" Adán respondió alarmado y asustado: "sí, pero de este árbol no debemos comer, acuérdate..." Eva lo recordaba, cómo olvidar la tronante voz amenazante: "¡De este árbol no comeréis!" Pero, ¿por qué Dios había hecho germinar del único árbol prohibido el más sabroso fruto del Edén? Esta pregunta se la hacía Eva día y noche.
Una tarde apacible soñó bajo el árbol que Dios, en forma de serpiente, le ofrecía la manzana y que ella la tomaba y comía. Al abrir los ojos la vio roja colgando de la rama y alargando la mano la tomó y, sin conciencia clara de si dormía o no, mordió. Con cada bocado su deleite se acrecentaba y entonces se percató del cuerpo desnudo de Adán junto a sí; empezó a besarlo y a acariciarlo, guiando al turbado y torpe hombre primigenio por un nuevo mundo de sensaciones vedado a su carne hasta ese momento......
Dios, en el centro de todo, observaba la escena feliz.......por fin su obra emprendía el camino de la tragedia que haría a los hombres semejantes a dioses.

martes 24 de enero de 2006

El detective panóptico y el Diablo.

Me encontraba yo en mi despacho del primer piso leyendo un librito de poesía que una extraña y guapa chica se había dejado olvidado en un banco del parque, cuando llamaron a la puerta con tres golpes pausados y tranquilos, primer rasgo de personalidad a tener en cuenta para el detective atento y en especial para el panóptico que debe ser capaz de barajar tantas variables como le sea posible.
Era un tipo más bien gordo que delgado, moreno de piel y de pelo, el cual llevaba recogido en coleta, y con perilla egipcia. Entró con aire de misterio y receloso. Al instante me recordó a uno de esos sirvientes circunspectos con la mirada demasiado cargada de los secretos de su señor. Como luego tendría oportunidad de comprobar, algo de eso había.
Como el tipo aquel, por las razones que fuesen, me desagradó sobremanera decidí que no le iba a permitir que interrumpiese las reflexiones que me suscitaban un poema singular, y a su manera bastante panóptico, del librito de la bella chica; así pues, con un gesto le di a entender que aguardase mientras yo leía para mis adentros:

¡Beato sillón! La casa
corrobora su presencia
con la vaga intermitencia
de su invocación en masa
a la memoria. No pasa
nada . Los ojos no ven,
saben. El mundo está bien
hecho. El instante lo exalta
a marea, de tan alta,
de tan alta, sin vaivén

¡Admirable!, pensé mientras recordaba los momentos sublimes que había pasado en mi beato sillón del despacho entregado a mis meditaciones panópticas. Mientras me regodeaba en mis pensamientos el tipo empezó a manifestar inquietud en forma de carraspeo y recolocación de su cuerpo en la silla. Cuando abrí los ojos allí estaba con su cara de lacayo, mirándome fijamente. Con pesar y sacrificio decidí ponerme a trabajar, ¡las facturas no esperan!:
-Bien, ¿en qué puedo ayudarlo?- Dije por fin.
-Necesito que encuentre a esta persona.-Dijo sin ambages entregándome un foto de alguien que al instante reconocí como la chica del libro olvidado en el parque. Aquello era ciertamente desconcertante, demasiado casual...extraño en definitiva.... Por ello decidí ponerme en guardia y ahogar en la cuna cualquier signo de emoción que delatara mi sorpresa.
-Debo preguntarle por qué no ha acudido a la policía.
- Ya lo he hecho. Pero me siento mejor si pago a un profesional para que se ocupe en exclusiva de mi caso.
El lacayo mentía con cada palabra que decía. Aún así, con el rostro de la chica y el poema en mente, decidí seguirle el juego. Lo más curioso de todo es que creí percibir que él sabía que yo sabía que mentía como un canalla, sin importarle lo más mínimo.
-Entiendo. Dígame ¿qué relación guarda con usted, es su esposa?
-No.
Hubo un duelo de miradas. La suya además sonreía con un rictus maligno. Decidí seguir haciéndome el sueco, en estos casos siempre era recomendable:
-¿Entonces?
-Digamos que es una amiga de la cual estamos preocupados.
-¿Estamos?
-Sí, la familia.
¿Qué familia, la de ella o la de usted?
-La de los dos. Perdone que no pueda ser más claro pero es todo lo que le puedo decir. Aquí, en este sobre, encontrará el dinero por adelantado de sus honorarios y los datos necesarios para su trabajo. Ahora la decisión es suya.
Efectivamente, como bien había dicho el gordo misterioso, la decisión era mía. ¿Pero era mía de verdad? Tuve la sensación de que alguien movía los hilos, incluidos los míos, lo cual a la vez que me enfadaba picaba mi curiosidad y mi actitud suicida de aceptar desafíos.
El lacayo, a todo esto, como si se limitara a cumplir con una misión, se levantó y se marchó sin esperar respuesta. Lo que estaba claro es que el dinero no era un problema para él.
Abrí el sobre, en el cual había una dirección escrita, y saqué de él un suculento fajo de billetes y una serie de fotos que eran todas variaciones sobre un mismo tema: la chica del parque.
Las observé con detenimiento fijándome especialmente en la expresión de su cara, completando sus movimientos a partir del gesto congelado, la viveza de su mirada a partir de los ojos petrificados.....El caso es que me daba buenas vibraciones.
Decidí coger la botella del mono loco y llenar un vaso para que inspirara a mis neuronas con sus gracejos y volteretas y me ayudara a tomar una decisión sobre un asunto que, desde luego, pintaba feo mirase por donde se mirase, a pesar de lo cual, mi mente se enfocaba una y otra vez en la expresión de la chica del poema panóptico. Mi intuición me llevaba a ella, y esa intuición me inclinó por fin a decidirme a aceptar el caso, que en realidad, sabía en mi fuero interno, era un falso caso.
Falso o verdadero cogí la pasta (que era muy verdadera), las fotos y salí a la calle.

Una vez en ella encaminé mis pasos hacia el parque de forma precipitada con la vista reconcentrada dirigida al suelo. El cielo amenazaba lluvia y el paraguas negro como siempre había quedado en su paragüero En el parque, en cuyo centro había una estatua de un famoso político que estaba hasta la coronilla de mierda de paloma, me senté en el banco donde se había sentado la misteriosa chica del librito y desde ese punto focal dediqué una mirada expeditiva y de amplia perspectiva en derredor, buscando no sabía muy bien qué. Quizás una idea. La idea no llegó aunque sí una gitana de esas que se empeñan en darte una ramita de romero y leerte la mano. Yo me dejé hacer. Y después de augurarme de que tendría dos niños preciosos y de que me iba a tocar la lotería fue cuando me vino la idea.
-Eh, oiga, ¿no habrá visto usted a una chica que leía un libro justamente en este banco esta mañana temprano?
La gitana enseguida me mira oblicuamente y con cierta ojeriza:
-Ay, ¿no será usted pulisía?, ¿verdad?
-¿Yo? No mujer, que voy a ser.
-Es que mi papa me lo tiene dicho siempre, "no hables con la pulisía que sólo por ser gitanita te meten en la cárcel".
-Ya le he dicho que no soy pu... digo... policía. ¿Dígame la ha visto o no la ha visto?
-Si quiere que se lo diga tendré que ver también su otra mano, pá saber su h'intensiones.
-Ya veo que domina bien los entresijos de su empleo eh? Ande, aquí tiene.-Dije extendiendo la mano izquierda con la palma hacia arriba.
Ella la observó meticulosamente haciéndome cosquillas con sus largas uñas mientras me relataba de nuevo el consabido rosario de obviedades. Según parece todo era felicidad y suerte en mi vida. Al cabo de la sesión me reclamó la voluntad, la cual nunca debía ser menor de cierta cantidad.
-Mira payo, como veo que eres de buena ley te diré que la niña morena esa guapa que buscas se puso a discutir con dos calvos mú largos y con perillas que la metieron en un coche negro como el pelo de mi sarai y ya no sé más.
-¿Y eso cuando fue? ¿Hace mucho?
-Ay, ¡y yo que sé payo! Tantas preguntas me están mareando, ¿tú de verdad no serás pulisía no? Que mira que mi papa ma'dicho.....
Dejé de oírla; saqué del bolsillo el sobre que me había dado el lacayo gordo y leí la dirección escrita en él. No me lo pensé dos veces y decidí meterme en la boca del lobo.
El taxi me llevó a una Urbanización que estaba en una colina desde donde se tenía una amplia visión del mar, que en ese día plomizo y ya atardeciendo era gris. Nos paramos frente a lo que parecía ser un conjunto residencial de forma rectangular. Me acerqué a la puerta que era de madera maciza a doble hoja y llamé. Al poco después asomó el careto un tipo calvo y con perilla, como no.
- Me están esperando.- Dije sin más.
-Pase.- Contestó a su vez el calvo, también sin más.
Fui conducido hasta una habitación, especie de despacho, cuya puerta de madera, también doble pero de decoración profusa a base de tallas arabescas, tenía como tiradores a dos cabezas del bifronte Jano. El calvo silencioso y circunspecto abrió la puerta sin llamar echándose a un lado para dejarme pasar. Pasé y la puerta se cerró tras de mí. En el interior se encontraba un tipo gordo y grande interpretando sentidamente a violín una pieza para virtuosos a base de escalas y cromatismos a velocidad endiablada. Yo aproveché para echar un vistazo, un retrato fotográfico enmarcado de Aleister Crowley y una representación tridimensional del Universo aristotélico fueron, entre tanta fruslería de buhonero heterodoxo, lo que acapararon mi atención.
De pronto, con la cara echada sobre el violín, me clavó dos ojos inquisitivos y penetrantes. Interrumpiendo bruscamente su interpretación me dijo:
-¡Ya ha llegado! Le esperábamos.
Yo saqué del bolsillo interior de mi raída chaqueta el sobre con el dinero.
-He venido a devolverle esto.- Dije al tiempo que lo arrojaba sobre la mesa.- Usted me contrató para encontrar a la chica pero yo he venido para lo contrario, para llevármela.
Rió con malicia.
-Vamos, vamos, dejemos eso por ahora. Ya habrá tiempo.- Dijo misterioso.- Baste con que sepa por ahora que esa chica ha sido impura y que usted está aquí para salvarla.-Iba a hablar pero me interrumpió ,-mire, le venimos observando desde hace tiempo. Es más, no hace mucho resolvió usted brillantemente un caso para uno de nuestros más destacados hermanos, y más influyentes desde la cima del poder, !sí! ¿le extraña?- yo no había manifestado ningún signo de sorpresa, pero lo dejé que terminara lo que parecía iba a ser una larga masturbación pseudointelectual,- no debería, nuestras ramificaciones mundiales y nuestra presencia en los centros neurálgicos y de toma de decisiones es muy profunda aunque aún no completa. Por ello estamos reclutando a individuos que por sus características en realidad, de una manera espiritual, ya pertenecen a nuestra hermandad. Lo único que les falta es la conciencia del trabajo grupal enfocado para un determinado fin. En resumidas cuentas, lo que les ofrezco es el cumplimiento de su destino. Y por eso está usted aquí.
Recogió del suelo un gato negro y empezó acariciarlo con una mano en la que resaltaba el rojizo fulgor de una piedra que lucía en su dedo anular.
-Ya veo que también usted tiene afición por los gatos, ¿también piensa desollarlo vivo como su amigo Crowley?
-jajaja.. No crea todo lo que digan sobre mí.... Sí, ha oído bien,.... sobre mí. Porque yo soy su reencarnación actual. Y he venido para proseguir la obra y culminar el templo, en el cual usted puede tener el honor de participar, porque debe saber que los individuos panópticos como usted son especialmente luciféricos.
- Me siento halagado. ¿Así pues estoy siendo tentado como Cristo en el desierto?
Rió con desprecio.
-¿Ese?...jajaja, -bajando la voz se acercó a mí- a ese lo tengo de barrendero en el infierno.
Aquel tipo en su delirio me empezaba a resultar divertido.
-¿De veras?
-¿No me cree? Tiene usted que saber que aquel piojoso vagabundo se dejó tentar cuando le puse el mundo a sus pies. Jajaja, Y bien que cumplí con mi parte del trato ¡Más de la mitad de la humanidad se arrodilla ante su imagen en los templos! jajaja- rió con ojos lleno de satisfacción maligna para decir:- sin embargo a él lo tengo purgando su pecado en el círculo más profundo del averno.
Aquel tipo parecía haber llegado ya al espasmo final, por lo que decidí contraatacar:
-Muy interesante, de verdad, pero dejémonos de teologías y volvamos a la antropología, ¿dónde está la chica?
-¿La chica? La chica será sacrificada a las potencias espirituales de la naturaleza, mis queridos devas. Antaño se les tributaban bastantes sacrificios. Hoy, por desgracia, esa práctica está en desuso. ¡Pero yo, siempre benevolente con mis criaturas, las sacio de vez en cuando y usted- dijo señalándome con su índice regordete- oficiará el acto!
-¿No me diga? Mire le diré una cosa tonto del culo, bola de grasa mefítica, no me agrada, no me gusta, es más, me da como tres patadas en los cojones que me adjudiquen el papel de protagonista sin haberlo pedido. Y ahora, después de haber sido paciente y generoso ante tal potaje de gilipolleces, dígame donde está la chica.
Se me quedó mirando fijamente a los ojos con su estúpida sonrisa de autosuficiencia cuando sentí como si todo el puto Big Bang estallara en mi mi cabeza. Fue un dolor breve pero intenso que supuso la caída del telón para mí.

Emergí de pronto del fondo de mi agujero negro ayudado por los guantazos que un tipo de mirada dura y calvo como la luna me propinaba. Eran cuatro, todos con capuchas negras y perillas, uno de los cuales portaba una botella de anís y una caja de pastillas. Fue ver la botella y alegrarme de ver algo agradable y familiar entre tanto loco desatado. El tipo de la botella se me acercó y sin pedir permiso intentó que todo el contenido pasara del buche del simpático mono al mío. Yo me resistí, no porque me desagradara el anís, que de sobra es conocido que no, sino por mi manía de hacer las cosas que me concernían directamente cuando a mí me diera la gana y no a los demás, por ello resultó de lo más natural del mundo el que yo le vomitara al tipo cada gota que intentaba forzarme a beber, quedando el colgado calvorota como un gapo de pegajoso y dulce anisete. Lo malo fue recibir la somanta de palos de dimensiones diluvianas que caía sobre mí.
Sea como fuere el caso es que el pringado (nunca mejor dicho) logró que pasara el suficiente líquido y las suficientes pastillas como para hacerme sentir, además de mareado, con los músculos fláccidos y el control de mi cuerpo perdido. Pero justamente en esta situación es cuando mi naturaleza panóptica vino en mi ayuda. Y es que fue suficiente esa conciencia como para hacer brillar un punto diminuto y lejano en mi interior al que me aferré como tabla salvadora de mi naufragio físico.
Fui conducido a rastras a algún sitio lleno de gente con túnicas negras que entonaban cánticos. Yo debía ir por un pasillo central ya que a ambos lados veía ojos encapuchados que me observaban al pasar. Al final del pasillo pude ver como un escenario que se elevaba en un plano superior. Allí fui conducido y sentado en un silla a la cual me amarraron para que no cayera. Efectivamente mi cuerpo podía caer como un plomo muerto, pero lo que no sabían esos mentecatos es que yo estaba agarrado al puntito de luz de mi conciencia que iba creciendo y acercándose a medida que el tiempo pasaba.
De pronto el escenario quedó en penumbras y los cánticos cesaron al mismo tiempo que, de no se sabe donde, apareció sobre él el Hierofante, el Gran Maestre o, dicho en mi lenguaje, el gordinflón chiflado con ínfulas de Príncipe de las Tinieblas.
Ahuecando la voz con fanfarronería empezó:
-¡Hermano! Estás aquí convocado para ser enfrentado a tu destino. Tú eres uno de los nuestros. Tú ansías lo universal, el conocimiento, ¡la sabiduría! Tú ansías descubrir el punto ¡Sí! ¡El Punto Panóptico del Universo! El punto desde el cual todos los secretos te son revelados; el punto desde el cual el Gran Arquitecto trazó la Circunferencia de la Creación, la piedra filosofal de los alquimistas....
Sus palabras inmediatamente tuvieron el efecto de un imán para mí, ejerciendo un embrujo extraordinario. Las garras con las que me aferraba a mi punto interior habían relajado un tanto su presión.
-Sí, el punto, el punto...-, me sorprendí balbuceando casi sin querer.
El Hierofante continuaba:
-El punto es Lucifer, el Hijo sin el cual nadie puede contemplar la Obra. Es la luz del Conocimiento, la antorcha que alumbra el Templo de la Creación. ¡Oh hermano! ¿quieres contemplar la Creación?
-Sí, sí quiero, quiero.
-¿Crees en Lucifer, fuente de sabiduría, que tiene su Trono en el mismo Punto Panóptico del Universo?
-Sí sí creo....- Mi punto interior menguaba más y más y mi conciencia se iba enfocando en la búsqueda y ansia del punto exterior.
En ese momento soltaron las amarras que mantenían mi cuerpo erguido para que dos fuertes manos me auparan por los sobacos llevándome ante la presencia del poderoso y enorme Hierofante al que miré por primera vez con temor reverencial. Él sonreía malignamente, satisfecho por su triunfo sobre mi alma. Entonces se hizo a un lado y apareció ante mi confusa e inestable mirada la figura de la chica, tumbada, amarrada y completamente desnuda.
-¡Hermano! La llama, el fuego es el símbolo de nuestra fe; quién traicione al fuego deberá ser sacrificado y purificado por el fuego, y el que pretenda alcanzar el Punto debe entregar al fuego de la sabiduría una víctima para mantenerlo vivo por siempre en su interior. Debes alimentar tu fuego, ¡oh aspirante de los secretos! ¡Hágase la voluntad de Lucifer! ¡Purifícala a ella y haz que la llama divina entre en ti...!!
Mientras hablaba me puso una antorcha en la mano que yo levanté con decisión fanática...el coro continuaba en la sala agobiante y conminativo ¡"Purifícala...que la llama divina entre en ti!". En ese momento mi mirada se cruzó con la de la chica....
-¡Haz que el fuego entre en ti...el Punto Panóptico te espera!
El punto panóptico, el punto panóptico....
De repente mi punto interior empezó a brillar de nuevo, mi intuición hizo volverme hacia él y de las pupilas de la chica salió el verso: "Los ojos no ven, saben". La miré fijamente, sabiéndola. Sus ojos volvieron a recitar: "el instante lo exalta...sin vaivén". Mi punto interior se agrandaba....
De pronto grité y volviendo a levantar la antorcha me volví a la cara de mal triunfante del Gran Gilipollas del Universo que comprendió al instante lo que iba a suceder a continuación, su expresión se tornó seria para pasar a aterrada cuando descargué sobre él toda la sabiduría del fuego sagrado.
-jejeje, no querías fuego cretino, pues ahí lo llevas para que ardas en la luz del conocimiento..jajaja
La enorme bola de sebo comenzó a arder y a gritar histéricamente. El fuego sagrado tendría trabajo antes de lograr consumir tanta mole de Ignorancia y Soberbia.
Mi punto panóptico interior ya brillaba grande cómo un sol, haciéndome sentir lúcido y con la fuerza suficiente como para empujar, por el prosaico método de la patada en el culo, al Hierofante sobre los monjes negros que ya corrían sobre mí con afán vindicativo.
-Ahí lleváis al Maestro, doraito y en su punto, ¡adoradlo, malandrines! jajá jajá..
La verdad es que me encontraba un poco desquiciado. Era el anís que corría por mis venas que pasado por la criba de mi punto ya refulgente le daba ese toque personal y como alucinado a mis cogorzas.
Mientras el caos lo invadía todo y ya nadie pensaba en ajustarme las cuentas sino en mantenerse libre de la barbacoa, desaté a la chica que !uau! ¡qué perolas!¡qué muslos!..¡Y que yo no me emocionara antes ante la visión de tan Magna Obra!¡Había que ser fanático idiota! En cualquier caso controlé mi libido y le ofrecí gentilmente mi chaqueta para que cubriera la serranía de su cuerpo.
Aquello se estaba poniendo feo de verdad. Era un infierno donde decenas de luciféricos panópticos ardían como cucarachas.
Sin embargo la cuestión era salir de allí en seguida por lo que eché una mirada de las mías, expeditiva e implacable, a la sala. En seguida descubrí, casi oculta por una espesa cortina, lo que parecía ser una puerta de emergencia. Por allí salimos al aire frío de la mañana de un nuevo día que despuntaba. Nos sentamos al borde de la carretera que circundaba la colina tosiendo como locos. Ya más tranquila la chica me mira y me dice:
-Pero ¿quién es usted?
-¿Yo? Verá, he venido para devolverle esto.-Dije mientras le sacaba el librito de la chaqueta para dárselo, -se lo dejó en el parque esta mañana, quiero decir ayer por la mañana.
-No me lo puedo creer.-Dijo con incredulidad sincera.
-Pues créaselo. Ha sido salvada por la Poesía y las obsesiones de un detective panóptico.
En ese momento detrás nuestra escuchamos un grito desgarrador. Era un luciférico envuelto en llamas que corría hacia nosotros con los brazos en alto, nos hicimos a un lado, precipitándose como una estrella caída del cielo colina abajo. En el horizonte el mar paría al Sol. Nos quedamos en silencio contemplando las maravillas de la creación.

miércoles 18 de enero de 2006

La fe inquebrantable del detective panóptico.

Después de las vacaciones forzadas y de que las aguas volvieran a su cauce, volví a mi querido y viejo despacho en el centro de la ciudad. El ascensor ya reptaba achacosamente por su oscuro hueco, a pesar de lo cual decidí subir a pie; prefería asfixiarme antes que quedar atrapado en tal armatoste claustrofóbico. Bufando llegué arriba donde ví a un hombre con aspecto desaliñado, sin afeitar ni peinar y con un traje caro de esos con nombre de gigoló italiano completamente arrugado, dando pequeños paseos de ida y vuelta delante de la puerta de mi despacho. No me dio buena impresión, pero la calidad de las telas con la que cubría sus carnes me indujeron a pensar en alguien con recursos pasando por un bache sentimental. En fin, la típica historia.
- Buenos días, ¿me estaba esperando?
-Eh? ah sí...es usted el detective?
El tipo me dio toda la impresión de ser un lelo sin discusión.
-Sí, lo soy.- Dije al tiempo que abría la puerta.- Por favor, pase y siéntese.
El lelo pasó pero antes de sentarse miró en derredor como asustado.
Yo me senté en mi sillón giratorio y esperé al consabido relato de los infortunios de un hombre reconcomido por los celos y las dudas.
-Es agradable esto -dijo . Debo reconocer que me sorprendió. Era el primer cliente que utilizaba tal adjetivo referido a mi tugurio. El tipo, definitivamente, era lelo de campeonato.
Ante tal circunstancia, y para estar preparado, decidí tomar mi anisete de todas las mañanas. Pero cual no sería mi sorpresa cuando al abrir el mueblecito no hallé en él la botella del simpático mono.
-¡Joder, maldita borracha perdida!-, grité sin contención.
El lelo dio un respingo que casi lo mata del susto. Tuve que explicarme:
-¡Ah, no se preocupe, no tiene nada que ver con usted, es esa vieja borracha que me limpia el despacho una vez por semana! Me cago en su......-Estaba frustrado de verdad, y aquel tipo iba a pagar el peaje de mi frustración:
-Bueno qué, ¿me va a contar lo que le ocurre de una vez o va a seguir diciéndome lo bonito que es mi despacho?
-No no no, yo sólo esperaba que usted me lo preguntara. Yo.... he venido para que usted encuentre a mi hermana.
-¡Joder, ya empezamos! Un tipo original eh?....usted no puede buscar a la alegre pone-cuernos de su mujer como todo el mundo, NO, el señor tiene que buscar a su hermanita....
El lelo estaba realmente acojonado. Fue al ver el pánico en su cara cuando reaccioné y me contuve, rectificando:
- Mire, perdóneme, ¿qué le parece si continuamos esta conversación en la churrería de enfrente. Realmente necesito desayunar.

Y así fue como yo delante y él detrás nos dirigimos a la churrería de Juanito.
Nada más atravesar la puerta del establecimiento empujé al pobre chico para que se sentara ante una mesa mientras yo me fuí disparado a la barra:
-Oye Juanito, ponme un anisete anda.- Fue visto y no visto. Ya me sentía mejor y reconciliado con el mundo.
-Oye, llévame lo de siempre a la mesa.
Ya ante mi cliente me dispongo a recuperar mi actitud profesional:
-Bien, y ahora por favor cuénteme su caso.
-Eh? ah sí...pues verá mi hermana ha desaparecido y no tengo idea de donde puede estar. La verdad, estoy muy preocupado y....
-A ver a ver, un momento, lo primero de todo dígame ¿por qué no ha ido a la policia?
-¿Qué? ¿La policía? Ah sí... No, verá, no nos conviene, somos personas conocidas, prefiero llevar esto con discreción.
En ese momento llegó el camarero con mi desayuno: una copa de anís hasta los topes y cinco hermosos y lozanos churros.
El lelo se quedó más alelado aún y su rostro adquirió incluso ciertos tintes de solemnidad.
-Sí ya sé lo que está pensando pero le diré que yo soy un detective científico, empírico....con inclinación hacia la experimentación. Sólo así se descubren nuevas cosas y se consigue enriquecer la vida. Fíjese, si no hubiese tenido ese espíritu nunca habría descubierto el placer de los churros anisados...¡un verdadero manjar! ¿Quiere probarlo?
-¿Qué?...o no ya he desayunado, gracias.
-Usted se lo pierde...bueno mire vamos al grano. Necesito respuestas para algunas preguntas. Ya sabe, las clásicas de cuándo, cómo, dónde y por qué. Pero con que me diga el cuándo y el dónde me conformo. Porque le presupongo desconocedor del porqué y el cómo, ¿o no?
- En efecto, desconozco por qué y de qué forma ha desaparecido. Pero sí le puedo decir el dónde y el cuándo.
Mojo el primer churro en el anís mientras espero. Tras unos segundos levanto la vista y se la clavo en su careto alelado.
-¿Y bien, a qué espera?
-¿Qué? Ah, perdón no quería interrumpir sus reflexiones.
-No estaba reflexionando, estaba mojando el churro.
-Ah bien, pues en ese caso le diré que fue el sábado pasado durante la celebración de un mitin político en.......
Salté como si me hubiesen dado una patada en el culo:
-¡Ah no! Lo siento pero yo soy un hombre de principios entre los cuales tengo como uno de los más sagrados no inmiscuirme en cuestiones de política. ¡Detesto a los políticos!...¡Que si la ciudadanía piensa esto, que si quieren lo otro! ¡Oiga, pues a mí nadie me ha preguntado nunca lo que quiero o dejo de querer o si me gusta o disgusta esto o aquello!...no no no. Son una panda de manipuladores y yo, amigo mío, soy una persona muy independiente...Así pues, lo siento pero no puedo hacerme cargo de su caso.
El lelo palideció y dos lágrimas asomaron a sus ojos, haciéndoselos vidriosos y brillantes .
-Pero....tiene usted que ayudarme, mi hermana solo me tiene a mí en el mundo....sólo me ha tenido a mí desde que murieron nuestros padres....hemos sufrido mucho por ello todos estos.....
Toda aquella escenita patética estaba a punto de echar por tierra mi desayuno y no estaba dispuesto a ello. Así pues le atajé:
-Eh, pare el carro, que yo he tenido madre y cuatro padres...no a la vez claro, sino uno detrás de otro..., y le puedo asegurar que no por tener tantos y tan variados mi vida ha sido más agradable.....pero mire, deje ya de lloriquear, le diré lo que vamos a hacer: me quedan cuatro churros por comer, pues bien este será el tiempo de que dispone para convencerme y ocuparme de su caso. Así pues se lo pondré fácil. A ver dígame de una vez dónde desapareció.- Le dije mientras hundía el primer churro de su cuenta atrás en el copazo.
-Pues mire, como ya le he dicho desapareció el sábado pasado durante un mitin en la Plaza De Toros.

De repente me sentí feliz.

-¡Una plaza de toros! Le diré una cosa: yo adoro las plazas de toros. Tengo predilección por ellas.
-¿Por qué?- preguntó extrañado el lelo.
-Por que son circulares, amigo, circulares.- Dije con énfasis.- y para un detective panóptico vocacional como yo, eso es lo más.

Decididamente estaba de buen humor, pero ya había engullido el segundo churro y el lelo todavía no había hecho avances significativos para convencerme, a pesar del golpe de efecto de la plaza de toros.
Frunció el ceño preocupado. Quizás empezaba a sentir algo de estréss por que miró el reloj maquinalmente en vez de a los churros, la verdadera medida del tiempo en su caso.
Decidí echarle un cable:
- Mire, lo de la Plaza me ha gustado pero no es suficiente motivo como para renunciar a mis principios. Además le diré que me parece muy improbable que alguien pueda desaparecer en una Plaza de Toros...pero dejemos eso para más tarde...¿tiene una foto de su hermana?
-Sí, justamente llevo una en la cartera.

Nueva espera. Este sin duda era un lelo muy puro.
Decidí ser benevolente:
-¿Puedo verla?
-¿Qué? ah sí claro, disculpe, es que hoy estoy un poco....

Me entregó una foto de una chica morena muy muy interesante. Guapa, atractiva, rostro aristocrático; de mirada intensa e inteligente además de bondadosa....
-Umm.- Fue mi respuesta mientras masticaba el último pedazo del tercer churro anisado. "Increíble" -pensé- "¿Como podía este lelo compartir genes con tal ejemplar de mujer?"
Ataqué el cuarto y último churro ante la mirada desesperada del hermano de la hermosa. Yo seguía contemplando la foto mientras meditaba panópticamente cuando me interrumpió:
-¿Y bien?
-sshhh, no me interrumpa, ¿no ve que estoy meditando?
-Perdón.- Musitó azorado.
Antes de engullir el último bocado churrero tomé por fin una determinación:
-Le voy a ayudar.- Sentencié- Pero tendré que quedarme con la foto.
-Sí claro, quédesela.
-Y ahora si me disculpa,tengo que trabajar.
Me levanté y me dirigí a la salida dejándole con la responsabilidad de la cuenta, tranquilo de saber que no se lo tomaría a mal.

Ya en la calle me tiro delante de un taxi el cual quema ruedas para no atropellarme. Le enseño mi falsa placa de policia para acallar sus maldiciones y buenos deseos para la familia, ordenándole al mismo tiempo que se dirigiera sin dilación a la Plaza de Toros. Estaba excitado, aparte de por el anís y la foto, por la intuición panóptica de que algo no marchaba bien. Y es que sencillamente no podía creer que alguien pudiera desaparecer en una Plaza de Toros. "Es imposible, imposible", me repetía con obsesión creciente.
Sumido en mis pensamientos el viaje se me hizo muy corto.

Nada más llegar, no tardé en localizarla. Al natural, por supuesto, era una mujer que quitaba el hipo. Se encontraba ante un gran retrato del que supuse sería el politicastro del mitin en cuestión. Estaba tan reconcentrada observando el careto aquel que no parecía consciente del gran ajetreo de mozos y técnicos que embalaban cajas de sonido y luces que arrastraban hacia el interior de un camión de donde volverían a salir al cabo de pocas horas para dar soporte carnavalesco a las mentiras de esos astutos personajillos politicos.
No dudé ni un segundo la estrategia a seguir. Me acerqué y me puse a su lado observando a la vez la sonriente carota ampliada. Al instante me resultó familiar.
Ella se volvió y me dijo:
- ¿Le gusta? Quiero decir, ¿le merece confianza como para votar por él?. Me interesa la opinión de un hombre del pueblo como usted.
-Ah, vaya, gracias, pero no, lo siento le tengo alergia a los políticos, pero mirándolo bien le puedo decir que se parece bastante a su hermano.
-¿A mi hermano? ¿Qué hermano? ¿Quién es usted?
- Soy detective y su hermano me ha contratado para que la encuentre.
La situación le debía de parecer muy divertida ya que rió con espontaneidad:
- Oiga, me parece que le han tomado el pelo. Ni tengo hermano ni, como ve, he desaparecido.
-Eso ya lo sabía yo de sobra. Nadie desaparece de una plaza de toros, es panópticamente imposible.
Rió de nuevo:
- Me resulta usted muy divertido.
-Sí, es que los hombres del pueblo somos muy divertidos. Pero si me permite le diré mi parecer sobre usted: está como para mojar pan y rebañar el plato.
Sonrió con picardía, fingiendo enfado:
-¡Vaya, un lanzado!
-Más que un cohete atómico. Pero mire, antes que cohete soy profesional detectivesco y debo concluir el trabajo que me han encargado, que aunque de hecho ya está concluido por tenerla a usted delante de mis narices, sin embargo hay algunas zonas en sombra, en penumbras que desquicia mi prurito panóptico. Mi finalidad es conocerlo todo y arrojar toda la luz sobre los casos que acepto. Por ello me pregunto lo siguiente: ¿si el lelo no era su hermano entonces quién coño me contrató esta mañana?
La hermosa se le queda mirando ausente, como si estuviera recibiendo algún mensaje telepático. Y algo de eso debió ocurrir cuando dijo:
-Espere un momento...¿dice que ese individuo se parecía al candidato de la foto?
Me tomé mi tiempo antes de responder. No me agradaba aquella situación en la que yo era el interrogado y no el interrogador. Debía retomar la iniciativa. Mi mente trabajó a la velocidad de la luz analizando el contenido de la pregunta y el lenguaje corporal de la maciza antes, durante y después de que la formulara, todo esto mientras el careto embobado del lelo se me venía una y otra vez a la cabeza. Cuando tuve claro el asunto, afirmé con rotundidad:
- Así que el candidato perdió la chaveta por alguna razón que desconozco y me contrató haciéndose pasar por su hermano.
-¿Está seguro de que era el mismo hombre?
La maciza tenía personalidad. Se empeñaba en llevar la voz cantante pero en aquella opereta el papel de tenor solista ya me lo había reservado yo. Mi orgullo detectivesco estaba en juego.
-Completamente -dije-. Pero dígame ¿desde cuando dura el affaire?
Me miró entre sorprendida y enfadada. ¡Justo en el blanco! La verdad es que fue un tiro casi a ciegas, pero fuera como fuese era de ese tipo de cosas que me subían la moral.
-¡Eso no es de su incumbencia!
-Cierto, pero la cuestión es que el lelo candidato anda por ahí perdido, como un enamorado despechado y que como se entere la prensa el escándalo va a ser morrocotudo.
-Sí, pero eso no ocurrirá, ¿verdad?
La miré a los ojos con desafío, ella recogió el guante. Era una auténtica pantera. ¡Hay lelos con suerte! pensé.
Sonreí.
-Por supuesto que no; soy un profesional detectivesco no un vulgar paparazzi.
Ya más tranquila dijo:
-Lo que no entiendo es para qué contrató a un detective.
-Se lo diré yo: para que la lleve ante él. Esto ni él lo sabe porque está confundido; en estos momentos son sus deseos e instintos los que han tomado las riendas de sus acciones. A mí sólo me eligió para que actuase como mensajero para transmitirle su desesperación. Y le diré más, me apostaría una botella de anís a que sigue esperando en el bar donde lo dejé a que usted aparezca.
-Entonces, debemos ir enseguida.-Dijo ella con decisión mientras se dirigía a un coche que debía ser el suyo.
-Un momento, no tan rápido. Como ya le dije antes soy un profesional y como tal exijo mis honorarios. Su tortolito ya me pagó para encontrarla a usted (mentí), ahora será usted la que deberá pagar si quiere encontrarlo a él.
Se paró en seco, con fastidio por el tiempo que le hacía perder las formalidades del detective panóptico. Pero en fin, el hombre estaba obsesionado con ser un profesional. Así pues abrió el bolso y sacó su chequera.
-Bien, ¿cuales son sus honorarios?- preguntó impaciente.
Yo no dije nada, sencillamente extendí la mano derecha abierta con la palma hacia arriba. Ella entendió el gesto y arrancando un cheque en blanco me lo puso en la mano con resignación.
Yo simplemente escribí el nombre de un restaurante y una hora y se lo pasé.
Ella se quedó mirando el cheque tras lo cual rió deliciosamente:
-¡No tiene usted remedio!
-Lo sé.

domingo 15 de enero de 2006

Historias de panópticos y de famas, (con permiso de Julio Cortázar).

No sé si sabrán aquella historia del panóptico que se va de viaje a China y se encuentra con una fama. Sé que es difícil encontrarse con una fama en país tan inmenso pero deben tener en cuenta que son de ese tipo de proezas solo al alcance de los panópticos, que saben otear el horizonte como nadie, y de las famas, que exiben una similar capacidad para dejarse otear. Bueno pues como digo, este panóptico cumple por fin con un viejo anhelo: viajar al Gran Oriente Amarillo. Y es que era en extremo ambicioso y amante de los retos difíciles, más aún, imposibles, en opinión de sus amigos. Pero él siempre había sido un panóptico especial, dotado de un optimismo que algunos no dudarían en calificar como de antropológico o, para ser más exactos, panopticológico.
Pues bien, una vez en el Imperio del Gran Timonel ausente, aunque muy presente, y a un tris de perder la razón por la inmensa tarea que se traía entre manos, y en parte gracias a ella, fue cuando descubrió a la fama, que por supuesto deambulaba por entre la multitud, que en China es mucha, de la más cosmopolita de sus ciudades. El reconocimiento fue mutuo e inmediato, como dos piezas de un puzzle que llevaran tiempo buscándose para completarse. El hecho de que fuera en China y no en la misma ciudad en la que residían demuestra cúan increíbles pueden llegar a ser las historias de panópticos y de famas.

viernes 13 de enero de 2006

El detective panóptico.

A las nueve en punto había tomado posesión de los dominos de mi despacho en el centro de la ciudad. Llegué con el pulso alterado por las escaleras que había tenido que subir - suerte que era un primero- y maldiciendo mentalmente por el conocimiento empírico que decía que por lo menos me quedaban dos días más de subidas antes de que el ascensor volviera a traquetear trabajosamente por su oscuro hueco; y es que ya conocía el ritmo de trabajo del portero Tomás, viejo cascarrabias que se resistía a la jubilación al que sin embargo jamás le había recriminado nada. Yo no me entrometía en sus asuntos y él no lo hacía en los míos. Así de esta forma nos podíamos saludar cada mañana tan asépticamente como el primer día. Sin una mota de simpatía pero tampoco de acritud: con respeto, característica ésta más apreciada para un detective utilitarista como yo.

Aun con el pulso alterado no dejé de lamentar, como cada mañana, que no fueran los años 30, época dorada de la profesión sabuesa, para dejar el sombrero con despreocupada puntería sobre un alto perchero detrás de la puerta. En estos tiempos de descaro hasta los cuernos se muestran sin pudor.
Lo que sí tenía era una silla giratoria en la cual me senté y me balanceé no más de un cuarto de vuelta izquierda-derecha, derecha-izquierda, mientras mantenía la mirada fija en la estantería de la pared donde descansaban los volúmenes de las Obras Completas de Charles Bukowski: "La máquina de follar, La senda del perdedor....." Todo un gran intelectual. Y entre balanceo y balanceo y reflexiones chinaskianas mis dedos se entretenían en sacar la costra de debajo de las uñas con un palillo de dientes que no sé de donde salió pero que, recordando lecciones maternas, hizo posible la máxima de que cualquier momento es bueno para el aseo personal.
Y en esas estaba cuando llamaron a la puerta y entró la mujer con las piernas más bonitas que había visto en mucho tiempo. Visión favorecida por una falda generosamente por encima de las rodillas. Dejé la manicura y con gesto automático me llevé el palillo a la boca, en donde lo retuve en su lado derecho, mientras le echaba una mirada de brutal descaro a sus magníficas piernas de forma deliberada. Ella no pareció inmutarse. Ni sonrió coquetamente ni bajó la cabeza con incomodidad, lo cual denotaba frialdad y seguridad en sí misma además de una clara conciencia de ser poseedora de un físico apabullante.

-Buenos días.-Dijo con la misma seguridad con la que entró y se sentó.
-Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?
-A encontrar a mi marido.- contestó con sequedad. Enfado. En aquel momento decidí ayudarla aunque no de la forma en que ella esperaba.
-¿Debo entender que su marido ha desaparecido?
-Así es.
Me levanté. Abrí la puerta de un pequeño armario de esos convencionales de oficina y llené medio vaso de anís. Ella miró el vaso en mi mano y después mi cara con auténtica sorpresa. Iba a decir algo pero yo me adelanté.
-Mire, le voy a ser sincero. Hoy no tengo el ánimo como para hacer un trabajo de campo.
Rió corto y con dureza, con incredulidad y enfado.
-Perdón, ¿como dice? ¿Está usted bromeando?
Toda la tensión con la que llegó amenazaba con salir en cualquier momento a borbotones y yo no estaba seguro de poder controlar el torrente. -Creí que era usted detective ¿Es usted detective?
-Lo soy.
Segundos de auténtico cabreo en sus ojos mientras contemplaba atónita la figura de aquel fanfarrón -yo- con un vaso de anís en la mano a las nueve de la mañana.
-Perdone, no le molesto más.-Masculló mientras se levantaba con movimiento brusco en dirección a la puerta.
Ya con la mano en el pomo, la espeté:
-¿Cual fue el último regalo que le hizo su marido?
Se paró en seco ante lo inesperado de la salida. Sorbí del anís que me atravesó con su llama. Se volvió:
-¿Como dice?- Repitió la que debía ser una de sus coletillas preferidas con la ira típica del que se cree víctima de una broma pesada.
-¿Cual fue su último regalo......un vestido, un perfume, un colgante, una cena.....?
Quedó desarmada y pensativa.
-Una.....plancha industrial. A vapor.
Dejé que transcurriera unos segundos.
-Por favor, siéntese, quizás pueda ayudarla.
Se dejó guiar hasta la silla picada por la curiosidad que le suscitaba los métodos del detective panóptico.
Me coloqué detrás de ella, a la manera de la conciencia freudiana, y mientras le devoraba con la mirada sus estupendos jamones, comencé:
- Mire, quiero que se imagine en el centro de una habitación completamente vacía. Delante de usted una puerta cerrada. Abrirla y encontrar la ubicación exacta que le permita ver todos los aspectos de su problema será nuestra labor y el fruto de nuestras pesquisas.- Hice una pequeña pausa y contuinué: -Dice que fue una plancha y que su marido ha desaparecido. En principio no tiene por qué haber relación entre ambos hechos pero analicemos de cerca la cuestión.

Estaba lanzado, me tragué otra llamarada de anís y continué:

-Muy bien.. ¿por qué cree que le regaló una plancha y no por ejemplo, los clasicos del marxismo?
La tenía apabullada, hipnotizada. Aun así contestó con el titubeo normal y la curiosidad de saber en que terminaba todo aquello:
-Bueno, él se quejaba siempre de que los trajes no le quedaban impecables. Así que le sugerí que comprase una plancha mejor.
-¿Y entonces fue cuando él aprovechó alguna fecha señalada para comprarle la plancha, un cumpleaños, navidad....o fue por el contrario fruto de la pura necesidad?
-En San Valentín.
-¿Se lo esperaba o se sintió decepcionada?
-La verdad, me llevé un chasco. Fingí, por supuesto, pero.....no creí que fuese el día apropiado.
-Desde luego, lo comprendo. Pero dígame, analizando la naturaleza del "regalo", ¿acaso sería incorrecto inferir de ello que en realidad se lo regaló a sí mismo? Al fin y al cabo era él quién saldría a la calle con un aspecto mejorado gracias a la plancha a vapor que supuestamente le regaló a usted.
-Sí, desde luego. Recuerdo que iba más ufano, más perfumado y fatuo.
-¿Le molestaba?
-Sí!! ¡¡Cuando salía conmigo nunca se acicalaba tanto!!

Cada vez se agitaba más en la silla y cada vez se acercaba más a la conclusión dolorosa pero liberadora. Yo por mi parte apuré el anís y me aproximé más a ella. Su pelo olía a champú de rosas, su pecho subía y bajaba y sus piernas me parecieron más increíbles que nunca.....ah, el anís.
Decidí dar un paso más:

-Y ahora su marido ha desaparecido. ¿Desde cuando?
-Tres días,- dijo con rencor creciente.
-Y dígame...¿iba...acicalado como usted dice?
-Sí,- contestó ya con rencor indisimulado.
-¿Perfumado y...con el traje impecable, planchado por usted con la industrial a vapor que le regaló en San Valentín?
-Sí...-de pronto se levanta y maldice al aire- ¡¡Maldito hijo de puta!! ¡¡Canalla!! ¡¡Sinvergüenza!!

Bueno por fin habíamos llegado a la catarsis final......ya solo quedaba la coda, que yo intentaría que fuese feliz:

-Y ahora dígame: ¿ aún quiere que realice ese trabajo de campo para encontrar a su marido, o prefiere cenar conmigo esta noche y le cuento los secretos del panóptico detectivesco.....?

Al principio su mirada fue de ira, como nublada todavía por la visión del cónyuge bribón, para después reir como si le hubiesen contado el mejor chiste de toda su vida.......

Sólo añadir a esta historia verídica que sí, que la coda fue feliz....aunque solo en lo que concierne a aquella noche porque al poco después tuve que desplegar el ala y buscar otro nido donde realizar mis actividades panópticas ya que el marido, que resultó ser de una fidelidad ejemplar, volvió al mundo de los vivos en un hospital en donde despertó de un coma inducido brutalmente por el golpe inciso-contuso de un ratero que le birló la cartera y su identidad durante cinco días......... ¡¡Al fin y al cabo yo nunca aseguré que el método panóptico fuera infalible!!

jueves 12 de enero de 2006

Construcción del Panóptico.

Para la construcción del panóptico el Sátrapa (Gran Neuronal o Gran Hermano según Orwell) pasa muchas horas consultando mapas, planos de ingeniería, manuales de óptica, programas informáticos, tratados de matemáticas y física....., haciéndose asesorar por toda una cohorte de sabios de salón que dominan no sólo esas disciplinas sino muchas más. Pero todos parecían llegar a la misma conclusión: imposible. No había forma humana de construir un panóptico de tales dimensiones. Cierto que se habían colocado cámaras, minicámaras y micrófonos en cada calle y en cada casa de nueva construcción que enviaban ingente información a la Central Neuronal desde donde el Sátrapa daba rienda suelta a su pasión panóptica de control absoluto de las vidas de sus súbditos. Pero su pasión siempre quedaba insatisfecha. En efecto podía espiar los movimientos, conversaciones, amores y desamores de cualquier ciudadano elegido al azar. Pero lo que no podía controlar era eso tan odioso que tenían los hombres y las mujeres que los hacía diferentes de su amado perro zombi: ese interior, esa introspección, esa alma que los hacía impenetrables al escrutinio de la cámara y a sus inquisitivos ojos detrás de ella desde la Central Neuronal. Y eso le exasperaba y le quitaba el sueño. Él era el pretendido cerebro de ese inmenso organismo estatal de millones de células-almas que aún no había logrado someter por completo y mediante automatismo a sus ordenanzas y disposiciones. Por lo tanto el cáncer, el potencial de libertad que irradiaba desde el núcleo-alma de las células-súbditas era un peligro siempre latente, un tumor que crecería fagocitando a las células sanas-obedientes, una espada de Damocles siempre amenazante con caer sobre la cabeza del organismo estatal, la suya.

Debía hallar una solución. Hallar la piedra clave que soportara con garantías el Panóptico estatal. Hallar la forma de situarse en el centro mismo para controlarlo todo. Y la solución vino por sí sola del correcto planteamiento y del conocimiento profundo del problema. En efecto, si el problema estaba en los núcleos-almas de las células del organismo debía encontrar el modo de destruir dicho núcleo, o cuanto menos anular sus potencialidades mediante sustitución, confusión, embotamiento o cualquier otro medio análogo que diera como resultado la debilidad volitiva del alma con miras a una obediencia más orgánica que aparente de las órdenes emanadas de la Central Neuronal.

Así pues se planteó la idea y las líneas generales ante los Altos Funcionarios del Comité Ejecutivo Orgánico, el cual, después de meses de arduo trabajo técnico y estratégico, dio forma a un amplio programa de reeducación poblacional con el objetivo de bombardear el núcleo-alma de la misma, arrasar la práctica introspectiva y devastar su capacidad espontánea de generación de ideas. En definitiva, debilitar lo máximo posible las potencialidades del núcleo-alma de las células-ciudadanos que componían el organismo estatal para irlo sustituyendo paulatinamente por la Gran Alma y la Gran Conciencia que emanaban directamente de la Central Neuronal. Así, el Estado Orgánico sería por fin una realidad y la construcción del Panóptico habría puesto su última piedra definitiva.